Julieta Venegas, el Mundial y la fábrica del fanatismo

La polémica desatada alrededor de "La niña futbolista", la canción interpretada por Julieta Venegas para el Mundial, ha terminado revelando algo mucho más preocupante que una simple discusión musical. Lo que comenzó como un debate sobre una obra artística se transformó rápidamente en una avalancha de insultos, descalificaciones personales, ataques misóginos y acusaciones políticas dirigidas contra una de las artistas más importantes de la música latinoamericana.

Zarko Pinkas |

La polémica desatada alrededor de “La niña futbolista”, la canción interpretada por Julieta Venegas para el Mundial, ha terminado revelando algo mucho más preocupante que una simple discusión musical. Lo que comenzó como un debate sobre una obra artística se transformó rápidamente en una avalancha de insultos, descalificaciones personales, ataques misóginos y acusaciones políticas dirigidas contra una de las artistas más importantes de la música latinoamericana.

Y ese fenómeno merece una reflexión.

Se puede estar de acuerdo o no con una canción. Se puede considerar que una obra es brillante, regular o incluso fallida. La crítica artística existe precisamente para eso. Lo que no resulta razonable es convertir una canción en la excusa perfecta para organizar campañas de hostigamiento contra una persona.

Basta revisar los comentarios aparecidos en las redes sociales de Julieta Venegas para comprobar que una gran parte de las críticas ni siquiera se concentra en la música. Muchos mensajes abandonan rápidamente cualquier análisis de la canción para ingresar en el terreno del insulto personal, la descalificación ideológica y la difamación.

Y ahí es donde el asunto deja de ser musical.

Julieta Venegas lleva décadas construyendo una carrera artística respetable. Ha sido una de las grandes embajadoras culturales de México en el mundo. Compositora, cantante y multinstrumentista, ha logrado desarrollar una obra reconocida por su sensibilidad, calidad técnica y profundidad lírica. Toca acordeón, piano y guitarra. Ha llenado escenarios internacionales y ha construido una trayectoria que difícilmente necesita defensa. Más allá de cualquier diferencia política o ideológica, estamos hablando de una artista que merece respeto.

Por eso resulta llamativo observar cómo buena parte de los ataques parecen tener objetivos distintos a la crítica musical. Las acusaciones que aparecen repetidamente en muchos comentarios intentan asociarla con el actual gobierno mexicano encabezado por Claudia Sheinbaum. Ya no se discute una canción. Se intenta convertir a la cantante en un símbolo político. La obra desaparece. La artista se convierte en blanco.

Es imposible no preguntarse si estamos ante una reacción espontánea o frente a una dinámica más organizada de amplificación digital. Vivimos en una época donde la manipulación de la opinión pública mediante cuentas coordinadas, perfiles falsos y campañas masivas se ha convertido en una herramienta habitual de confrontación política.

Cuando cientos o miles de comentarios repiten estructuras similares, utilizan los mismos argumentos y reproducen las mismas acusaciones, surge una pregunta inevitable: ¿realmente estamos observando una conversación pública genuina o una operación de desgaste dirigida contra una figura cultural determinada?

La llamada guerra cultural ha encontrado en las redes sociales un terreno fértil. Ya no se busca debatir ideas. Se busca destruir reputaciones. Ya no se discute una canción. Se utiliza la canción como excusa para atacar a una persona y, por extensión, a todo aquello que supuestamente representa.

Lo más revelador no es que una canción sobre una niña futbolista haya generado debate. Lo verdaderamente revelador es que haya generado odio. Y precisamente ahí aparece otro elemento que merece atención: el fútbol.

Hace muchos años dejé de interesarme por el fútbol profesional. No por influencia de nadie ni porque necesitara adoptar una postura intelectual determinada. Simplemente llegué a la conclusión de que el fútbol institucionalizado se ha convertido en uno de los grandes espectáculos de masas de nuestro tiempo y que, como ocurre con todo espectáculo masivo, conviene observarlo con espíritu crítico.

No hablo del deporte practicado entre amigos. No hablo de los niños jugando en una cancha de barrio. No hablo del ejercicio físico ni de la recreación. Hablo de la industria, del negocio, del fenómeno cultural que mueve miles de millones de dólares y moviliza emociones colectivas de las masas a una escala pocas veces vista en la historia contemporánea.

Sus defensores suelen presentar el fútbol como un elemento de unión social. Sin embargo, la realidad muestra también su lado más oscuro.

Durante décadas los estadios han servido como espacios donde el racismo, la xenofobia y distintas formas de intolerancia encuentran un terreno fértil para expresarse. Los insultos raciales, las agresiones nacionalistas y los discursos de odio han acompañado innumerables encuentros deportivos alrededor del mundo.

Antes esos comportamientos permanecían confinados a las graderías. Hoy viajan por internet. Las redes sociales han convertido las antiguas galerías de los estadios en espacios digitales donde el fanatismo encuentra una capacidad de difusión infinitamente superior.

