Israel ante las urnas: Netanyahu busca sobrevivir políticamente tras la tragedia del 7 de octubre

Por Alonso Rosales

El desgaste del Gobierno, la guerra en varios frentes y el ascenso del exgeneral Gadi Eisenkot abren un escenario electoral incierto. Sin embargo, las divisiones de la oposición y la falta de consensos sobre el futuro palestino podrían permitir que Benjamin Netanyahu conserve el poder.

las elecciones parlamentarias decisivas el próximo 27 de octubre, en un contexto marcado por las heridas del ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, la devastación de Gaza, la expansión de los conflictos regionales y una profunda polarización política. Aunque Benjamin Netanyahu llega debilitado por las críticas a su gestión de seguridad, su permanencia en el poder sigue siendo una posibilidad real.

Más de tres años después de los ataques que sacudieron los cimientos de la seguridad israelí, el primer ministro continúa ocupando el centro de la escena política. Su trayectoria, que suma casi 19 años en el poder a lo largo de distintos mandatos, refleja su capacidad para resistir crisis que habrían terminado con el liderazgo de otros dirigentes.

Sin embargo, la supervivencia política no equivale necesariamente a una recuperación de la confianza ciudadana. El ataque del 7 de octubre expuso graves fallos de inteligencia y defensa, y mantiene abierta una pregunta fundamental: ¿quién debe asumir la responsabilidad por no haber impedido una de las peores tragedias en la historia reciente de Israel?

Netanyahu ha evitado impulsar una comisión independiente de investigación sobre aquellos acontecimientos, una decisión que alimenta las críticas de sus adversarios y de sectores que reclaman explicaciones. La oposición, encabezada por el exgeneral Gadi Eisenkot, promete convertir esa rendición de cuentas en una de sus prioridades si consigue formar Gobierno.

Eisenkot emerge como alternativa, pero la oposición sigue dividida

Las encuestas citadas por France 24 sitúan al partido Yashar, fundado por Eisenkot en septiembre de 2025, por delante del Likud de Netanyahu. Los sondeos le atribuyen entre 23 y 26 escaños, frente a los 19-22 que obtendría la formación del primer ministro.

No obstante, el resultado de una elección parlamentaria israelí no depende exclusivamente de qué partido consiga más votos. Para formar Gobierno se necesitan al menos 61 de los 120 escaños de la Knéset, el Parlamento israelí.

Las proyecciones apuntan a que ninguno de los dos grandes bloques alcanzaría por sí solo esa mayoría. El conjunto de partidos opositores podría obtener entre 53 y 56 escaños, mientras que la coalición de Netanyahu rondaría entre 49 y 52.

La diferencia deja al descubierto el principal problema de la política israelí: incluso si Netanyahu pierde la primera posición electoral, podría conservar una ventaja estratégica si sus aliados resultan más disciplinados y capaces de negociar un acuerdo de coalición.

Eisenkot, antiguo jefe del Estado Mayor del Ejército israelí, intenta proyectar una imagen más moderada y pragmática. Su experiencia militar y su participación en el gabinete de guerra entre 2023 y 2024 le proporcionan credenciales en materia de seguridad, aunque sus diferencias con Netanyahu terminaron provocando su salida de ese órgano.

Su desafío consiste en transformar el descontento con el actual Gobierno en una mayoría parlamentaria estable. Para lograrlo, deberá mantener unidos a partidos con diferencias ideológicas y políticas, desde sectores de derecha moderada hasta fuerzas de centroizquierda.

El voto árabe podría decidir quién gobierna

Uno de los elementos más importantes de los comicios será la participación de los ciudadanos palestinos de Israel y el desempeño de las formaciones políticas árabes.

Las proyecciones mencionadas en el análisis de France 24 sitúan a estos partidos en torno a 14 escaños en conjunto, una cifra que podría convertirlos en actores decisivos para desbloquear la formación del próximo Ejecutivo.

Históricamente, la participación electoral de los ciudadanos árabes israelíes ha sido relativamente baja. Sin embargo, el rechazo a las políticas del Gobierno, la inseguridad vinculada al crimen organizado y el temor a una mayor radicalización de la derecha podrían incentivar una movilización superior a la habitual.

El politólogo Thair Abu Ras, del Instituto Van Leer de Jerusalén, considera que una participación de entre el 65 % y el 70 % podría alterar significativamente los cálculos electorales.

La paradoja es evidente: los partidos árabes podrían tener la capacidad de facilitar una mayoría opositora, pero su eventual participación en un acuerdo de Gobierno continúa siendo políticamente incómoda para algunos dirigentes judíos.

Netanyahu ha aprovechado esa dificultad para presentar a sus adversarios como dependientes de formaciones árabes. Al mismo tiempo, parte de la oposición evita comprometerse públicamente con una alianza de este tipo por temor a perder apoyos entre sus propios votantes.

