Europa y Canadá sellan un giro estratégico en Ereván ante la incertidumbre con EE. UU.

Por Alonso Rosales

La octava cumbre de la Comunidad Política Europea celebrada en Ereván marcó un punto de inflexión en la arquitectura geopolítica del continente. En un contexto de tensiones crecientes con Estados Unidos bajo el liderazgo de Donald Trump, los líderes europeos avanzaron hacia una mayor coordinación estratégica, destacando un hecho sin precedentes: la participación del primer líder no europeo en este foro, el primer ministro canadiense Mark Carney.

La cumbre, impulsada originalmente por Emmanuel Macron en 2022 como respuesta a la invasión rusa de Ucrania, ha evolucionado más allá de su enfoque inicial. Lo que comenzó como un espacio de diálogo anti-Kremlin ahora refleja una transformación más amplia: un bloque europeo que busca autonomía estratégica frente a un aliado transatlántico cada vez más impredecible.

Entre los principales resultados del encuentro destaca el fortalecimiento de la cooperación en materia de defensa y seguridad. Líderes como Ursula von der Leyen, Antonio Costa y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, coincidieron en la necesidad de reforzar la resiliencia colectiva ante amenazas que describieron como “de 360 grados”, abarcando desde Rusia hasta Oriente Medio.

El conflicto en Irán y el impacto global en los precios energéticos intensificaron el sentido de urgencia. La decisión de Washington de retirar tropas de Alemania, tras desacuerdos con el canciller Friedrich Merz, alimentó las dudas sobre el compromiso estadounidense con la seguridad europea. En paralelo, la guerra en Ucrania —liderada por Vladímir Putin contra el gobierno de Volodímir Zelenski— sigue siendo un eje central de preocupación.

En este escenario, la presencia de Canadá no fue simbólica, sino estratégica. Mark Carney se posicionó como un aliado clave en la redefinición del orden internacional, abogando por una mayor cooperación entre “potencias medias” frente a la erosión del sistema basado en normas. Ottawa ya ha dado pasos concretos al integrarse en iniciativas de defensa europeas, consolidando una relación que va más allá de lo comercial.

Otro resultado relevante fue el impulso a la relación entre Europa y Armenia. El primer ministro Nikol Pashinián reafirmó su estrategia de “diversificación”, buscando equilibrar vínculos entre Occidente y Rusia. La Unión Europea expresó su intención de profundizar esta relación, en un momento en que Ereván se distancia gradualmente de Moscú.

Si bien la cumbre no produjo acuerdos vinculantes —característica habitual de este foro—, sí dejó claras varias tendencias: Europa busca mayor autonomía estratégica, Canadá emerge como socio clave fuera del continente, y el orden transatlántico tradicional atraviesa una fase de redefinición.

En definitiva, Ereván no solo fue escenario de diálogo, sino de reconfiguración. La participación inédita de Canadá simboliza un nuevo equilibrio de alianzas, mientras Europa se prepara para navegar un mundo cada vez más fragmentado y competitivo.