Hibistrofilia  ( Malos-Sexis)

Por: Dr. Margarita Mendoza Burgos

Hay fascinaciones difíciles de explicar. Una de ellas es la hibristofilia, término utilizado para describir la atracción sexual hacia personas que han cometido delitos o actos violentos. En algunos casos, combina además con el atractivo físico, la personalidad carismática o la notoriedad del delincuente, dando lugar a una paradoja difícil de comprender: sentirse atraído precisamente por alguien cuyo comportamiento debería provocar rechazo.

El término fue popularizado por el sexólogo John Money en la década de 1980 y procede del griego hybrizein, relacionado con cometer una afrenta o un exceso, y philia, que significa amor o afinidad. Money utilizó el concepto para referirse a una forma de parafilia en la que la excitación o el vínculo afectivo están relacionados con que la pareja haya cometido actos criminales. 

En este fenómeno también puede intervenir el llamado efecto halo, un sesgo cognitivo por el cual una característica sobresaliente de una persona: atractivo físico, simpatía, inteligencia o carisma. Eso puede influir en la valoración que hacemos del resto de sus cualidades. Así, alguien considerado atractivo puede ser percibido de manera más favorable incluso cuando existen evidencias de comportamientos negativos. 

Los casos de criminales famosos han demostrado hasta qué punto puede llegar esta fascinación. Ted Bundy, uno de los asesinos en serie más conocidos de Estados Unidos, atrajo durante sus juicios a numerosas mujeres que acudían a las audiencias, le escribían cartas y expresaban públicamente su admiración. En 1980, Carole Ann Boone, una de sus seguidoras, llegó a casarse con él durante un procedimiento judicial. 

Algo parecido ocurrió con Charles Manson. Aunque no respondía al estereotipo convencional de hombre atractivo, su personalidad y el enorme interés mediático que despertó su figura generaron una comunidad de admiradoras que se mantuvo incluso después de su condena por su participación en los asesinatos cometidos por miembros de su grupo en 1969. 

El fenómeno ha vuelto a cobrar protagonismo con la publicación de “Los asesinos guapos”, del escritor Francesc Soler, un libro que recorre casos históricos y contemporáneos y analiza la fascinación que determinadas figuras criminales generan en parte del público. La obra pone el foco, entre otros aspectos, en personajes como Ted Bundy, los hermanos Menéndez o Jeffrey Dahmer, y en la manera en que las producciones audiovisuales pueden contribuir a convertir a criminales en personajes de enorme atractivo mediático.

Pero ¿qué hay detrás de esa fascinación? El peligro puede generar una respuesta de activación y excitación. En situaciones controladas, la percepción de riesgo puede poner en marcha mecanismos fisiológicos relacionados con la respuesta de alerta, entre ellos la liberación de adrenalina. Es un mecanismo que ayuda a explicar por qué algunas personas disfrutan de películas de terror, deportes extremos o experiencias que producen miedo sin que exista un peligro real inmediato.

Cuando el objeto de esa fascinación es una persona real, sin embargo, la situación adquiere otra dimensión. Lo que comienza como una fantasía, una admiración o una atracción física puede, en determinados casos, convertirse en una relación sentimental. La historia registra casos de personas que establecieron vínculos con delincuentes durante su encarcelamiento.

Existe además otro componente psicológico que puede influir: la fantasía de cambiar al otro. Algunas personas pueden sentirse atraídas por la idea de que su afecto, comprensión, cuidado o ejemplo sean capaces de transformar a alguien que ha llevado una vida marcada por la delincuencia. 

La hibristofilia no puede reducirse simplemente a la idea de que “a algunas personas les gustan los malos”. Detrás puede haber una combinación de atractivo físico, fama, transgresión, fantasía, necesidad de rescatar, búsqueda de emociones intensas y mecanismos cognitivos que hacen que determinados rasgos positivos eclipsen otros mucho más preocupantes.

Al final, no deja de ser paradójico: el mismo peligro que debería activar las señales de alarma puede convertirse, para algunas personas, en parte del atractivo.