Por Alonso Rosales
Entre abrazos, pañuelos al aire y banderas cubanas ondeando, se despidió la brigada médica de Cuba que durante años brindó atención oftalmológica gratuita a miles de hondureños. No fue un acto diplomático ni una ceremonia fría de protocolo: fue un adiós cargado de emoción popular. Hombres y mujeres humildes, muchos de ellos adultos mayores, lloraban agradecidos porque —según sus propias palabras— “volvieron a ver” gracias a aquellos médicos.
La brigada formó parte de la llamada Operación Milagro, impulsada por los gobiernos de Fidel Castro y Hugo Chávez en 2004, con el objetivo de realizar cirugías oftalmológicas gratuitas en América Latina y el Caribe. Desde entonces, el programa se extendió por varios países, ofreciendo operaciones de cataratas y otros padecimientos visuales a personas de escasos recursos.
En Honduras, más de 95,000 personas fueron intervenidas quirúrgicamente sin costo, según cifras oficiales divulgadas por autoridades sanitarias en distintos periodos. Para quienes viven en zonas rurales o no cuentan con recursos para pagar una consulta privada, la presencia de los especialistas cubanos representó una oportunidad única de recuperar la vista y con ella, autonomía y dignidad.
La salida de la delegación coincide con el cambio de gobierno en el país. El nuevo presidente hondureño ha manifestado una política exterior distinta, más cercana a los sectores conservadores del hemisferio y alineada con posturas afines al presidente estadounidense Donald Trump. En ese contexto, los acuerdos de cooperación médica con Cuba no fueron renovados.
Más allá de la confrontación ideológica que divide opiniones, el hecho concreto es que miles de personas de bajos ingresos pierden ahora una alternativa gratuita de atención oftalmológica especializada. Mientras los sectores empresariales y privados del sistema de salud difícilmente resentirán la ausencia del programa, en los barrios y aldeas más pobres la preocupación es palpable.
El debate político continuará en los círculos de poder. Sin embargo, en las calles y comunidades rurales queda una escena imborrable: pacientes abrazando a los médicos que les devolvieron la vista. Porque para quien no podía leer, trabajar o reconocer el rostro de un familiar, la ayuda recibida no fue un asunto ideológico, sino profundamente humano.
La despedida no fue solo el final de una misión médica; fue también el reflejo de una brecha social persistente. Cuando el acceso a la salud depende del poder adquisitivo, los más vulnerables son quienes más sienten cada cambio político.
Entre lágrimas y aplausos, el pueblo humilde dio las gracias. Y en ese gesto quedó plasmada una verdad sencilla: quien recibe alivio en su necesidad difícilmente olvida la mano que se lo ofreció.
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