Escuchar de verdad — 8 de marzo en El Salvador.

Nelson López Rojas

Escribo esto siendo hombre hetero. Padre de dos hijas. Hijo de una madre que me enseñó más con la chancleta de lo que he sabido agradecer. Y también alguien cuya vida profesional transcurre rodeada mayoritariamente de mujeres: diseñadoras, secretarias, pasantes, investigadoras, profesionales brillantes que sostienen con su trabajo buena parte de los espacios académicos y culturales en los que participo. Empiezo así porque sé que importa desde dónde habla uno.

El año pasado participé en un panel para reflexionar sobre el Día Internacional de la Mujer. Éramos tres hombres hablando sobre empoderamiento femenino y las críticas llegaron rápido porque, ¿para qué un panel de hombres para hablar de mujeres? Aunque el panel era de aliados, la pregunta era legítima porque durante siglos los hombres hemos ocupado demasiados espacios y demasiados micrófonos.

La conversación, sin embargo, abrió otra posibilidad. Poco después, otra universidad me invitó a moderar un panel integrado completamente por mujeres. Yo tenía el micrófono para conducir la conversación, sí, pero el centro del diálogo les pertenecía a ellas. Compartí con la audiencia, muchos hombres, entre los asistentes, que la inclusión no siempre exige ni la exclusión ni el silencio absoluto de los hombres, pero sí exige aprender a usar los espacios que tenemos para que otras voces sean las que realmente se escuchen. Algo sencillo pero importante.

Con esa conciencia escribo hoy, para este 8 de marzo.

En El Salvador, el Día Internacional de la Mujer, aunque parece ser una consigna feminista y quizás una fecha simbólica más en el calendario, está atravesado por realidades concretas que no todos conocemos o aceptamos. Hay desigualdades persistentes, cargas laborales desiguales y la maldita violencia que sigue marcando demasiadas vidas. Pero también por una extraordinaria capacidad de liderazgo, trabajo y resistencia de las mujeres salvadoreñas, como lo es este panel en la UCA el sábado 7:

El Día Internacional de la Mujer no debe ser solo una fecha conmemorativa en el calendario. Hay que recordar las brechas que aún persisten en la política, en la economía, en la academia y, por supuesto, en el mundo cultural. Basta observar la historia reciente de nuestras instituciones artísticas para notar que, aunque las mujeres han estado siempre creando, enseñando y sosteniendo la vida cultural del país, su visibilidad pública ha sido intermitente y muchas veces secundaria. Por eso, cuando pensamos el 8 de marzo desde el ámbito cultural, no se trata únicamente de celebrar trayectorias individuales, sino de reconocer cómo las artistas salvadoreñas han contribuido a ampliar las formas de mirar el país, de narrarlo y de cuestionarlo.

Mi pasión por la diversidad en la música hace que piense en artistas que marcaron generaciones con su talento y cuya vida terminó demasiado pronto. La Amy Winehouse, Selena Quintanilla, Marília Mendonça y Lisa Lopes. Sus historias ocurrieron en contextos distintos, pero todas nos obligan a mirar algo más profundo en cómo el talento femenino puede ser celebrado, consumido y, al mismo tiempo, insuficientemente protegido por las estructuras que lo rodean. No aparecen aquí solo como ejemplos de talento, sino como parte de una conversación más amplia sobre presencia, reconocimiento y espacio público.

Comencemos con Amy Winehouse quien fue convertida en espectáculo mientras se desmoronaba y mientras su fragilidad se volvía entretenimiento global. Detrás de esa exposición, sin embargo, había una compositora extraordinaria que escribió canciones con una honestidad pocas veces vista.

Selena Quintanilla representaba alegría, identidad cultural y trabajo disciplinado. Su asesinato, cometido por alguien de su entorno cercano, recuerda algo dolorosamente familiar cuando muchas veces la vulnerabilidad de las mujeres aparece precisamente en espacios de confianza.

Marília Mendonça transformó la música popular brasileña al colocar en el centro la experiencia de la “sofrência” o del sufrimiento emocional de las mujeres. Cantó el cansancio, el abandono y la dignidad después de la decepción. Millones de mujeres encontraron en sus canciones un espejo de su propia vida cotidiana.

Lisa Lopes aportó creatividad, inteligencia y rebeldía dentro del pop global en TLC. Fue una artista que cuestionó narrativas establecidas y que, muchas veces, fue reducida a estereotipos simplificadores por una industria que prefiere mujeres previsibles.

A estas historias se podrían sumar muchos otros espejos. Aaliyah, cuyo talento floreció demasiado pronto en una industria que exige madurez prematura a jóvenes artistas; Karen Carpenter, cuya vida recuerda que incluso cumplir con todas las expectativas sociales no siempre protege a las mujeres de presiones devastadoras, entre otras.

No se trata de romantizar muertes tempranas ni de convertir el dolor en mito cultural en este 8M. Se trata de reconocer el trabajo, la disciplina y la creatividad de mujeres que cambiaron la música y dejaron huellas profundas en millones de personas, y al mismo tiempo hacernos una pregunta que solemos evitar: ¿qué estamos haciendo, amigos y amigas —en nuestras casas, nuestras instituciones y nuestros espacios culturales— para que el talento de las mujeres pueda florecer sin pagar costos desproporcionados y para que hoy, mientras estas mujeres nuestras estén vivas, podamos visibilizarlas y no hasta que ya no estén?

Escribo como hombre, sí. Pero también como alguien que desea que las niñas crezcan en un país donde su voz no sea un riesgo, donde su éxito no sea una amenaza y donde su cansancio sea escuchado sin convertirse en silencio.

Escribo como hombre, sí. Y la conversación sobre mujeres no es un tema “de mujeres”, sino una conversación sobre la sociedad que queremos ser. Escuchar, reconocer y visibilizar el trabajo de nuestras mujeres no debe ser una concesión momentánea del calendario.

Escribo como hombre, sí. Escribo como una forma de corregir silencios que durante demasiado tiempo parecieron naturales. Si algo debiese recordarnos cada Día Internacional de la Mujer es que la cultura, como la democracia, se empobrece cuando algunas voces quedan fuera del escenario. Y quizá el verdadero reto para quienes todavía tenemos micrófono —muchas veces sin haberlo pedido— no sea hablar más fuerte, sino asegurarnos de que cada vez haya más mujeres ocupando el centro de la conversación.

Que este 8 de marzo en El Salvador no sea solo un gesto simbólico. Que sea, al menos, una oportunidad para aprender a escuchar mejor. Y para actuar en consecuencia.