El problema ya no es un comportamiento, una estructura de dominación, o un delito comprobable. El problema es ser hombre.
En los últimos años, se ha instalado una tendencia discursiva que va más allá de cuestionar el machismo o la violencia contra la mujer. La masculinidad, como identidad humana diversa, ha sido desplazada hacia un territorio de sospecha automática. El problema ya no es un comportamiento, una estructura de dominación, o un delito comprobable. El problema es ser hombre.
Este cambio de foco ha creado la idea de que existe un sujeto colectivo culpable, definido no por sus actos, sino por su género. Bajo esta lógica, la voz del hombre es tolerable solo si asiente, se disculpa o se calla. Disentir, cuestionar o debatir se interpreta como agresión.
Un caso ilustrativo es el polémico ensayo Hombres, los odio, de la feminista francesa Pauline Harmange. En su libro, la autora no plantea únicamente críticas a la violencia machista; defiende la misandria —el odio hacia los hombres— como “respuesta legítima”, sin distinción entre culpables y no culpables. El derecho al odio se convierte en bandera política. Lo grave no es que exista una opinión radical, sino que sea celebrada y comercialmente promovida como si el rechazo total al hombre fuese una contribución al debate feminista.
Este tipo de textos, convertidos en éxito editorial, no discuten estructuras sociales sino que promueven la idea de que todos los hombres son una amenaza en potencia. No analizan datos, comportamientos o dinámicas sociales: sustituyen el análisis por un resentimiento elevado a categoría moral.
En 2021, , se publiqué un artículo crítico sobre aquella obra y su discurso en dos medios: uno en El Salvador y otro Argentina. El texto fue rechazado previamente por otro medio chileno que, paradójicamente, se reivindicaba como defensor de la crítica plural. Aquella experiencia puso en evidencia que ciertos sectores que se autodenominan “tolerantes” sostienen una relación problemática con la disidencia: se acepta la crítica al hombre, pero no la crítica al discurso que criminaliza al hombre.
Uno de los fenómenos que refuerza esta narrativa es el uso del término incel como arma ideológica. Originalmente, el término describía a personas —hombres o mujeres— que experimentan una vida sexual involuntariamente celibe. Sin embargo, en el discurso público ha sido transformado en una caricatura de un hombre frustrado, resentido, peligroso, incapaz de amar y con odio sistémico hacia las mujeres.
No existe en el mundo real una estructura social organizada de hombres resentidos dedicados a sabotear la vida femenina. No existen “células” de solteros voluntarios conspirando en redes sociales con el propósito de atacar mujeres. Eso pertenece más a la estética de una sátira de South Park que a la sociología. Si hay individuos con odio, frustraciones graves, traumas o comportamientos criminales, son casos psiquiátricos, no representantes del género masculino.
Atribuir ese perfil a millones de hombres solteros, jóvenes, desempleados, introvertidos o emocionalmente vulnerables constituye una forma de estigmatización. Muchos de esos hombres no viven un “celibato ideológico”, sino una vida marcada por dificultades económicas, afectivas o sociales que impiden desarrollar vínculos sanos. No se trata de misoginia; se trata de realidad humana.
Los conflictos entre hombres y mujeres —infidelidades, maltratos, fracasos familiares, abandonos económicos, violencia psicológica, rupturas— no se originan por una supuesta naturaleza masculina opresora. Se originan en algo mucho más simple y más complejo: la interacción humana. Las relaciones afectivas no responden únicamente a la biología o al género, sino a personalidades, traumas, educación, pobreza, patrones familiares, frustraciones, vocaciones, ambiciones o relacionados a salud mental.
Hay mujeres que abandonan a sus parejas dejándolos en la ruina. Hay hombres violentados psicológicamente. Hay manipulaciones recíprocas. Hay amor, sacrificio y abusos en ambos sentidos. No se trata de negar la violencia machista; se trata de no amputar la realidad.
Reducir todas las conductas humanas a “opresión masculina” es negar la complejidad social, emocional y económica del comportamiento humano. Esa simplificación ideológica impide entender cómo funcionan las relaciones, cómo se destruyen y cómo se reparan.
Defender el derecho a la existencia emocional, social, afectiva y racional del hombre no significa defender el machismo. Significa recordar algo básico: la igualdad no se construye culpando a la mitad de la población por su existencia.
La masculinidad no es una carga histórica que debe ser expiada, ni una condición sospechosa por defecto. No es un delito. No requiere permiso. La masculinidad, como la feminidad, incluye contradicciones, vulnerabilidades, errores, búsquedas, y evolución.
Cuando se impone que un hombre no puede opinar, criticar o debatir sobre feminismo sin ser etiquetado, el discurso deja de ser emancipador. La pedagogía se transforma en dogma. Y los dogmas no liberan: controlan.