El resultado podría ser una negociación compleja después de las elecciones, en la que las posiciones asumidas durante la campaña terminen cediendo ante la aritmética parlamentaria.

El 7 de octubre sigue siendo la gran deuda política

La tragedia del 7 de octubre de 2023 continúa siendo el principal punto de inflexión de la política israelí. El ataque de Hamás destruyó la percepción de invulnerabilidad que durante años acompañó al sistema de seguridad del país y colocó bajo escrutinio a sus principales responsables políticos y militares.

Netanyahu ha intentado reconstruir su imagen mediante una estrategia centrada en las operaciones militares contra Hamás, Hezbolá y otros adversarios regionales. Su Gobierno también ha defendido la ampliación de las operaciones de seguridad y el mantenimiento de una posición de fuerza frente a Irán.

Estos acontecimientos han permitido al primer ministro presentar sus decisiones como parte de una lucha por la supervivencia nacional. Sin embargo, también han generado enormes costes humanos, económicos y diplomáticos, además de prolongar la incertidumbre sobre el futuro de los rehenes, la seguridad de las comunidades fronterizas y la situación de los palestinos.

La cuestión electoral, por tanto, no se limita a determinar quién ofrece la estrategia militar más contundente. También consiste en decidir si el país está dispuesto a investigar los errores que precedieron a la masacre y establecer mecanismos para impedir que vuelvan a producirse.

La propuesta de una comisión independiente constituye una de las diferencias más relevantes entre Netanyahu y sus adversarios. Para la oposición, investigar los fallos de seguridad permitiría esclarecer responsabilidades; para el primer ministro, el debate se desarrolla en un entorno en el que la guerra y las amenazas externas continúan dominando la agenda.

La dificultad radica en que la seguridad nacional puede convertirse tanto en una exigencia legítima de la ciudadanía como en un instrumento de supervivencia política.

Gaza y la guerra regional condicionan el futuro Gobierno

Las elecciones se celebran en medio de las consecuencias de una campaña militar que ha devastado amplias zonas de Gaza y provocado una crisis humanitaria de enorme magnitud. La actuación israelí en el territorio ha generado investigaciones internacionales por presuntos crímenes y acusaciones de genocidio, además de órdenes de arresto emitidas por la Corte Penal Internacional contra Netanyahu y su exministro de Defensa, Yoav Gallant.

Las responsabilidades penales deberán determinarse mediante los procedimientos judiciales correspondientes. No obstante, el impacto de la guerra sobre la población civil palestina y el deterioro de la imagen internacional de Israel constituyen factores políticos que ningún futuro Gobierno podrá ignorar.

La oposición de Eisenkot podría adoptar una postura más pragmática respecto de la aplicación del plan de paz impulsado por el presidente estadounidense Donald Trump. Sin embargo, eso no significa que un cambio de Gobierno garantice el fin de las operaciones militares ni una transformación sustancial de la política israelí hacia los palestinos.

De acuerdo con los analistas citados por France 24, tanto una Administración encabezada por Netanyahu como otra dirigida por Eisenkot podrían mantener acciones militares en Gaza. Las diferencias estarían más relacionadas con la gestión del conflicto, la presión internacional y la disposición a facilitar mecanismos de reconstrucción y administración palestina.

El escenario regional añade otra variable. Los enfrentamientos con Irán, la situación en Líbano y las operaciones en otros territorios han ampliado los desafíos de seguridad y las exigencias presupuestarias. Cualquier nuevo Ejecutivo deberá decidir cómo responder a esas amenazas sin perpetuar una dinámica de guerra que absorbe recursos y profundiza las divisiones internas.

La cuestión palestina: pocas señales de un cambio histórico

Uno de los aspectos más preocupantes de la campaña es la limitada disposición de los principales partidos judíos a impulsar una solución política al conflicto palestino.

Aunque existen diferencias entre la derecha de Netanyahu y los sectores que respaldan a Eisenkot, ninguna de las principales alternativas parece dispuesta a convertir la creación de un Estado palestino en el eje de su programa electoral.

La expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania ocupada, la violencia de colonos y la perspectiva de una anexión de facto de territorios palestinos dificultan todavía más cualquier negociación futura. Los asentamientos en territorio ocupado son considerados ilegales por la comunidad internacional, en consonancia con las resoluciones pertinentes de Naciones Unidas y la posición jurídica internacional predominante.

La analista Mairav Zonszein, del International Crisis Group, sostiene que la posibilidad de una negociación política con los palestinos ha perdido espacio en el debate israelí. El discurso electoral se concentra mucho más en la seguridad, la identidad nacional y la competencia entre dirigentes que en la búsqueda de una solución duradera.

