Zarko Pinkas-Ramírez |
En tiempos de trincheras ideológicas, la libertad intelectual no provoca admiración sino desconfianza. Y, a veces, algo más profundo: una forma sutil de envidia.
En lo personal, nunca he sentido envidia. No sé si se trata de una carencia emocional o de una forma distinta de procesar el mundo, pero no experimento esa punzada que muchos describen cuando comparan su vida con la de otros. Y eso resulta extraño en una época diseñada para fomentar la comparación permanente. Las redes sociales han convertido la existencia en vitrina; cada logro, cada viaje, cada publicación se expone como si la vida fuese una competencia silenciosa. Vivimos mirando fragmentos editados de felicidad ajena.
Sin embargo, después de más de cincuenta años observando conductas humanas, he llegado a una conclusión inquietante: existe una envidia más compleja que la económica. No es la que ambiciona fortunas ni poder. Es la que envidia lo poco. La que no tolera que alguien con una posición social similar conserve algo que no puede ser regulado: su autonomía.
La injusticia histórica es real. Desde las primeras civilizaciones —Sumeria, Babilonia, Grecia, Roma— el ser humano ha construido estructuras profundamente desiguales. La esclavitud, el abuso de poder, la explotación sistemática han sido parte del relato civilizatorio. Reconocerlo no es una postura ideológica; es un hecho histórico. Comprendo, incluso, que de esas heridas surjan resentimientos sociales que pueden tener fundamento.
Pero otra cosa es convertir ese resentimiento en filtro moral obligatorio. Otra cosa es exigir alineación total como condición de legitimidad cultural.
He observado un fenómeno que prefiero llamar el de los comisarios culturales. No se trata de una ideología específica; se trata de una actitud. Son quienes creen que la creación artística debe pasar por el cedazo de una ortodoxia. Que para escribir, pintar, fotografiar o componer no basta el talento ni la honestidad creativa: hace falta el certificado doctrinal. Si no hay compromiso explícito con determinadas causas, si no se repite el vocabulario correcto, si no se milita desde la estética, entonces la obra es sospechosa.
Hace poco envié un texto a una revista que se define como feminista. Intercambiamos correos, hubo acuerdo inicial de publicación y luego silencio. No reclamo el espacio; nadie está obligado a publicar a nadie. Pero entendí algo que va más allá de un caso puntual: no bastaba el texto. Era necesaria la pertenencia. La afinidad total. El alineamiento previo. No era un diálogo editorial; era una validación tribal.
La cultura, cuando se convierte en club, deja de ser cultura y se transforma en mecanismo de control simbólico. Y la historia demuestra que monopolizar el arte nunca ha garantizado transformaciones estructurales profundas. La Unión Soviética tuvo un desarrollo cultural vasto y sofisticado, como lo tuvo la Rusia de los zares y como lo mantiene hoy bajo Vladimir Putin. La producción cultural existió siempre, pero el control estético jamás resolvió por sí mismo las tensiones del poder ni las contradicciones del sistema. La hegemonía simbólica no equivale a justicia estructural.
Lo que he visto, en cambio, es algo más pequeño y más humano: la envidia de la libertad. No la libertad económica ni el discurso libertario, sino la libertad intelectual. Esa que permite no suscribir un catecismo completo. Esa que permite elegir causas sin someterse a todas. Esa que admite escribir gótico sin convertirlo en panfleto, escuchar post-punk sin declararlo manifiesto político, crear sin pedir permiso.
Para ciertas mentalidades hipermoralizadas, la libertad individual resulta inquietante. Necesitan pertenencia, coherencia obligatoria, alineamiento visible. Les incomoda quien no odia lo mismo que ellos, quien no milita del mismo modo, quien no convierte cada obra en consigna. Y entonces aparece la sospecha. ¿De qué lado está? ¿Por qué no firma todo lo que firmamos? ¿Por qué no se pronuncia sobre cada causa? ¿Por qué no adopta el uniforme simbólico?
Ahí, en esa sospecha, habita una forma de envidia. No envidian el poder del otro. Envidian su independencia. No les molesta la desigualdad estructural —que dicen combatir— tanto como la imposibilidad de clasificar al individuo que no se deja domesticar.
No hablo aquí de una pensamiento que desprecia el intelecto; ese fenómeno es visible y explícito. Hablo del intelectual que pretende vigilar la conciencia ajena. Del creador que exige ortodoxia para otorgar legitimidad. Del grupo que confunde solidaridad con uniformidad.
La libertad intelectual nunca ha sido cómoda. No pertenece a sectas ni a conglomerados. No funciona en bloque. Y quizás por eso genera sospecha. Porque obliga a convivir con la diversidad real, no con la diversidad declarativa. Obliga a aceptar que alguien puede compartir parte de tus diagnósticos históricos y, aun así, negarse a firmar tu manifiesto completo.
Después de medio siglo de observar estas dinámicas, entiendo algo con claridad: el fanatismo no teme a la injusticia; teme a la autonomía. La injusticia puede convertirse en bandera. La autonomía, en cambio, no se puede controlar.
Y tal vez por eso, en tiempos de trincheras, lo verdaderamente subversivo no sea gritar más fuerte, sino conservar el derecho a pensar sin permiso.