Irak: se van los estadounidenses, pero ¿quién ganó el tablero?

Por Alonso Rosales

Se van. No porque necesariamente quisieran hacerlo en este momento, sino porque llegó el momento de ejecutar una retirada que Washington y Bagdad habían acordado previamente. El 30 de septiembre de 2026, las últimas fuerzas estadounidenses y equipos de la coalición abandonaron la base aérea de Erbil, poniendo formalmente fin a la operación Inherent Resolve en Irak, la misión internacional iniciada en 2014 para combatir al Estado Islámico.

Washington presenta el episodio como el cierre exitoso de una campaña de doce años: ISIS ya no controla el territorio iraquí que llegó a dominar y la responsabilidad de la seguridad pasa ahora formalmente a las fuerzas iraquíes. Bagdad, por su parte, ha convertido la salida estadounidense en un símbolo de soberanía nacional y estableció el 30 de septiembre como una fecha de celebración nacional.

Pero la historia tiene otra lectura.

La retirada estadounidense ocurre en uno de los momentos más delicados para el equilibrio regional. Irak no está aislado del enfrentamiento entre Washington y Teherán. Durante 2026, las milicias alineadas con Irán han atacado instalaciones y personal estadounidenses en territorio iraquí, mientras las autoridades de Bagdad han intentado mantener al país fuera de una confrontación regional todavía abierta.

Por eso, la fotografía de los últimos vehículos estadounidenses saliendo de Erbil tiene una importancia que va mucho más allá de una simple operación logística.

Durante más de dos décadas, Estados Unidos convirtió a Irak en uno de los principales escenarios de su estrategia militar en Oriente Medio. La invasión de 2003 derribó a Saddam Hussein, abrió una etapa de guerra, insurgencia y reconstrucción y, años después, el ascenso de ISIS obligó a Washington a regresar militarmente al país.

Ahora ese ciclo vuelve a cerrarse.

La pregunta es qué queda detrás.

Washington sostiene que queda una relación bilateral diferente: sin una misión de combate, pero con cooperación en entrenamiento, inteligencia y seguridad. El Pentágono ha dejado claro que la retirada de las tropas no significa el abandono de la relación con Irak.

Bagdad, sin embargo, enfrenta una prueba mucho más complicada: demostrar que la soberanía no significa simplemente que las tropas extranjeras abandonaron sus bases, sino que el Estado iraquí puede ejercer efectivamente el monopolio de la fuerza.

Y ahí aparece el problema de las milicias.

El Gobierno iraquí ha anunciado planes para desarmar o integrar a grupos armados vinculados con Irán. Pero ese proceso no se ha desarrollado al ritmo inicialmente previsto y el plazo ha sido trasladado hasta junio de 2027. Mientras tanto, varias organizaciones armadas mantienen capacidad militar, influencia política y vínculos con Teherán.

Ese aplazamiento es importante.

Primero salen los estadounidenses. Después comienza una negociación mucho más difícil: quién controla realmente las armas dentro del Estado iraquí.

Para las organizaciones proiraníes, la retirada estadounidense constituye una victoria política. Durante años denunciaron la presencia militar estadounidense como una continuación de la intervención extranjera iniciada en 2003. La salida de las tropas permite presentar el acontecimiento como el resultado de una larga presión política y militar.

Pero sería igualmente simplista afirmar que Irán “ganó Irak”.

Irak sigue siendo un Estado con instituciones propias, intereses nacionales y múltiples centros de poder. Bagdad no es Teherán. Las fuerzas políticas iraquíes tampoco forman un bloque homogéneo. El nacionalismo iraquí, las diferencias sectarias, la cuestión kurda y las relaciones económicas con Estados Unidos y otros países seguirán condicionando el futuro del país.

El verdadero ganador todavía no está definido.

Y tampoco puede darse por desaparecido el peligro del Estado Islámico.

ISIS perdió el territorio que llegó a controlar y dejó de funcionar como una organización militar convencional capaz de gobernar grandes extensiones de Irak. Pero eso no significa que haya desaparecido. El propio Pentágono reconoce que permanecen remanentes y que las fuerzas iraquíes deberán impedir su reconstitución.

La experiencia de 2014 debería servir de advertencia.

Cuando el Estado iraquí perdió capacidad de control territorial, ISIS aprovechó el vacío y avanzó con una velocidad que sorprendió a la región y al mundo. Hoy la situación es diferente, pero la posibilidad de que un vacío de seguridad sea aprovechado por grupos armados no pertenece solamente al pasado.

También está la cuestión kurda.

