Nelson López Rojas
En El Salvador hay una frase que se nos repite una y otra y otra vez: antes no se invertía en educación. Y es cierto. Yo estudié educación en la UES y nos mandaban a hacer prácticas a escuelas que parecían bodegas del olvido, con techos que filtraban más agua que conciencia política, con canchas –si es que las había– donde los bichos salían raspados en cada recreo. Ahora no. Ahora hay escuelas bonitas, limpias y, muchas de ellas, grandes con pintura nueva y fotos aéreas que lucen espectaculares en redes sociales. Me llega. Aplausos. De verdad.
Hasta ahí vamos bien, el problema es que la educación no entra por la pintura.
Sí, es importante que los estudiantes lleguen a un lugar digno, pues nadie aprende bien en la miseria. Cuando un niño entra a una escuela ordenada, moderna y bien iluminada, se siente importante, se siente tomado en cuenta. Eso suma, claro está. Pero no alcanza.
Hay escuelas —públicas y privadas— que se llenan la boca hablando de excelencia académica, de pensamiento crítico, de la calidad de los docentes, de sus nuevos programas de estudio mientras lo único nuevo que tienen son los pupitres. Pupitres bonitos, eso sí. Pero en muchos lugares no hay salas lúdicas. No hay canchas. No hay espacios para jugar, crear ni moverse. Ni siquiera una mesa de ping-pong para que el cerebro respire cinco minutos.
Después vienen las quejas de que los estudiantes son distraídos, que no ponen atención, que se portan mal. Claro. ¿Qué esperaban? ¿Que el recreo sea solo hacer fila en la cafetería y volver a sentarse como si fueran muebles?
Howard Gardner explicó hace décadas ya lo que aquí seguimos fingiendo no entender: señores, no todos aprendemos igual. Hay inteligencias múltiples. Hay niños que piensan con el cuerpo, con el ritmo, con las manos, con la interacción social. La educación que solo apela a memorizar y repetir es una educación mutilada. Ni las más sofisticadas tablets van a arreglar esto.
Y no lo dice solo Gardner. Psicólogos como Donald Winnicott fueron claros al decirnos, hace 50 años, que el juego no es un lujo, ni un gasto, es una necesidad psíquica. A través del juego se regula la emoción, se aprende a convivir, se construye pensamiento. Sin espacios lúdicos, la escuela se vuelve una fábrica de frustración con uniforme.
Ahora vayamos a lo estructural, aquí donde el problema empieza incluso antes de entrar al aula.
Tomemos un caso concreto: la nueva escuela en Lomas de Candelaria. Hermosa. Moderna. Un salto cuántico comparada con la champa anterior, que ya pedía eutanasia. Todo bien… hasta que uno se pregunta: ¿y cómo llegan los niños? ¿Y cómo llegan los maestros?
Calles de tierra, accesos deficientes y a oscuras, cantones enteros caminando, resbalando, improvisando. Transporte inexistente. Entonces tenemos una escuela del siglo XXI con un camino del siglo XIX.
Y ahí aparece “pero la intención es lo que cuenta” —ese comodín nacional que me lo han dicho mil veces. No, querido lector. La intención no cuenta, las cosas a medias no bastan. Digamos que soy alérgico a los mariscos y que alguien me invita a cenar y ha cocinado camarones importados gigantes. Esta persona podrá tener la mejor intención del mundo, pero igual yo termino en el hospital. No investigó, no pensó, no cerró el círculo. Eso mismo pasa con las políticas a medias. Como cuando ANDA repara una tubería. Sí, gracias, ya hay agua, ¡pero dejan el hoyo abierto! El hoyo no es metafórico, es literal. Entonces uno no puede aplaudir un trabajo incompleto solo porque algo se hizo.
La educación funciona igual. No basta con construir la escuela sin terminar el trabajo. Hay que obligar a las alcaldías o a la DOM a iluminar los pasajes, a pavimentar las calles, a pensar el acceso, a crear espacios de juego, deporte, descanso mental. Hay que diseñar experiencias completas, no escenografías.
No necesitamos dos escuelas inauguradas por día, necesitamos una escuela bien hecha, integral, pensada desde el niño real y no desde la foto oficial.
Educar va más allá de la infraestructura. Educar es entender cómo aprenden, cómo sienten y cómo llegan los estudiantes.