La invasión de los charlatanes

Cada vez resulta más difícil admitir que no sabemos algo. En una época obsesionada con parecer competente, informado y exitoso, la ignorancia ha dejado de ser una condición que pueda reconocerse con naturalidad para convertirse en algo que muchos intentan ocultar bajo palabras grandilocuentes, títulos improvisados y una seguridad que no siempre tiene detrás conocimiento alguno. Quizá por eso estamos rodeados de charlatanes.

Zarko Pinkas |

Cada vez resulta más difícil admitir que no sabemos algo. En una época obsesionada con parecer competente, informado y exitoso, la ignorancia ha dejado de ser una condición que pueda reconocerse con naturalidad para convertirse en algo que muchos intentan ocultar bajo palabras grandilocuentes, títulos improvisados y una seguridad que no siempre tiene detrás conocimiento alguno. Quizá por eso estamos rodeados de charlatanes.


Hay una frase que debería ser obligatoria en cualquier oficina, universidad, empresa, institución pública o reunión de trabajo: “No lo sé”. Tres palabras sencillas, humildes y extraordinariamente útiles. No lo sé, no tengo esa información, voy a averiguarlo, necesito consultarlo con alguien que conozca del tema, no sé cómo funciona.

Pero vivimos tiempos en los que admitir que uno no sabe parece haberse convertido en una derrota. Y así hemos terminado rodeados de personas que, en lugar de reconocer su ignorancia, prefieren inventarse una autoridad, esconder sus carencias detrás de palabras grandilocuentes y hablar con una seguridad proporcionalmente inversa a sus conocimientos. Bienvenidos a la era de los charlatanes.

No hablo solamente del tipo charlatán de feria que vendía una botella de agua como remedio para todos los males. El charlatán contemporáneo es mucho más sofisticado. Tiene computadora, teléfono inteligente, una cuenta de LinkedIn, un perfil de TikTok y, en algunos casos, una presentación de PowerPoint o con IA llena de palabras como innovación, liderazgo, transformación, engagement, resiliencia y pensamiento disruptivo. No necesariamente sabe de qué está hablando, pero habla como si lo supiera. La autoridad ya no siempre procede del conocimiento; a veces procede de la seguridad con que se habla.

Un amigo me contó que tuvo una reunión con personas que se presentaban como expertas en redes sociales. Una de ellos afirmó, con una seguridad impresionante, que había que publicar tres videos diarios en TikTok. Tres videos todos los días. Eso significa noventa videos al mes. Y uno podría preguntarse: ¿qué tipo de videos?, ¿para qué público?, ¿con qué presupuesto?, ¿con qué equipo de producción?, ¿quién los escribe?, ¿quién los graba?, ¿quién los edita?, ¿qué estrategia sostiene semejante volumen?, ¿qué objetivo persigue cada publicación?, ¿qué métricas determinarán si la estrategia funciona? Pero esas preguntas son incómodas porque obligan a pasar de la consigna al conocimiento. “Hay que publicar tres videos diarios” suena a estrategia, pero no necesariamente lo es. Puede ser simplemente una cifra pronunciada con suficiente seguridad.

Ese es uno de los mecanismos favoritos del charlatán moderno: convertir una obviedad, una ocurrencia o una experiencia personal en una ley universal. Si tiene seguidores, dice que sabe de redes sociales; si ha visto veinte videos sobre inteligencia artificial, se convierte en experto en inteligencia artificial; si consiguió una audiencia, se autoproclama líder de opinión; si ha leído un libro de autoayuda, aparece como coach; si ha aprendido cinco palabras en inglés, comienza a dar clases de liderazgo empresarial. La autoridad termina siendo sustituida por la apariencia de autoridad y el conocimiento por la capacidad de repetir, con suficiente aplomo, aquello que alguien dijo antes.

El problema no es solamente que haya personas que no sepan. Siempre las hubo. El problema comienza cuando alguien no sabe y, en lugar de reconocerlo, decide representar el papel de quien sabe. Entonces aparece la impostura, y la impostura necesita un lenguaje. Aquí entra el esnobismo: no el simple gusto por las cosas sofisticadas, sino esa necesidad de envolver ideas pobres en un lenguaje que las haga parecer importantes.

