Por Alonso Rosales
La historia contemporánea del conflicto palestino-israelí está marcada por episodios de violencia, desplazamientos forzados y decisiones políticas que, lejos de construir puentes hacia la paz, han profundizado las heridas y reforzado un sistema de ocupación que ya suma décadas. Sin embargo, incluso dentro de esa larga cronología de atropellos y violaciones denunciadas por organismos internacionales, el anuncio reciente del gobierno israelí sobre la inscripción de amplias zonas de la Riviera Occidental (Cisjordania) como “territorio estatal” representa un paso especialmente alarmante.
No se trata de una simple medida administrativa ni de un tecnicismo legal. Lo que Israel está haciendo —y lo que los palestinos denuncian con contundencia— es avanzar hacia una anexión de facto del territorio palestino ocupado, una acción que recuerda las etapas más agresivas de expansión colonial moderna: ocupar, controlar, registrar y finalmente apropiarse legalmente de lo que antes fue tomado por la fuerza.
La pregunta que flota en el aire no es si esta medida es grave, sino hasta cuándo la comunidad internacional seguirá mirando hacia otro lado.
Un paso histórico: la primera gran inscripción desde 1967
Desde que Israel ocupó militarmente Cisjordania en 1967, el territorio ha sido escenario constante de colonización progresiva. A pesar de los acuerdos internacionales, las resoluciones de la ONU y los múltiples llamados a respetar el derecho internacional, el gobierno israelí ha promovido asentamientos ilegales, ha impuesto restricciones severas a la población palestina y ha transformado, poco a poco, la geografía del territorio en un mapa fragmentado y controlado.
La novedad ahora es que Israel ha decidido formalizar esa ocupación a través de mecanismos oficiales, creando procedimientos institucionales para registrar grandes extensiones de tierra a nombre del Estado israelí.
En términos prácticos, esto significa que tierras palestinas que durante generaciones han sido cultivadas, habitadas o utilizadas por familias palestinas podrían pasar a ser consideradas propiedad estatal israelí. La medida abre el camino para que dichas tierras sean luego asignadas a colonos israelíes o utilizadas para ampliar asentamientos ya existentes.
Este proceso no es accidental. Es parte de una estrategia prolongada: transformar una ocupación militar temporal —como se argumentó durante décadas— en una apropiación permanente.
El discurso legal como herramienta de colonización
El lenguaje utilizado por Israel para justificar esta medida suele recurrir a conceptos burocráticos como “tierra estatal”, “registro oficial” o “regularización”. Sin embargo, detrás de esas palabras aparentemente neutras se esconde una maquinaria política cuidadosamente diseñada para legitimar lo ilegítimo.
Israel utiliza un sistema legal heredado parcialmente del Imperio Otomano y adaptado durante el mandato británico para argumentar que ciertas tierras no registradas formalmente pueden ser reclamadas por el Estado. El problema es que muchas comunidades palestinas históricamente no registraron tierras de forma moderna por razones culturales, económicas o por la ausencia de instituciones estatales palestinas reconocidas.
En otras palabras: Israel explota un vacío administrativo histórico para convertirlo en una oportunidad de despojo.
Los palestinos han denunciado durante años que estas prácticas constituyen un mecanismo sofisticado de robo territorial. No se trata de una conquista militar directa en el estilo clásico, sino de una conquista legal, burocrática y sistemática.
Una ocupación que ahora busca consolidarse en papel.
Netanyahu y el proyecto de expansión
El gobierno de Benjamin Netanyahu, respaldado por una coalición ultranacionalista y religiosa, no oculta su visión: fortalecer el control israelí sobre toda Cisjordania. Para muchos sectores de la derecha israelí, Cisjordania no es Palestina ocupada.
La inscripción de territorios como “estatales” encaja perfectamente dentro de este proyecto.
En la práctica, la política de Netanyahu ha consistido en permitir o impulsar asentamientos ilegales, proteger a colonos incluso cuando cometen actos violentos contra comunidades palestinas y avanzar hacia una anexión progresiva sin declararla abiertamente para evitar sanciones internacionales inmediatas.
Esto ha creado una realidad evidente: Israel controla militarmente Cisjordania, controla sus accesos, controla sus recursos hídricos y ahora busca controlar legalmente la propiedad de la tierra.
¿Hasta qué punto puede seguir llamándose “territorio ocupado” si el ocupante comienza a registrarlo como propio?
Palestina entre el hambre, las bombas y el despojo
Mientras Israel impulsa este proceso administrativo de apropiación, el pueblo palestino atraviesa una de las etapas más dolorosas de su historia reciente. Las imágenes de Gaza devastada, de hospitales colapsados, de familias enteras enterradas bajo escombros y de niños muriendo por falta de alimentos han conmocionado al mundo.
La ofensiva militar israelí ha dejado un saldo humanitario devastador que múltiples organizaciones han denunciado como una catástrofe sin precedentes en la región.
Pero el drama no termina con las bombas.
Ahora, según denuncian los palestinos, el gobierno israelí no solo mata, no solo bloquea, no solo asfixia económicamente, sino que también avanza en el robo descarado del territorio, aprovechando el caos, la desatención mediática y el debilitamiento político de la causa palestina.
El mensaje implícito es brutal: mientras Palestina sangra, Israel reorganiza el mapa.
La “bendición” de Donald Trump y el respaldo internacional selectivo
Una pieza clave en este rompecabezas geopolítico es el apoyo que Israel recibe de aliados poderosos, particularmente de Donald Trump, Israel experimentó un respaldo sin precedentes: el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí, el traslado de la embajada estadounidense, la legitimación tácita de los asentamientos y el impulso de acuerdos regionales sin incluir a Palestina como actor central.