Un Gobierno de Eisenkot podría introducir medidas para reducir determinados episodios de violencia en Cisjordania, facilitar algunos desplazamientos y contener las acciones más extremas de los colonos. Pero estas posibilidades no equivalen a un compromiso con los derechos nacionales palestinos ni garantizan el fin de la ocupación.

La diferencia entre moderar una política y transformarla resulta fundamental. Un Ejecutivo más pragmático podría intentar reducir el coste diplomático de las acciones israelíes sin alterar las estructuras políticas y territoriales que sostienen el conflicto.

Para los palestinos, por tanto, la derrota electoral de Netanyahu no necesariamente significaría el comienzo de una nueva etapa. El margen de cambio dependería de las decisiones concretas del próximo Gobierno, de la presión internacional y de la capacidad de los actores externos para exigir el cumplimiento del derecho internacional.

La economía y el reclutamiento militar, dos desafíos inevitables

Más allá de la guerra, el próximo Gobierno deberá afrontar las consecuencias económicas de años de enfrentamientos y del aumento de los gastos militares.

El financiamiento de las operaciones de seguridad ha presionado las cuentas públicas y obligado a reconsiderar prioridades presupuestarias. Una nueva Administración tendrá que equilibrar las necesidades de defensa con la financiación de servicios públicos, la recuperación económica y la protección de los hogares afectados por el conflicto.

Eisenkot tendría que demostrar que una gestión más pragmática puede traducirse en resultados concretos para la población. Netanyahu, por su parte, debería responder a las críticas sobre el coste de su estrategia y la ausencia de una salida política clara para los conflictos abiertos.

Otro asunto delicado es la exención histórica del servicio militar para amplios sectores de la población judía ultraortodoxa. Las disputas sobre el reclutamiento han debilitado la coalición gubernamental y podrían volver a convertirse en un foco de inestabilidad.

La Corte Suprema israelí ha cuestionado la continuidad de las exenciones sin una base legal adecuada, mientras que los partidos ultraortodoxos buscan preservar sus condiciones actuales. La controversia adquiere mayor relevancia cuando el Ejército necesita efectivos y una parte de la sociedad soporta prolongados períodos de servicio y movilización.

Un Gobierno sin los partidos ultraortodoxos podría tener mayor margen para impulsar cambios, pero también enfrentaría una resistencia política y social considerable.

Netanyahu conserva opciones, pero Israel enfrenta una decisión de fondo

Las elecciones del 27 de octubre no garantizan una ruptura con el pasado. Incluso si el partido de Eisenkot obtiene más escaños, la formación de una mayoría dependerá de acuerdos entre fuerzas que discrepan sobre cuestiones esenciales y que pueden mostrarse reacias a compartir el poder con los partidos árabes.

Netanyahu conserva una base electoral, aliados potenciales y experiencia en las complejas negociaciones parlamentarias israelíes. Su capacidad para mantenerse en el poder no debe subestimarse, aunque las encuestas indiquen que su partido podría quedar por detrás de Yashar.

El desenlace también dependerá de la participación electoral, del comportamiento de las formaciones cercanas al umbral mínimo del 3,25 % y de la distribución final de los escaños. En un sistema fragmentado, unos pocos puntos porcentuales pueden modificar el equilibrio parlamentario.

Pero el dilema de Israel trasciende la identidad del próximo primer ministro. El país debe decidir si continuará priorizando una estrategia basada en la superioridad militar y la confrontación permanente o si abrirá espacio para investigar los errores del pasado, contener la violencia y explorar alternativas políticas.

Un eventual Gobierno de Eisenkot podría representar un cambio de estilo, una administración más pragmática y una mayor disposición a responder a las presiones internacionales. Sin embargo, las diferencias entre los principales bloques parecen insuficientes, por ahora, para anticipar una transformación profunda de la política hacia los palestinos.

La tragedia del 7 de octubre sigue sin resolverse en términos de responsabilidad política, mientras Gaza continúa marcada por la destrucción y los territorios palestinos ocupados enfrentan nuevas tensiones. En ese contexto, las elecciones podrían modificar el equilibrio de poder en Jerusalén sin alterar necesariamente las condiciones que alimentan el conflicto.

El futuro inmediato dependerá de quién consiga reunir los 61 escaños necesarios para gobernar. El futuro de la región, en cambio, dependerá de si ese Gobierno es capaz de convertir la seguridad en algo más que una promesa electoral y de reconocer que ninguna victoria militar, por contundente que parezca, sustituye indefinidamente una solución política.

Fuentes de referencia: France 24, análisis de Federico Cué Barberena publicado el 22 de octubre de 2026; declaraciones de los analistas Meir Margalit, Thair Abu Ras y Mairav Zonszein recogidas en el reportaje.