La coherencia moral no es geopolítica: el caso de Irán

Criticar a Estados Unidos no obliga a justificar teocracias represivas. Defender los derechos humanos no es escoger bloque, es sostener principios, incluso cuando incomodan a los propios aliados ideológicos.

Zarko Pinkas-Ramírez |

Criticar a Estados Unidos no obliga a justificar teocracias represivas. Defender los derechos humanos no es escoger bloque, es sostener principios, incluso cuando incomodan a los propios aliados ideológicos.


Cada vez que aumenta la tensión entre Irán y Estados Unidos, el debate público se contamina de reflejos ideológicos. Si Washington levanta la voz, automáticamente aparece una corriente que convierte al adversario en víctima moral. No hay análisis; hay reacción. Y en esa reacción, demasiadas veces, se pierde algo esencial: la coherencia ética.

Irán no es un símbolo romántico de resistencia antiimperialista. Es una teocracia estructurada sobre la subordinación de la ley civil a la autoridad religiosa. Desde 1979, el poder último reside en un líder supremo clerical, heredero del modelo instaurado por Ruhollah Khomeini tras la Revolución Islámica. No existe separación entre religión y Estado, y cuando la fe se convierte en aparato coercitivo, la libertad individual deja de ser un derecho para convertirse en concesión.

No es retórica occidental. Es documentación sistemática. Informes de Amnistía Internacional, Human Rights Watch y de las propias Naciones Unidas han denunciado durante años ejecuciones, torturas, represión de protestas, persecución de minorías y criminalización de la disidencia. No hablamos de errores administrativos, sino de un modelo de Estado donde la restricción de libertades es estructural.

La muerte de Mahsa Amini tras ser detenida por la llamada “policía de la moral” por supuestamente llevar mal el hiyab no fue un accidente aislado. Fue la expresión visible de un sistema que regula la vestimenta femenina mediante coerción. Las protestas posteriores fueron reprimidas con violencia. El caso del deportista Navid Afkari, ejecutado tras participar en manifestaciones, mostró al mundo cómo la disidencia puede pagarse con la vida.

Ante estos hechos, resulta desconcertante observar cómo sectores de la izquierda más ortodoxa relativizan la naturaleza del régimen iraní simplemente porque se enfrenta a Washington o a Israel. La crítica legítima a la política exterior estadounidense, incluso bajo gobiernos como el de Donald Trump, no puede convertirse en excusa para romantizar una teocracia opresiva. Dos abusos no se neutralizan entre sí. La incoherencia moral no se convierte en virtud por acumulación.

Existe una confusión persistente entre antiimperialismo y humanismo. No son sinónimos. Un régimen puede oponerse a Estados Unidos y, al mismo tiempo, violar sistemáticamente los derechos fundamentales de su población. Ambas afirmaciones pueden ser verdaderas sin que una anule la otra. La ética no funciona por bloques geopolíticos, sino por principios universales.

El conflicto en Ucrania evidenció un fenómeno similar. Algunos justificaron la invasión rusa repitiendo la narrativa de Vladimir Putin sobre la “desnazificación”, ignorando que la ocupación territorial y la agresión militar son conductas propias de proyectos imperialistas clásicos. Cuando la ideología sustituye al análisis, la brújula moral deja de apuntar hacia la dignidad humana y comienza a girar en función del enemigo de turno.

Lo mismo ocurre cuando se intenta minimizar la naturaleza del régimen iraní con el argumento de que Occidente también tiene contradicciones. Esa estructura mental es idéntica a la del “otros están peor que tú”: una comparación descendente que busca desactivar la crítica. Si la vara ética es siempre el peor escenario posible, entonces casi nada será inaceptable. Siempre habrá una dictadura más brutal, una guerra más devastadora, un sistema más cerrado.

Pero el hecho de que existan regímenes como Corea del Norte no convierte a Irán en moderado. El hecho de que existan monarquías autoritarias como Arabia Saudita no transforma la teocracia iraní en progresista. El sufrimiento no funciona por comparación estadística, ni en lo individual ni en lo político.

Hay una pregunta que resulta incómoda, pero necesaria: ¿cómo puede una mujer feminista occidental legitimar un régimen donde las mujeres son detenidas por su vestimenta? Defender ese sistema en nombre del antiimperialismo es, en términos prácticos, cubrir la boca de quienes protestan dentro de ese país. Es sustituir la empatía social por lealtad ideológica.

El humanismo no es selectivo. No depende de quién sea el adversario geopolítico. Si alguien se define como defensor de los derechos humanos, no puede justificar teocracias, ni dictaduras militares, ni expansionismos territoriales. No puede hacerlo con la misma coherencia con la que se condenaron en su momento las dictaduras de Augusto Pinochet, Jorge Rafael Videla, Pol Pot o Ferdinand Marcos. Ninguna de ellas fue justificable porque existiera otra peor. Eran, simplemente, regímenes represivos.

Es cierto que Estados Unidos ha perdido autoridad moral en múltiples escenarios internacionales y que su política exterior ha estado guiada con frecuencia por intereses estratégicos y económicos antes que por principios democráticos. Pero incluso reconociendo esa realidad, sigue existiendo en su interior separación de poderes, libertad de prensa y derecho a la protesta. La crítica pública al gobierno no implica prisión sistemática. La vestimenta no está regulada por una policía religiosa. La disidencia no se castiga estructuralmente con la muerte.

Eso no convierte a Estados Unidos en modelo perfecto ni en árbitro legítimo del mundo. Pero sí obliga a distinguir entre una democracia imperfecta y una teocracia autoritaria. Confundir ambas categorías por animadversión ideológica empobrece el análisis y banaliza el concepto de dictadura.

También conviene desmontar otra falacia: señalar la represión en Irán no es islamofobia. Es una crítica al uso del aparato religioso como mecanismo de control estatal. La fe individual pertenece al ámbito privado. Cuando la religión se convierte en ley coercitiva, deja de ser espiritualidad para transformarse en instrumento de poder. La historia moderna demostró que la concentración absoluta de autoridad —sea militar, política o clerical— termina erosionando la libertad.

La coherencia moral exige una postura más compleja que el simple alineamiento por bloques. Se puede rechazar una intervención militar estadounidense y, al mismo tiempo, denunciar la naturaleza opresiva del régimen iraní. Se puede criticar el discurso agresivo de Washington y, simultáneamente, señalar que en Teherán la libertad de expresión no es un derecho garantizado.

Reducir el análisis a “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” es una simplificación infantil para un mundo que exige matices. La ética adulta no funciona así. Funciona por principios constantes.

En última instancia, el centro del debate no debería ser el equilibrio de poder entre Estados, sino la vida concreta de las personas que habitan bajo esos sistemas. Mujeres obligadas a cubrirse, activistas encarcelados, minorías perseguidas, jóvenes reprimidos por protestar. Cuando el análisis geopolítico nos hace olvidar a esos individuos, hemos perdido el eje.

La coherencia moral no consiste en elegir bando, sino en mantener principios incluso cuando incomodan a quienes comparten nuestra identidad ideológica. El humanismo verdadero no depende del mapa político del momento. Depende de la convicción de que ninguna forma de opresión —ni imperial ni teocrática— merece ser relativizada. Lo demás es estrategia internacional. Lo esencial son las personas.