Trump no solo apoyó políticamente a Netanyahu, sino que también alimentó el discurso de que Israel tiene derecho a expandirse “por seguridad” o por supuesta legitimidad histórica.
Este tipo de respaldo funciona como una carta blanca.
Y aunque actualmente Trump y su influencia política continúa pesando en la derecha estadounidense y en los sectores más radicales pro-israelíes. Netanyahu sabe perfectamente que si Trump vuelve al poder, Israel podría avanzar aún más rápido hacia la anexión completa sin temor a represalias reales.
Lo que ocurre en Cisjordania no es un simple tema local: es una consecuencia directa del juego de poder global.
La comunidad internacional: condenas vacías y complicidad silenciosa
El mundo ha visto durante décadas cómo Israel expande asentamientos y fragmenta Palestina. La ONU ha aprobado resoluciones, la Unión Europea ha emitido comunicados y múltiples gobiernos han expresado “preocupación”. Pero la realidad es evidente: las condenas no detienen excavadoras, ni frenan asentamientos, ni devuelven tierras robadas.
La comunidad internacional, especialmente Occidente, parece atrapada entre la hipocresía y el cálculo político.
Cuando otros países invaden o anexan territorios, se imponen sanciones, bloqueos económicos, condenas contundentes y presiones diplomáticas. Pero cuando Israel hace lo mismo, las reacciones suelen reducirse a frases diplomáticas: “instamos a la moderación”, “llamamos a evitar la escalada”, “lamentamos la situación”.
Mientras tanto, el pueblo palestino pierde tierra, pierde hogares, pierde futuro.
La pasividad internacional ya no puede interpretarse como neutralidad: es complicidad indirecta.
¿Qué significa esta medida para el futuro de Palestina?
La inscripción de tierras como propiedad estatal israelí tiene consecuencias profundas:
1. Enterrar la solución de dos Estados
La llamada “solución de dos Estados” depende de la existencia real de un territorio palestino continuo y viable. Si Cisjordania se convierte en un mosaico de asentamientos, carreteras controladas por Israel y tierras registradas a nombre del Estado israelí, Palestina se vuelve inviable como Estado.
2. Incrementar la violencia
La historia demuestra que cada expansión territorial genera resistencia. Los palestinos interpretan estas acciones como un acto de guerra lenta, y la frustración acumulada aumenta el riesgo de explosiones sociales y enfrentamientos.
3. Legalizar el despojo
Cuando una ocupación se formaliza mediante registros legales, se vuelve mucho más difícil revertirla en el futuro. Israel busca asegurarse de que incluso si un día hay negociaciones, el terreno ya esté “legalmente” controlado.
4. Normalizar el apartheid territorial
Diversas organizaciones de derechos humanos han señalado que la estructura de control israelí sobre Palestina se asemeja a un sistema de apartheid: diferentes derechos, diferentes carreteras, diferentes permisos, diferentes leyes para dos poblaciones en el mismo territorio.
Esta medida refuerza esa estructura.
El verdadero objetivo: la anexión sin anunciarla
Muchos analistas coinciden en que Israel ha optado por una estrategia gradual: anexar sin declarar anexión. Es decir, avanzar paso a paso, evitar anuncios explosivos y dejar que la realidad sobre el terreno haga irreversible la ocupación.
Registrar tierras como estatales es una pieza esencial de esa estrategia. Es un mecanismo silencioso pero devastador. No necesita tanques en las calles para ser efectivo. Solo necesita oficinas, registros, documentos y el respaldo del poder militar.
Pero no debe confundirse lo administrativo con lo inocente.
Esta política no es burocracia: es colonización.
La pregunta inevitable: ¿hasta cuándo el mundo seguirá callando?
La pregunta del día —y quizá de esta era— es directa y urgente:
¿Hasta dónde la comunidad internacional dejará de ver para otro lado?
¿Cuántos niños deben morir para que las potencias actúen con coherencia?
¿Cuántas ciudades deben ser reducidas a escombros?
¿Cuántas familias deben perder sus tierras antes de que se hable de sanciones reales?
¿Cuántas veces debe repetirse la historia para que el mundo deje de fingir sorpresa?
La tragedia palestina no ocurre porque el mundo no sepa lo que está pasando. Ocurre porque el mundo sabe perfectamente lo que pasa y, aun así, no actúa.
Israel continúa avanzando porque puede hacerlo. Porque cuenta con protección diplomática, con apoyo militar, con aliados estratégicos y con el silencio conveniente de quienes prefieren no incomodar intereses geopolíticos.
Mientras tanto, Palestina desaparece lentamente, no solo bajo bombas, sino bajo papeles, registros y decretos.
Y lo más peligroso de esta nueva etapa es que pretende normalizar el robo como si fuera una formalidad legal.
un crimen moderno con firma y sello
La inscripción de grandes extensiones de Cisjordania como territorio estatal israelí representa un momento crítico: no es únicamente una violación del derecho internacional, sino un intento deliberado de transformar una ocupación militar en soberanía permanente.
Para los palestinos, esto no es política: es supervivencia.
Para Netanyahu y su gobierno, es una oportunidad histórica de consolidar el proyecto expansionista.
Y para la comunidad internacional, es otra prueba moral que probablemente vuelva a reprobar, refugiándose en declaraciones tibias mientras el mapa palestino se reduce día tras día.
Lo que está ocurriendo no es un conflicto entre dos bandos iguales. Es la consolidación de un poder que, después de décadas de ocupación, decide dar el paso final: registrar como suyo lo que tomó por la fuerza.
El mundo observa.
Y la historia también.
Fuentes