Quien dude de ello solo tiene que observar cualquier controversia relacionada con el fútbol internacional. La violencia tampoco es un fenómeno ajeno.

Viví durante años en Chile y fui testigo de cómo determinados partidos transformaban barrios enteros en zonas de tensión. La presencia de barras violentas era suficiente para que muchas personas prefirieran evitar ciertas calles o permanecer en sus casas. No se trataba de una fiesta deportiva. Se trataba de una situación potencialmente conflictiva.

Y cuando la violencia, el alcohol, el nacionalismo extremo y el fanatismo se mezclan, los resultados suelen ser previsibles.

Por supuesto, el problema no es exclusivo del fútbol. Pero el fútbol posee una capacidad de movilización masiva que amplifica todos esos fenómenos. Por eso tampoco me convence la imagen romántica que suele construirse alrededor de organismos como la FIFA.

La FIFA no es únicamente una organización deportiva. Es una de las estructuras económicas más poderosas del planeta. Maneja recursos gigantescos, influencia política global y una capacidad de presión que muchos gobiernos envidiarían. Las controversias relacionadas con la adjudicación de los mundiales de Rusia y Qatar, los escándalos de corrupción que golpearon a la organización y las investigaciones que terminaron afectando a dirigentes históricos como Joseph Blatter son parte de una historia ampliamente conocida.

No estamos hablando únicamente de deporte. Estamos hablando de poder. Y cuando una institución concentra semejante nivel de influencia, resulta razonable someterla a crítica.

Lo que más me llama la atención es que, a pesar de los constantes discursos oficiales contra el racismo y la discriminación, estos fenómenos continúan apareciendo una y otra vez dentro del entorno futbolístico mundial. La explicación probablemente sea sencilla. La prioridad principal nunca ha sido erradicar esos problemas. La prioridad principal siempre ha sido proteger el negocio.

Porque detrás de cada Mundial existe una maquinaria económica gigantesca que mueve contratos, patrocinios, derechos televisivos y enormes intereses financieros. Es aquí donde inevitablemente recuerdo la antigua expresión romana del “pan y circo”.

Los emperadores comprendieron hace siglos que un pueblo entretenido resulta más fácil de administrar. Mientras la atención se concentra en el espectáculo, otros asuntos desaparecen del debate público. No sostengo que el fútbol sea idéntico al circo romano. Pero sí creo que comparte algunas de sus funciones sociales.

También me recuerda al soma descrito por Aldous Huxley en “Un mundo feliz”: una sustancia destinada a mantener a la población satisfecha, distraída y emocionalmente ocupada. Cada cuatro años asistimos a una movilización global que convierte un torneo deportivo en el acontecimiento más importante del planeta. Los medios reorganizan sus agendas. Las conversaciones públicas giran alrededor de los resultados. Los gobiernos se suman al entusiasmo colectivo.

Y cualquiera que cuestione el fenómeno corre el riesgo de ser tratado como un hereje.

Por eso la reacción contra Julieta Venegas me parece tan significativa. Porque termina funcionando como una demostración práctica de aquello que el fanatismo produce. Lo que podría haber sido una simple discusión musical terminó convertida en una tormenta de insultos, agresiones personales y confrontación ideológica.

Paradójicamente, la polémica alrededor de una canción terminó demostrando exactamente aquello que la canción pretendía denunciar: que todavía existen sectores incapaces de tolerar que una mujer ocupe un espacio público sin convertirse en blanco de ataques.

Las mujeres juegan fútbol, llenan estadios, forman parte del público, de la cultura deportiva y de la vida social latinoamericana. Nada de eso debería ser motivo de escándalo. Sin embargo, una canción que simplemente coloca a una niña en el centro del relato futbolístico terminó provocando una reacción desproporcionada que dice mucho más sobre sus críticos que sobre la propia obra.

Y por otro lado, no pagaría un centavo por asistir a un Mundial. No dedicaría una hora de mi vida a seguir un torneo de fútbol profesional.No porque desprecie el deporte, sino porque hace tiempo dejé de creer en la industria que lo rodea. Veo demasiada manipulación, demasiado dinero, demasiado fanatismo y demasiada irracionalidad concentrados alrededor de un espectáculo que cada cuatro años se nos presenta como si fuera un acontecimiento trascendental para la humanidad.

Y mientras profesores, investigadores, médicos y científicos sostienen silenciosamente el funcionamiento de nuestras sociedades, seguimos viviendo en un mundo donde una celebridad deportiva puede recibir más atención, más recursos y más admiración que quienes realmente contribuyen al progreso colectivo.

Quizás por eso la furia desatada contra Julieta Venegas me parece tan reveladora. Porque no habla de música. No habla de fútbol. Habla de una cultura que ha confundido el espectáculo con la realidad, la propaganda con la verdad y el fanatismo con el pensamiento.