Por Susana Barrera
Los territorios costeros adquieren cada vez mayor valor económico, pero también enfrentan crecientes riesgos ambientales. Ante esa realidad, cabe preguntarnos si estamos cuidando aquello que los hace valiosos.
Una publicación del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), difundida el 9 de septiembre de 2026, coloca sobre la mesa una preocupación fundamental. Según un diagnóstico realizado en 2025 en Surf City 2, el 73 % de los emprendimientos turísticos estudiados se encontraba en zonas de amenaza natural, apenas el 14 % tenía algún tipo de seguro y ninguno contaba entonces con un plan de continuidad del negocio documentado.
Aunque estas cifras corresponden a la costa oriental y no describen la situación de La Libertad, invitan a una reflexión que trasciende ese territorio: ¿cómo estamos preparando nuestros destinos para proteger a las personas y sus medios de vida?
Porque detrás de cada emprendimiento hay mucho más que una inversión. ¿Qué ocurre con una familia cuando una emergencia obliga a cerrar su comedor? ¿Cómo responde un hospedaje cuando necesita evacuar a sus huéspedes? ¿Quién acompaña a las personas mayores, a la niñez y a quienes tienen dificultades para movilizarse?
Las respuestas deberían estar previstas antes de que llegue la lluvia.
Por ello, la gestión turística en la costa necesita incorporar esa preparación a su trabajo cotidiano: identificar amenazas, establecer rutas de evacuación, capacitar al personal, coordinar con las autoridades y organizar mecanismos para recuperar la actividad económica después de una emergencia. Cada negocio debería conocer sus riesgos y contar con una orientación práctica para enfrentarlos.
En esa línea, el PNUD propone integrar en su intervención en Surf City 2 la continuidad empresarial, la organización comunitaria de protección civil y los servicios de cuidados. Esta relación merece atención, pues proteger un negocio también implica considerar las responsabilidades de quienes lo sostienen y las necesidades de las personas que dependen de ellos.
Desde esta perspectiva, el turismo va más allá de lo estético. Su gestión supone también el cuidado ambiental del territorio azul y la protección de sus comunidades. Si bien puede ser un motor de desarrollo, sus oportunidades necesitan sostenerse en un entorno cuidado y con una población preparada ante los riesgos.
El mar nos invita a descansar, pero también nos exige respeto. Frente a una ola podemos encontrar diversión, belleza y oportunidades económicas; frente a una emergencia, podemos descubrir cuánto nos faltó prepararnos. Esa doble condición debería acompañar toda conversación sobre la gestión del turismo en las costas.
Así, pensar en Surf City, en cualquiera de sus etapas y desde el desarrollo local, implica procurar la dignidad de quienes habitan el territorio: la mujer que prepara alimentos, el joven que enseña a surfear, la familia que administra un pequeño hospedaje y el pescador que sostiene su hogar. Todos deben contar con condiciones de seguridad y con una voz que tenga peso en las decisiones sobre su comunidad. El turismo cobra sentido cuando las oportunidades llegan a esas vidas y pueden sostenerse en el tiempo, incluso frente a situaciones adversas.
Junto con esa protección, conviene evaluar cómo el crecimiento turístico se relaciona con el abastecimiento de agua, el tratamiento de aguas residuales, la recolección de desechos y la conservación de los ecosistemas costeros. El paisaje que atrae al visitante necesita una gestión capaz de conservarlo, porque de su salud también dependen la vida comunitaria y la actividad económica.
Por todo ello, los territorios costeros merecen un turismo que escuche a su gente y fortalezca sus posibilidades. Las comunidades deben participar como protagonistas, con voz para decidir y con herramientas para cuidar lo construido.
La ola atrae al visitante. La gestión responsable debe conseguir que, después de su paso, queden bienestar, oportunidades y una comunidad mejor preparada para el futuro y ante las amenazas naturales.