Erbil fue durante años un punto fundamental para la cooperación militar estadounidense y para la lucha contra ISIS. Los Peshmerga combatieron junto a la coalición y continúan siendo un componente importante de la seguridad del norte de Irak. Pero la retirada estadounidense genera nuevas preocupaciones sobre defensa aérea, coordinación militar y capacidad de respuesta frente a amenazas externas e internas.

Por eso, el final de Inherent Resolve no debe confundirse con el final de los problemas de Irak.

Estados Unidos se retira de su última gran posición militar en el país, pero no desaparece de la ecuación. Irán conserva una considerable influencia política y militar. Las milicias continúan siendo actores relevantes. ISIS conserva capacidad clandestina. Los kurdos observan con preocupación el nuevo equilibrio. Y Bagdad tiene ahora la responsabilidad de demostrar que puede administrar ese complejo tablero sin depender de una potencia extranjera.

La paradoja es evidente.

Estados Unidos puede declarar que su misión militar terminó exitosamente porque ISIS dejó de ser una fuerza territorial organizada en Irak. Bagdad puede celebrar el fin de la presencia militar extranjera como un triunfo de su soberanía. Irán y sus aliados pueden interpretar la retirada como el retroceso de la influencia estadounidense.

Las tres afirmaciones pueden coexistir.

Porque una guerra no termina necesariamente cuando una bandera baja de una base militar. Termina cuando las estructuras políticas y de seguridad que quedan después son capaces de sostener un orden estable.

Y esa es precisamente la incógnita que comienza ahora.

Después de 23 años desde la invasión estadounidense de 2003, de miles de vidas perdidas, enormes costos económicos y una transformación profunda del mapa político iraquí, Washington abandona su última gran presencia militar en Irak. Pero no deja detrás un país completamente pacificado ni un tablero geopolítico resuelto.

Deja una relación bilateral.

Deja inteligencia y cooperación.

Deja a ISIS reducido, pero no desaparecido.

Deja a las milicias proiraníes como un problema todavía abierto.

Y deja a Bagdad frente a una pregunta histórica: ¿puede ejercer plenamente la soberanía que ahora celebra?

En Erbil se apagaron los últimos hangares estadounidenses. En Bagdad se izó la bandera de la soberanía. En Teherán y entre sus aliados iraquíes, la retirada fue recibida como una victoria política.

Pero el verdadero juicio lo dará el tiempo.

Porque en Oriente Medio, abandonar una posición militar puede ser el final de una operación.

También puede ser el comienzo de una nueva lucha por el poder.

Y el que se retira primero no necesariamente escribe la última página de la historia.

la invasión de marzo de 2003 fue presentada por Washington bajo distintos argumentos: la amenaza de las armas de destrucción masiva, la lucha contra el terrorismo y, posteriormente, la construcción de una democracia iraquí. Las armas de destrucción masiva nunca fueron encontradas. La guerra, sin embargo, abrió un proceso que transformó profundamente al Estado iraquí y desencadenó años de violencia, desplazamiento, destrucción institucional y conflictos sectarios.

La dimensión humana continúa siendo objeto de debate porque las metodologías utilizadas para calcular las víctimas producen cifras diferentes. Un estudio de la Universidad de Brown estimó alrededor de medio millón de muertes iraquíes atribuibles a la guerra y la ocupación entre 2003 y 2011, mientras otros estudios han producido cifras superiores o inferiores dependiendo de si contabilizan únicamente muertes violentas o también fallecimientos indirectos relacionados con la destrucción de los servicios públicos y las condiciones sanitarias.

Lo que resulta menos discutible es que la guerra produjo una ruptura gigantesca en la vida cotidiana de la población. El sistema sanitario, las redes de agua, la electricidad, las instituciones públicas y buena parte de la infraestructura nacional tuvieron que funcionar durante años en medio de una situación de inseguridad permanente. La propia Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno estadounidense reconoció desde los primeros años de la ocupación enormes necesidades de reconstrucción en electricidad, agua, saneamiento, petróleo y servicios públicos.

Pero existe otra dimensión de la ocupación que merece atención: la transformación económica.

La Autoridad Provisional de la Coalición no solamente administró la seguridad y la reconstrucción. También introdujo cambios profundos en el marco económico iraquí. La Orden 39, promulgada en 2003, sustituyó la legislación anterior sobre inversión extranjera y permitió, en términos generales, que inversores extranjeros pudieran participar sin un límite establecido en numerosas empresas iraquíes. La propia documentación oficial estadounidense de la época señalaba que los extranjeros podían llegar a poseer el 100% de una empresa iraquí, aunque existían excepciones importantes, entre ellas determinados sectores de recursos naturales, bancos y seguros.

