Por Julio Enrique Ávila
“Mi madre fue más que mi madre.
Fue la representación perfecta de
La Madre. Por eso, en su recuerdo,
glorifico y amo a todas las madres
de la tierra”.
I –
-Dios me dio una madre,
-¿Para qué decir: “era buena”
si basta con decir:
“era mi madre”?
¿Para qué repetir:
“era bella y era dulce
y florecía luz en mis noches
y milagros en mis días”,
si basta con decir:
“era mi madre”?
A su sombra crecí,
prendido a su cariño,
como la enredadera
a el árbol robusto
que le da savia y amparo.
Tuve una madre!!
-Si, como vosotros,
pobres hombres hermanos-
Tuve una madre…
La tuve…! y, como vosotros,
la perdí!!!
¡Fuerza incontrastable de la debilidad!
Sabiéndola tierna y misericordiosa
y poquísima para defenderse contra el mal;
sabiéndola desamparada para el mundo,
por ingenua y por mínima;
sabiéndola niña, de una incurable
infantilidad, por su fe y su bondad;
yo la buscaba en demanda de refugio
y me soñaba invencible bajo sus brazos
y bajo su mirada… y
también ella
-por tierna y misericordiosa,
por ingenua y por mínima-
se sabía invencible…
Y era invencible!!
Invencible:
Como la rosa,
que ofrenda su perfume entre las zarzas;
como la nieve,
que viste la roca de las cumbres;
como el arco-iris,
que canta la esperanza bajo la tormenta!
Cuando el odio mostraba
su rostro pavoroso,
su sonrisa de cuento infantil
me guiaba en las tinieblas
como una estrella de Belén.
Cuando la desgracia lanzaba
su grito enronquecido,
sus manos pías,
alzadas como pararrayos
sobre mi cuerpo cobarde
hacían lucir luceros
en la tempestad.
Cuando el dolor
desnudaba los colmillos de hiena,
sus ojos me arropaban,
como dentro de una plegaria,
y mi vida se tornaba tranquila,
tranquila y flagrante
como un Ave-Maria…
Pero las manos crueles de los hombres
marchitaron la rama de olivo
que, tras el diluvio,
trajo la paloma mensajera.
¡El hombre no aceptó
la paz con Dios!
Y Dios vistió
-nuevamente y por siempre-
la macabra vestidura de la muerte.
Tomó las vidas humanas
como a ramas de ortigas,
y las arrojó dentro de las aguas
sin fondo del castigo…
Y ella, la mínima,
la misericordiosa, la infantil,
con un gesto resignado
-dulce hasta la amargura-
miró a lo alto,
enlazó sus beatas manos
sobre el pecho,
y se fue de la tierra…
Así, mansamente, santamente…
¡Entonces comprendí
la más grande grandeza de Dios!
No es el haber creado mundos rutilantes,
que arden como luciérnagas
en el espacio sin medida.
No el haber creado los días y las noches,
el sueño y la vigilia,
etapas de una misma lucha
que no sabe de paz ni de sosiego.
No el haber creado el cielo
y el infierno en la conciencia
misma del hombre, débil brizna de paja
bajo las tempestades;
ni siquiera el haberlo esclavizado todo
a su inmutable voluntad.
No. La más grande grandeza de Dios
es haber creado la Madre,
Haber dado a la criatura humana
lo que él mismo no tuvo:
Una Madre!!
Por eso yo puedo sentirme
más seguro y más feliz que Dios:
porque supe del regocijo infinito
de refugiarme en los brazos leales
de mi madre!
Ah, si Dios hubiera tenido madre,
si no hubiera sido huérfano de siempre,
otra cosa habría sido el mundo!
Bajo truenos, en el Monte Sinaí,
Dios dijo al entregar a Moisés
las tablas de su ley:
“AMAD A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS”.
La madre, en cambio,
no ha pedido nada,
se ha otorgado entera,
se ha hecho sólo amor
para entregarse toda,
para vaciar su alma integra
en el hijo.
Glorificó el sacrificio
haciéndolo amado y placentero.
Fue un parto de diez mil días
el que sufrió para hacerlo Hombre.
Parto de cuerpo y alma,
cada día repetido,
cada noche repetido,
hasta su muerte.
Le dio su seno y su espíritu;
y cuando agotó para él
la savia de su vida,
cuando se hubo dado hasta vaciarse,
cuando no era nada
más que una sombra,
se fue, se fue como una sonrisa
para no causarle pena…
Hubo un momento supremo
en que Dios, gozoso de su obra,
deseó penetrar los misterios
de la tortura corporal.
Sintió digno el vientre humano
de una Madre de contener
la simiente de un Dios,
y tuvo un hijo de mujer…
Y este Hijo
-Dios hecho Hombre-
enseñó al mundo
que el sufrimiento
es el aprendizaje de la divinidad.
Y para conservarse Dios
él hubo de sufrir como hombre.
Pero si supo de la traición,
de la felonía y del Calvario,
en cambio…
¡Qué manos las de María
para aliviar!
Aquella alma de Madre-Virgen,
se hizo gota de agua
para calmar su ardor:
y Jesús todo compasión,
abrió su alma conmovida,
como una azucena,
para tomarla…
¡Aquella lagrima de madre como que hizo
temblar su conciencia de Dios!…
Acaso por ella
Jesús –acongojado como un crepúsculo-
en el instante de su muerte
vaciló…
Vaciló entre el cielo y la tierra:
¡Se sintió más hijo de mujer
que hijo de Dios!
Ante que hubiera un hijo en el mundo
ya había una madre.
Pero mi dolor, mi dolor
es nuevo cada instante:
¡Pensar que tuve una madre,
pensar que la tuve
y que, como vosotros,
pobres hombres hermanos,
la perdí!!!