Crédito de Fotos AP , EFE y Reuters
Por Alonso Rosales
La nueva escalada militar en la región etíope de Tigray ha dejado de ser únicamente una confrontación entre el Gobierno federal de Adís Abeba y el Frente Popular de Liberación de Tigray (FPLT). La ruptura diplomática entre Etiopía y Eritrea, las acusaciones cruzadas con Sudán y Egipto y las disputas estratégicas por el acceso al mar Rojo y el control de los recursos hídricos han convertido el conflicto en uno de los principales focos de inestabilidad del Cuerno de África.
El 3 de octubre, fuerzas federales etíopes y grupos aliados recuperaron, según Reuters, el aeropuerto Alula Aba Nega de Mekelle, capital de Tigray. El hecho supone un revés para la alianza opositora encabezada por el FPLT, pero no significa necesariamente el final de la confrontación. Reuters señala que el control del aeropuerto constituye un importante avance militar, aunque no garantiza el fin de la resistencia armada.
La situación es particularmente delicada porque los combates se producen después de cuatro años de un acuerdo que puso fin a la guerra de 2020-2022, un conflicto que dejó una enorme crisis humanitaria y centenares de miles de víctimas, según distintas estimaciones. EFE recuerda que la Unión Africana ha situado en al menos 600.000 las muertes asociadas a aquella guerra.
El Acuerdo de Pretoria de 2022 consiguió detener la guerra a gran escala, pero dejó asuntos pendientes, entre ellos el desarme, el retorno de desplazados y las disputas territoriales entre Tigray y Amhara.
La nueva crisis muestra que las instituciones políticas tampoco consiguieron cerrar las fracturas producidas por aquella guerra. En septiembre, el FPLT y otros grupos opositores y armados formaron una alianza con el objetivo declarado de desplazar al Gobierno de Abiy Ahmed y establecer una administración de transición.
El 23 de septiembre, fuerzas vinculadas al FPLT tomaron los tres principales aeropuertos de Tigray, incluido el de Mekelle. Posteriormente, los combates se extendieron hacia las regiones de Amhara y Afar.
El Gobierno federal respondió con una ofensiva que, en pocos días, permitió a sus fuerzas y aliados avanzar hacia Mekelle. La recuperación del aeropuerto de la capital regional modifica el equilibrio militar inmediato, pero no elimina las causas políticas y territoriales que alimentaron la nueva insurgencia.
El cambio más importante respecto de la guerra anterior es el papel de Eritrea.
Durante el conflicto de 2020-2022, las fuerzas eritreas combatieron junto al Gobierno de Abiy Ahmed contra el FPLT. Ahora, Adís Abeba acusa a Asmara de financiar y apoyar a sus adversarios.
Eritrea rechaza esas acusaciones.
La crisis diplomática alcanzó un punto crítico esta semana. Etiopía cerró su embajada en Asmara y expulsó a diez diplomáticos eritreos. En respuesta, Eritrea anunció el rompimiento de relaciones diplomáticas con Etiopía.
EFE señala que esta ruptura deshace buena parte del acercamiento iniciado en 2018, cuando Abiy y el presidente eritreo Isaias Afwerki restablecieron relaciones después de dos décadas de hostilidad.
Aquí aparece una de las principales variables estratégicas del conflicto: el acceso etíope al mar Rojo.
Etiopía, uno de los países más poblados de África, no tiene litoral desde la independencia de Eritrea en 1993. Su comercio marítimo depende fundamentalmente de Yibuti. Para el Gobierno de Abiy, obtener un acceso soberano o estable al mar constituye una cuestión estratégica; para Eritrea, cualquier intento de imponer ese acceso mediante presión militar constituye una amenaza directa.
Esto convierte la frontera entre ambos países en un potencial segundo frente si la confrontación actual continúa escalando.
El segundo gran factor de riesgo es Sudán.
Desde abril de 2023, Sudán permanece sumido en una guerra entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido. La frontera con Tigray crea una conexión territorial entre ambos conflictos.
Etiopía acusa a Sudán de apoyar a sus adversarios, mientras sectores sudaneses han acusado a Adís Abeba de favorecer a las fuerzas que combaten contra el Ejército sudanés. Ambas partes rechazan las acusaciones.
AP informó que el jefe del Ejército etíope, Birhanu Jula, acusó a Eritrea, Sudán y Egipto de respaldar a los rebeldes de Tigray. Los países señalados han rechazado las acusaciones de injerencia.
