por Alonso Rosales
El Super Bowl LX, disputado el 8 de febrero de 2026, enfrentó a los New England Patriots y los Seattle Seahawks en el Levi’s Stadium de Santa Clara, California, en una de las ediciones más mediáticas de la historia del fútbol americano.
En medio de ese espectáculo deportivo que paraliza al mundo, Bad Bunny se convirtió en protagonista no por un touchdown o una atrapada milagrosa, sino por lo que transmitió desde el mediodía musical del Super Tazón —el show de medio tiempo—. Su actuación no solo fue un despliegue de ritmo y energía, sino una declaración política envuelta en simbolismos culturales y sociales.
Desde el inicio, Bad Bunny puso su nombre completo en español—Benito Antonio Martínez Ocasio—dejando claro quién es, de dónde viene y para quién canta. Su puesta en escena fue un homenaje a la clase trabajadora, representada por escenas de trabajadores del campo y figuras que evocan a quienes labran la tierra y construyen ciudades, pilares fundamentales de las economías en Estados Unidos y en América Latina. Este gesto visual no fue casual: resalta la invisibilización histórica de los que sudan la camiseta y a quienes, en muchas ocasiones, se les exige sacrificio sin reconocimiento.
En un país donde las políticas migratorias, las redadas y las deportaciones han marcado una agenda de represión hacia los inmigrantes, su presencia brilló como acto de resistencia. Cuando algunos políticos como Donald Trump han promovido posturas duras sobre inmigración, criticando incluso la elección de Bad Bunny y excluyéndolo simbólicamente del “espíritu estadounidense”, la actuación del artista funcionó como contranarrativa: desafió la idea de que hablar en español o defender a los migrantes es incompatible con ser parte del tejido cultural estadounidense.
Su show se desarrolló como una celebración de identidad latina, mezcla de culturas, trabajo y sueños. No solo sacó banderas de países hispanoamericanos, sino que incorporó en su espectáculo símbolos de las comunidades que han aportado tanto a la economía como al carácter multicultural de Estados Unidos. Esto es un recordatorio de que los latinos no solo están presentes en la sociedad, sino que son una fuerza dinámica en la cultura, la música y la vida cotidiana.
Bad Bunny, además, ha tenido discursos previos que reforzaron este mensaje. Durante los premios Grammy de 2026, al recibir un reconocimiento, pronunció palabras tan claras como poderosas: “no somos salvajes, no somos animales, somos seres humanos y somos americanos y somos estadounidenses”. Con ese mensaje —entregado incluso a un niño que observaba la ceremonia junto a su padre— enfatizó que ser inmigrante o hablar otro idioma no te excluye de una identidad común de humanidad y pertenencia.
Y es que la contribución de Bad Bunny va más allá de la música. Defiende a los hispanos y a los inmigrantes, manda un mensaje de autoafirmación: cree en tus sueños porque yo creí en los míos. Ese llamado no se queda en retórica, sino que se entrelaza con imágenes simbólicas de vida cotidiana —vendedores, jugadores callejeros, trabajadores del campo y la construcción— que son rostros reales de comunidades reales.
Su presencia en el Super Bowl LX fue, en efecto, un mensaje político claro en tiempos de represión. No se trató únicamente de entretener, sino de visibilizar, de decir: aquí estamos, somos parte de esta gran narrativa cultural, económica y social. En un momento en que la discusión sobre inmigración tiende a fragmentar y a crear “otros”, Bad Bunny, desde su música y su identidad, ofrece una visión inclusiva que desafía los discursos excluyentes.
Fuentes , THE GUARDIAN , EW.COM , PEOPLE.COM,