Esto es importante porque demuestra que la ocupación no fue exclusivamente un fenómeno militar. También fue acompañada por una profunda reestructuración económica.

La reconstrucción, además, movilizó enormes cantidades de dinero. Para abril de 2004, la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno estadounidense calculaba que aproximadamente 58.000 millones de dólares en subvenciones, préstamos, activos e ingresos estaban disponibles o comprometidos para la reconstrucción iraquí. De ese total, unos 24.000 millones procedían de Estados Unidos y alrededor de 18.000 millones correspondían al Fondo de Desarrollo para Irak, compuesto fundamentalmente por ingresos iraquíes.

Una parte considerable de ese dinero terminó canalizada mediante contratos con empresas privadas. La GAO documentó contratos para reconstruir instalaciones petroleras, electricidad, agua, infraestructura y otros servicios. En septiembre de 2003, por ejemplo, ya se habían comprometido cerca de 3.700 millones de dólares en 100 contratos o órdenes de trabajo relacionados con la reconstrucción.

El petróleo constituye otro capítulo fundamental.

La administración creada después de la invasión estableció el Fondo de Desarrollo para Irak, y el sistema financiero construido posteriormente mantuvo los ingresos petroleros iraquíes vinculados al sistema financiero estadounidense. Reuters informó en septiembre de 2026 que los ingresos del petróleo iraquí continúan gestionándose mediante una cuenta del Banco Central de Irak en la Reserva Federal de Nueva York. El petróleo representa además alrededor del 90% de los ingresos presupuestarios del Estado iraquí, lo que convierte este mecanismo financiero en una cuestión de enorme importancia para la soberanía económica de Bagdad.

Eso no demuestra, por sí solo, que la invasión haya tenido como único propósito apoderarse del petróleo iraquí. Esa conclusión va más allá de lo que permiten establecer documentalmente las fuentes. Sí demuestra, en cambio, que el control financiero y económico sobre los recursos iraquíes se convirtió en una dimensión duradera de la relación entre Washington y Bagdad.

Y esa diferencia importa.

Porque una cosa es afirmar que Estados Unidos invadió Irak exclusivamente para quedarse con su petróleo, y otra, mucho más demostrable, es señalar que después de la invasión se estableció un nuevo orden político y económico en el cual Washington adquirió una influencia extraordinariamente amplia sobre las instituciones, las finanzas y la reconstrucción del país.

La historia también desmiente cualquier relato excesivamente sencillo.

Estados Unidos se retiró militarmente de Irak en 2011, pero regresó en 2014 cuando el Estado Islámico conquistó grandes territorios y amenazó incluso la capital. La coalición internacional encabezada por Washington ayudó a derrotar territorialmente al Estado Islámico en Irak en 2017.

Por eso, la retirada de 2026 tampoco puede explicarse únicamente como una expulsión militar provocada por los ataques de milicias respaldadas por Irán. Washington y Bagdad habían acordado desde 2024 una transición de la misión militar internacional hacia una relación bilateral de seguridad, con el calendario extendido hasta septiembre de 2026. Los ataques de grupos armados y la rivalidad entre Washington y Teherán forman parte del contexto, pero la retirada también responde a un proceso político y militar previamente acordado entre ambos gobiernos.

La paradoja histórica es evidente.

Estados Unidos llegó a Irak con la promesa de transformar el país. Veintitrés años después, abandona el escenario militar dejando detrás un Estado que ha recuperado importantes capacidades institucionales, pero que todavía enfrenta problemas de seguridad, corrupción, dependencia petrolera, influencia de grupos armados y tensiones entre sus diferentes comunidades políticas.

Irak ya no es el Irak de Saddam Hussein.

Pero tampoco se convirtió en la democracia estable y próspera que muchos discursos de 2003 prometieron.

Y quizá esa sea la pregunta que debería permanecer en la memoria histórica: ¿cuánto tuvo que pagar Irak por una guerra que supuestamente debía liberarlo?

La respuesta no puede reducirse a una sola cifra de muertos ni a una sola teoría sobre las motivaciones de Washington. Hay que mirar el conjunto: las vidas perdidas, los desplazados, las ciudades destruidas, la infraestructura deteriorada, la transformación económica, los enormes contratos de reconstrucción, el papel del petróleo y la prolongada influencia extranjera sobre las finanzas iraquíes.

La salida de las tropas estadounidenses pone fin a una presencia militar iniciada en 2003, pero no pone fin a todas las consecuencias de aquella invasión.

La guerra terminó hace años.

Sus consecuencias, en cambio, todavía forman parte de la vida cotidiana de Irak.