El fenómeno puede verse con particular claridad en ciertos discursos artísticos. La película The Square. La farsa del arte, de Ruben Östlund, construye buena parte de su sátira alrededor de un mundo donde las palabras pueden terminar funcionando como una cortina detrás de la cual nadie parece estar obligado a explicar qué significa realmente aquello que está diciendo.

El problema es que ese mecanismo dejó de pertenecer exclusivamente al mundo del arte y ahora está en todas partes. Está en las redes sociales, en las empresas, en la publicidad, en las oficinas, en las instituciones, en los discursos políticos, en los seminarios de liderazgo, en los llamados gurús digitales y en los cursos milagrosos.

Está incluso en quienes prometen enseñar a “monetizar tu esencia”, “activar tu potencial”, “elevar tu vibración” o “flamear el aura” mientras cobran por explicar algo que no resiste diez minutos de preguntas serias. La charlatanería se ha adaptado perfectamente al lenguaje contemporáneo porque descubrió que ya no necesita demostrar que una idea es verdadera: muchas veces basta con presentarla de manera suficientemente sofisticada para que parezca cierta.

El charlatán necesita, además, una característica fundamental: no soporta que alguien le diga que no sabe. Por eso suele acompañar su ignorancia con prepotencia. La prepotencia funciona como una armadura. Cuando faltan argumentos, sube el volumen de la voz; cuando falta conocimiento, aparece la seguridad; cuando faltan respuestas, aparece la descalificación. Y cuando alguien cuestiona al supuesto experto, este no responde a la pregunta, sino que responde atacando a quien la formuló. Es una forma miserable de poder, porque convierte la conversación profesional en una competencia de egos en la que lo importante ya no es descubrir quién tiene razón, sino quién consigue imponerse.

El conocimiento verdadero tiene, en cambio, una característica que la charlatanería no puede soportar: la duda. Un médico serio sabe que hay cosas que debe consultar; un abogado serio sabe que existen asuntos que requieren investigación; un dentista sabe que no todas las bocas presentan el mismo problema; un periodista sabe que debe verificar; un científico sabe que puede equivocarse; un profesor sabe que no tiene todas las respuestas. El profesional serio no necesita parecer omnisciente porque entiende que su responsabilidad consiste precisamente en conocer los límites de lo que sabe. El charlatán sí necesita parecerlo.

Por eso la frase “no lo sé” es, en realidad, una de las expresiones más altas de la ética profesional. Reconocer los propios límites no disminuye a una persona: la vuelve confiable. Lo contrario ocurre cuando alguien convierte su ignorancia en una demostración de autoridad. Y entonces llegamos a otra forma de charlatanería mucho más peligrosa: la burocrática.

Hace poco me encontré frente a una situación que, en apariencia, nada tiene que ver con las redes sociales. Mi madre vive en El Salvador y debe resolver un asunto con una empresa ubicada en Chile. Una persona se comunica con ella, otra habla con alguien más, otra vuelve a pedir información que ya fue enviada, aparecen llamadas que supuestamente se hacen pero nunca entran, comunicaciones que se fragmentan y procedimientos que parecen diseñados para obligar al usuario a convertirse en experto en el sistema que la propia institución debería saber manejar. Y entonces aparece la pregunta más sencilla de todas: ¿quién está resolviendo el problema? Porque si una institución tiene cinco personas hablando con el mismo usuario y ninguna sabe qué hizo la anterior, quizá el problema no sea la persona que está intentando comunicarse. Quizá el problema sea la institución. Pero admitirlo significaría reconocer una falla, y reconocer una falla es algo que el charlatán, el burócrata incompetente y el pequeño tirano de oficina tienen en común: lo detestan.

La tecnología ha creado una paradoja maravillosa. Tenemos herramientas extraordinarias para comunicarnos y, al mismo tiempo, cada vez encontramos más formas de no comunicarnos. Correos electrónicos, aplicaciones, videollamadas, formularios, códigos QR, plataformas, contraseñas, enlaces, autenticaciones, documentos digitalizados, fotografías, escáneres: todo parece moderno, todo parece eficiente, hasta que aparece una persona de 81 años que simplemente necesita resolver un problema. Entonces descubrimos que detrás de toda esa tecnología quizá no había un sistema pensado para las personas, sino un sistema pensado para quienes diseñaron el sistema.

