En Nahuizalco llegué una tarde tibia, de esas que no apuran a nadie. Las calles tenían un ritmo propio, como si el tiempo caminara descalzo. La iglesia, imponente y serena, se alzaba con una belleza que no necesita anuncio: muros que guardan historias, puertas que invitan a imaginar lo que hay dentro.
Zarko Pinkas-Ramírez |
En Nahuizalco, llegué una tarde tibia, de esas que no apuran a nadie. Las calles tenían un ritmo propio, como si el tiempo caminara descalzo. La iglesia, imponente y serena, se alzaba con una belleza que no necesita anuncio: muros que guardan historias, puertas que invitan a imaginar lo que hay dentro.
Me acerqué con la curiosidad intacta, pero la encontré cerrada. No fue una decepción, sino otra forma de encuentro. La contemplé desde afuera, en silencio, dejando que la fachada hablara por sí sola, como si el acceso no fuera físico sino contemplativo.
Y entonces aparecieron ellos. Los perros. Uno primero, luego dos, luego varios, como si el pueblo los hubiera sembrado en cada esquina. Caminaban tranquilos, dueños de una calma que no se aprende. Algunos dormían en la sombra, otros seguían sin rumbo fijo, y uno que otro se detenía a mirar, como si también observara a quien llega.
Seguí el recorrido acompañado por esa presencia discreta. En ese momento entendí que el paseo no era hacia un lugar específico, sino hacia esa suma de instantes: la iglesia cerrada, la luz de la tarde y los perros, siempre los perros, como una forma viva de contar el pueblo sin necesidad de palabras.