"Mafalda es, para mí y mis hijos, la historia crítica de Argentina, y el dibujo, tan fiel como genial, de la conciencia social": René Martínez Pineda.
Por René Martínez Pineda.
De cuando en cuando, el pasado pasa tocando a mi puerta para invitarme a la calle en la que jugué, de niño, que es la misma en la que aprendí a usar un arma antes de aprender a usar la rasuradora… y en la hojarasca de recuerdos que se difuminan en mis manos, siempre brota, Mafalda, luchando a mi lado contra la dictadura militar que se estaba acabando al país, lo cual me remitía a la angustia palpable en la pregunta de Guille: “Mafadda, cuando un paíz ze gazta ¿adónde lo tidan? Y entonces, la nostalgia pasea, en un Citroen 2CV, por el territorio de un imaginario lleno de cruces y espantos rompidos que se tomaron por asalto la BINAES. Cuando -por alguna razón, o por ninguna- vuelvo a leer las historietas de Mafalda, la singularidad espacio-temporal latente en el agujero negro de mi memoria, me coloca en el ambiente añejo, sobrio y erudito de “El Gato Negro” (de la Avenida Corrientes, Buenos Aires), esa cafetería donde urdí, por amor y con amor, una media mentira que se convirtió en verdad completa en el brillo de los ojos de mi hijo menor.
Y ahí estoy, catando alfajores de labios gruesos y besos constantes; discutiendo, airadamente, con una medialuna que, para dársela de europea de rancia estirpe y moral disoluta, hizo un trío festivo con el café y el agua mineral; o estoy leyendo “el dieciocho brumario de Luis Bonaparte”, en el que queda claro que, como aseguró, Mafalda, “nadie amasa una fortuna sin hacer harina a los demás”. El ambiente mítico del lugar -en el que manda la madera y la melancolía- me hace creer que, de un momento a otro, va a llegar Quino (a quien conocí y saludé de lejos, y eso fue suficiente, porque el aura de algunos vale más que la presencia de muchos), el fantasma del barrio sur que dibujó la historia íntima de Argentina e hizo, de su historieta, una teoría sociológica capaz de remontar las debilidades negacionistas que, como pulgas, se le pegan a ésta al menor descuido, debilidades cuyo efecto sólo, Felipe, pudo descifrar al decir: “hasta mis debilidades son más fuertes que yo”.
Para mi generación (tumulto de jóvenes que, sin pretextos, decidimos ponerle fin a la dictadura militar para que la realidad se pusiera bonita), Quino, fue el pregonero gráfico de la conciencia social que no dejó de amar a los Beatles en los intersticios de las letras de Silvio; una generación de jóvenes que luchó, en un contexto de sangre anónima, por el amor y la paz que, descalzas, vinieron de la contracultura de los hippies y el napalm, cuyas llamas nos permitieron vencer el miedo a hacer la guerra, justo el día en que Mafalda pidió: “que levanten la mano los que estén hartos de ver el mundo manejado con los pies”; una generación de utopistas que le halló sentido a la lucha revolucionaria en los personajes del dibujante más entrañable del siglo XX, ese siglo de decisiones sociales que salió de la cabeza indecisa de Felipe, quien se preguntó: “tanta decisión en mí es sospechosa, ¿qué me traeré entre manos?”; y de las entrañas rebeldes de Libertad (la niña diminuta que dijo: “no estoy despeinada, es que mis cabellos tienen libertad de expresión”), para hacerle compañía, a Mafalda, en su lucha a muerte contra la sopa, metáfora genial de la dictadura y la desigualdad social. Sentado en la banca más famosa de San Telmo, vi a Quino trazando códigos y líneas con un lápiz y perfeccionando con ellas, una y otra vez, un trazo irrealmente hermoso y lúcido, cuyo resultado fue: Mafalda, porque, como los niños, el lápiz nunca miente, y siempre cuestiona lo que hace, por eso, Mafalda, analizando lo que pasaba en su país, concluyó que: “no vaya a ser que por buscar salidas nos quedemos sin entradas, eh”, lo que Miguelito completó al decir que: “una cosa es tener pasta, y otra que a uno lo tomen como fideo”.
Mafalda es, para mí y mis hijos, la historia crítica de Argentina, y el dibujo, tan fiel como genial, de la conciencia social. Y entonces, Quino, es la partera creativa de la historia de las víctimas de los Manolitos dispersos por el mundo, y es la denuncia mordaz de la infamia clasista y discriminatoria de Susanita, cuyo punto más álgido es cuando le pregunta, a Mafalda: “¿cuándo dije yo algo contra esos cochinos negros, ehé? ¿Cuándo? A ver, decí ¿cuándo?”; es la partera que, siendo Miguelito, soñaba con cambiar el mundo con cada línea de vida, porque, como reflexionó Mafalda, “resulta que, si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno”.
Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, el artista que dibujó el espíritu del Dios de los pobres que, por instinto, se cuelan en las historietas para que la vida no les duela tanto y tengan la posibilidad de hacer lo que quieran; Quino, el dibujante que hizo que las caricaturas tuvieran más conciencia que las personas y, jugando a ser ellas, formaran el movimiento sociopolítico más grande del planeta, sin salirse del borde sagrado de su historieta, la que ha sido un factor de transformación social mucho más importante que los patéticos libros de historia escritos por graciosos historiantes; Quino, padre e hijo de: Mafalda, Felipe, Susanita, Miguelito, Libertad, Manolito y Guille; padre e hijo de ellos, porque Quino los inventó, y ellos le devolvieron el favor inventándolo a él, justo el día que, Felipe, le preguntó a Mafalda: ¿dónde nació tu papá? y ella respondió: “él me dijo que de chico no conoció la televisión, ni los satélites artificiales”; Quino, el dibujante que descubrió el fuego en los ojos de la niña que, jugando rayuela, fue el símbolo de la izquierda originaria que no se convirtió en un masturbado apéndice de la derecha, condición esa que hizo que, Mafalda, le explicara, a Felipe, la esencia de los derechos humanos: “pues sí, cuando Esopo escribió la declaración de los derechos humanos”.