Y eso también es una forma de discriminación. No hace falta decirle a una persona mayor que es inútil. Basta con diseñar un procedimiento suponiendo que sabe utilizar todas las herramientas digitales disponibles y luego responsabilizarla cuando no puede hacerlo. La modernidad, cuando carece de humanidad, puede convertirse en una forma elegante de desprecio.

En Latinoamérica, todavía existen millones de personas que no tienen correo electrónico, que no disponen de un teléfono capaz de ejecutar determinadas aplicaciones o que simplemente no tienen la familiaridad necesaria para desenvolverse en un universo digital que para otros parece elemental. Convertir esa diferencia en una falla personal es una manera bastante cómoda de esconder las fallas del propio sistema.

Algo parecido sucede con la obsesión contemporánea por la competitividad. Se nos ha enseñado que siempre debemos ganar, demostrar que sabemos más, parecer más exitosos, tener más seguidores, hablar más fuerte y ocupar más espacio que los demás. Quizá por eso tanta gente tiene terror de admitir que desconoce algo: porque admitirlo parece colocarnos debajo del otro. Y así hemos convertido el conocimiento en una competencia de egos. Ya no importa tanto saber como parecer que se sabe.

El nuevo charlatán vive precisamente de eso. Moisés Naím y Quico Toro, en su libro Charlatanes, publicado en 2026, estudian cómo los viejos embaucadores han encontrado en la tecnología un territorio extraordinariamente fértil. Los autores describen una charlatanería que ahora puede ser digital, viral y global: una versión moderna de los antiguos timadores que utiliza las herramientas contemporáneas para construir confianza, audiencia e influencia. Pero quizá el verdadero problema no sea solamente que existan charlatanes. El problema es que los escuchamos, los contratamos, los ponemos a dirigir proyectos, equipos e instituciones, les entregamos responsabilidades y les creemos porque hablan con seguridad. Sobre todo, hemos empezado a confundir información con conocimiento.

Una persona puede consumir mil videos y no saber absolutamente nada. Puede memorizar términos, repetir conceptos, copiar estrategias y aprender el tono de un experto sin haber adquirido la experiencia necesaria para comprender aquello de lo que habla. Internet democratizó el acceso al conocimiento, pero también democratizó la posibilidad de fingir que se posee. Y esa diferencia es enorme.

Hay personas que jamás han abierto El Principito, que nunca han leído a Gabriela Mistral, que no saben distinguir entre publicidad y propaganda, que desconocen la historia intelectual de la humanidad y que jamás se han preguntado cómo funcionan las ideas que utilizan todos los días. Sin embargo, pueden presentarse ante otros como autoridades en comunicación, cultura, liderazgo o sociedad porque han aprendido a hablar el idioma superficial de esos campos.

No necesitamos que todos sean intelectuales. No todos tienen que leer a Peter Watson ni conocer la poesía de Mistral. Pero sí necesitamos algo mucho más básico: la conciencia de nuestros propios límites.

Porque una sociedad puede sobrevivir a la ignorancia. Lo que difícilmente puede sobrevivir es una sociedad donde los ignorantes tienen miedo de admitir que lo son y, peor todavía, donde son premiados por fingir conocimiento. La ética comienza allí, no en los grandes discursos ni en las palabras que aparecen en las presentaciones corporativas, tampoco en el “empoderamiento”, la “innovación” o la “transformación”. Comienza cuando una persona es capaz de reconocer honestamente sus límites y decir que no sabe, y después tener la disposición de aprender.

Ese pequeño acto de humildad contiene más conocimiento que noventa videos de TikTok producidos porque alguien decidió, sin ninguna explicación, que tres al día era la fórmula del éxito. El charlatán necesita que creamos en él; el profesional necesita que confiemos en su trabajo. Entre ambas cosas existe una diferencia enorme: una se construye con apariencia y la otra, con conocimiento.

Quizá por eso la verdadera batalla de nuestro tiempo no sea contra la tecnología, ni contra las redes sociales, ni siquiera contra la ignorancia. Es contra la impostura, contra esa necesidad enfermiza de parecer lo que no somos, de saber lo que no sabemos y de hablar de lo que jamás hemos estudiado. Los charlatanes siempre han existido. Lo verdaderamente preocupante es que ahora tienen micrófono, algoritmo, oficina, cargo, seguidores y una presentación en PowerPoint.

Y nosotros, mientras tanto, tenemos que escucharlos.