El problema estratégico es que Sudán ya constituye un conflicto internacionalizado. Diversos actores regionales tienen intereses en esa guerra y cualquier incremento de la actividad militar alrededor de la frontera etíope puede generar nuevas rutas de abastecimiento, desplazamientos de combatientes y movimientos de población.
Por eso, una prolongación de la guerra de Tigray podría producir un efecto de interconexión entre dos conflictos diferentes.
El tercer elemento es Egipto.
La relación entre El Cairo y Adís Abeba lleva años marcada por la disputa sobre la Gran Presa del Renacimiento Etíope, construida sobre el Nilo Azul.
Para Etiopía, la presa representa generación eléctrica y desarrollo económico. Para Egipto, que depende enormemente del Nilo para su abastecimiento de agua, el funcionamiento de la infraestructura sin garantías suficientes constituye una cuestión estratégica.
La disputa nunca llegó a transformarse en una guerra abierta entre ambos países, pero tampoco se ha resuelto mediante un acuerdo definitivo.
La nueva crisis etíope agrega una dimensión de seguridad a esa disputa. Esta semana Etiopía y Egipto también intercambiaron expulsiones diplomáticas. EFE confirmó que El Cairo declaró persona non grata a un diplomático etíope en respuesta a una medida adoptada previamente por Adís Abeba.
Esto no significa que Egipto esté interviniendo militarmente en Tigray. Las acusaciones etíopes de apoyo externo a los rebeldes han sido rechazadas por los países señalados y no deben confundirse con hechos militarmente comprobados.
Pero sí demuestra que la guerra interna etíope está desarrollándose sobre un terreno geopolítico mucho más amplio.
Mientras las potencias regionales intercambian acusaciones, el impacto inmediato vuelve a recaer sobre la población civil.
Médicos Sin Fronteras informó de un fuerte incremento de heridos atendidos en hospitales de Korem y Alamata. AP también reportó desplazamientos masivos como consecuencia de la nueva ofensiva.
La experiencia de 2020-2022 demuestra que una guerra prolongada en Tigray puede producir una combinación especialmente peligrosa de desplazamiento, interrupción de servicios básicos, dificultades de acceso humanitario y escasez de alimentos.
La Unión Europea ya pidió una “desescalada inmediata” y reclamó protección para los civiles y acceso humanitario.
El principal riesgo no consiste necesariamente en que todos los países vecinos entren directamente en la guerra.
El escenario más probable de deterioro sería progresivo: apoyo indirecto a grupos armados, circulación de armas y combatientes, utilización de territorios fronterizos, presión diplomática, cierre de fronteras y aparición de nuevos desplazamientos.
Reuters identifica precisamente esta superposición de conflictos como uno de los principales peligros: Tigray, la guerra de Sudán, las tensiones entre Etiopía y Eritrea, la disputa por el Nilo y las rivalidades entre las potencias del Golfo se encuentran cada vez más conectadas.
Además, el Cuerno de África tiene una importancia que supera las fronteras de sus países. El mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb forman parte de una de las principales rutas marítimas internacionales.
Una crisis prolongada que involucre a Etiopía, Eritrea y Sudán podría, por tanto, tener consecuencias económicas y estratégicas mucho más allá del territorio etíope.
La diferencia fundamental entre 2020 y 2026 es que Tigray ya no está aislado de las demás crisis regionales.
Hace cuatro años, el principal eje militar era la confrontación entre el Gobierno federal y el FPLT. Hoy, además de esa rivalidad interna, existen tensiones entre Etiopía y Eritrea, una guerra abierta en Sudán, una disputa no resuelta por el Nilo con Egipto y una competencia internacional creciente por influencia en el Cuerno de África y el mar Rojo.
Eso no significa que una guerra regional sea inevitable. Pero sí significa que existen más mecanismos mediante los cuales una confrontación local puede adquirir una dimensión internacional.
La recuperación del aeropuerto de Mekelle representa, de momento, un avance para las fuerzas federales, pero no necesariamente una solución política. Reuters advierte que incluso una eventual pérdida de la capital regional por parte del FPLT no garantiza el final de la resistencia.
El verdadero desafío para Etiopía será evitar que una victoria militar puntual vuelva a convertirse en el comienzo de una guerra prolongada. Y para los países vecinos, el desafío será impedir que sus propias rivalidades transformen Tigray en el detonante de una crisis mayor.
Fuentes: Reuters, Associated Press (AP), Agencia EFE y France 24.