Crédito de Telemundo
Por Alonso Rosales
La frase atribuida a Julián Assange sobre las guerras como mecanismos para transferir dinero público hacia las élites de seguridad vuelve a circular con fuerza en las redes sociales, esta vez asociada directamente con la guerra entre Rusia y Ucrania. Sin embargo, existe una diferencia importante entre la cita original y la versión que circula actualmente.
Assange pronunció esas palabras en 2011, cuando se refería específicamente a la guerra de Afganistán. El fundador de WikiLeaks sostuvo entonces que el objetivo no era necesariamente conseguir una victoria definitiva, sino mantener un conflicto prolongado que permitiera mover recursos procedentes de los contribuyentes de Estados Unidos y Europa hacia lo que denominó una “élite transnacional de seguridad”. La declaración quedó registrada en video y ha sido posteriormente verificada por distintos medios de comprobación.
La frase central —“el objetivo es tener una guerra interminable, no una guerra exitosa”— sí corresponde a Assange. Lo que no puede atribuirse directamente a él es la versión que sustituye Afganistán por Ucrania y afirma que el objetivo actual es “el robo del dinero público”. Esa es una interpretación política posterior.
La importancia de la declaración no reside únicamente en la polémica sobre quién dijo exactamente qué, sino en el debate que plantea sobre la economía política de las guerras.
Las guerras modernas movilizan enormes cantidades de recursos públicos. Los gobiernos destinan dinero a armamento, logística, inteligencia, infraestructura militar, reconstrucción y asistencia económica. Una parte considerable de esos recursos termina contratando empresas privadas, particularmente fabricantes de armas, compañías tecnológicas, empresas de seguridad, contratistas logísticos y proveedores de infraestructura.
Eso no significa que toda ayuda militar sea un mecanismo de corrupción ni que todas las guerras sean diseñadas deliberadamente para generar ganancias. Sería una conclusión demasiado amplia y difícil de demostrar.
Pero sí existe un fenómeno ampliamente documentado: la guerra crea intereses económicos que pueden beneficiarse de la continuidad del conflicto.
Ahí se encuentra la vigencia de la crítica de Assange.
Comparar Afganistán con Ucrania requiere cuidado.
La guerra de Afganistán fue una intervención militar estadounidense iniciada después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 y prolongada durante dos décadas. Ucrania, en cambio, enfrenta una invasión rusa iniciada en febrero de 2022, dentro de un conflicto que tiene profundas dimensiones territoriales, históricas, estratégicas y de seguridad europea.
No son guerras equivalentes.
Sin embargo, existe un punto común: ambas han requerido enormes cantidades de recursos públicos y han generado una industria alrededor de la seguridad y la defensa.
En el caso de Ucrania, Estados Unidos y sus aliados europeos han utilizado miles de millones de dólares para financiar ayuda militar, económica y humanitaria. Al mismo tiempo, la guerra ha impulsado el rearme europeo y ha aumentado los pedidos de armamento a los principales fabricantes occidentales.
Desde una perspectiva geopolítica, esto ha provocado una transformación profunda de Europa.
Alemania, Polonia, Francia, Reino Unido y otros países europeos han comenzado a elevar sus presupuestos de defensa, mientras la OTAN ha reforzado su estructura militar frente a Rusia.
Para Moscú, la guerra representa una confrontación con la expansión de la arquitectura de seguridad occidental. Para Washington y sus aliados, el conflicto constituye una defensa del principio de soberanía territorial y del orden de seguridad europeo.
Para Ucrania, en cambio, la discusión es existencial: se trata de la supervivencia de su Estado, su territorio y su capacidad de decidir su futuro.
Esta es probablemente la pregunta más incómoda.
Un conflicto prolongado genera perdedores evidentes: las poblaciones civiles, los soldados, los desplazados y las economías de los países directamente afectados.
Pero también existen sectores económicos que pueden experimentar un crecimiento extraordinario.
La industria militar es el ejemplo más evidente.
Cuando los Estados incrementan sus presupuestos de defensa, las empresas fabricantes de misiles, sistemas antiaéreos, drones, municiones, aviones, vehículos blindados, satélites y sistemas de inteligencia reciben nuevos contratos.
El problema democrático aparece cuando la política exterior comienza a estar estrechamente vinculada con intereses económicos.
No significa que los fabricantes de armas “decidan” las guerras. Significa que alrededor de cada conflicto se construyen grupos con intereses materiales en determinadas decisiones políticas.
Ese fenómeno ya había sido advertido en Estados Unidos por el presidente Dwight Eisenhower en 1961, cuando alertó sobre el creciente poder del complejo militar-industrial.
La pregunta que plantea la frase de Assange es más profunda que la acusación de corrupción.
¿Qué sucede cuando una guerra deja de tener un objetivo político claramente alcanzable?
Una guerra puede comenzar con un objetivo concreto y terminar convirtiéndose en un conflicto de desgaste. Cada nuevo paquete de armas genera otro paquete de armas; cada ofensiva produce una respuesta; cada escalada provoca una nueva inversión militar.
En ese escenario, la guerra puede adquirir una dinámica propia.
Los gobiernos justifican nuevos gastos por razones de seguridad. Las empresas producen más armamento. Los ejércitos necesitan reponer arsenales. Los parlamentos aprueban nuevos presupuestos. Y las sociedades terminan pagando una factura que puede extenderse durante generaciones.
Eso no demuestra que exista una conspiración mundial para mantener las guerras indefinidamente. Pero sí demuestra que la guerra produce incentivos económicos que deben ser vigilados por las instituciones democráticas.
La guerra ruso-ucraniana también debe analizarse desde una perspectiva más amplia.
El conflicto ha acelerado la transición hacia un mundo menos dominado por una sola potencia. Rusia busca mantener su influencia estratégica en su entorno inmediato; Estados Unidos intenta preservar el sistema de alianzas construido después de la Segunda Guerra Mundial; China observa el conflicto como parte de una disputa más amplia por el futuro del poder mundial.
Europa, entretanto, ha descubierto que durante décadas delegó buena parte de su seguridad en Estados Unidos.
La consecuencia es un aumento del gasto militar europeo y una nueva carrera tecnológica y armamentística.
En este contexto, la frase de Assange adquiere una segunda vida. No porque él hubiera predicho la guerra de Ucrania —no lo hizo—, sino porque su crítica de 2011 permite formular una pregunta que sigue siendo relevante:
¿Los Estados están utilizando sus recursos para alcanzar una solución política o están construyendo estructuras económicas y estratégicas que hacen cada vez más difícil terminar una guerra?
La respuesta no puede reducirse a una teoría conspirativa.
La guerra de Ucrania tiene causas reales, responsabilidades concretas y una complejidad geopolítica que no puede explicarse únicamente por el dinero. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que detrás de cada conflicto existe una economía de guerra, y que esa economía puede crear poderosos intereses alrededor de su prolongación.
Assange acertó al señalar el peligro de una guerra convertida en sistema.
Lo que no debe hacerse es transformar una declaración de 2011 sobre Afganistán en una supuesta profecía sobre Ucrania.
La frase es auténtica. La atribución a Ucrania, no. Y precisamente esa diferencia es la que permite analizar el fenómeno con rigor periodístico y no desde la propaganda.