Por René Martínez Pineda (ReneMartinezPi1)
Siempre he sido un aficionado confeso –y no por necrofilia adscrita o nostalgia vocinglera- a escarbar la historia para re-escribirla con lo que quedó frustrado en ella. Puedo pasar horas y horas –y muchas horas más- revisando, una a una, las hojas amarillentas y frágiles de los periódicos viejos arrinconados en lo oscuro del olvido; contemplando los anuncios de jabones milagrosos hambrientos de piel; viendo las fotos, blanco y negro, de personas que no conocí, sin que nada me importe más en este mundo y en ese momento, pero sin pretender armar genealogías putativas o pervertir los hechos de esos días fascinantes.
Quien me mira de lejos, cree que estoy buscando algo, o que algo he perdido en la hojarasca de mí escritorio, mas no es así, simplemente lo hago porque esa es la única forma que conozco de viajar en el tiempo sin que el tiempo importe. De esa afición aprendí que cada uno de nosotros es hijo y padre de sus actos; que cada uno de nosotros lleva dentro a todas las personas que ha conocido –como caricia sutil o como cicatriz mortal- lo que para mí fue un gran alivio, porque dejé de interesarme por saber de dónde putas vino el semen inmensamente amargo de mi vida, y me bastó con memorizar un nombre, y tres referencias personales, para llenar los formularios civiles, migratorios y policiales: la niña Cuerpuechucho, don Lengua de Vaca, doña Siete Culos y el doctor Chepe Loco, todos de domicilio conocido, me conocen.
No me avergüenza saber que, más allá de la cuarta generación materna, habita la más absoluta y bestial de las neblinas; no me incomoda no saber qué o quiénes están antes de mi bisabuela, porque hice familiar las tinieblas en las que impera una mariposa negra, desnuda y prohibida como pecado mortal del imaginario utopista. Esa manía me acompaña desde que supe que no sé mucho y, por ello, me dedico a inventar historias absurdas para llenar de papeles y fotografías ardientes el escritorio que es mi exilio interino.
Cada uno es autor intelectual y material de sus obras y silencios escapularios; cada uno está hecho con los pedazos que las personas van colgando en nuestro pecho. En mi caso, más allá de la cuarta generación: el silencio unánime de los espectros lo domina todo, y eso es como si yo no existiera.
El pasado es, entonces, el armario de los esqueletos que enorgullece a los flemáticos ingleses; son los días tremendos por los que suspiramos de nostalgia, debido a que las relaciones sociales eran relaciones de piel que espantaban el maleficio de la amnesia. La vida es breve y tiene los ojos almendrados, pero en ella cabe mucho más de lo que somos capaces de vivir, pues somos la sumatoria de los tiempos vividos por quienes amamos, a muerte, sin que se lo digamos. Ambición sin grandeza, eso es la memoria cuando se llena de olvidos. Tesoros enterrados en una isla remota, eso son los recuerdos que me visitan a la hora de la utopía social que puja fuerte y me exige que le pida disculpas.
La historia de mis madrugadas tiene mucho que contaros, pero a veces el silencio es más fuerte; mi ineptitud para escribir es más fuerte; mi falta de erudición es más fuerte que las cien palabras que, sin hermenéutica escolástica, conozco y domino como flor domesticada por un farolero.
No tengo abuelos escritores, todos eran analfabetas; ni tatarabuelos arzobispos, todos fueron expulsados del rito pétreo, junto a un tal Anastasio, por haberse robado una corona o una utopía; no tuvieron caballos árabes ni autos del año, todos andaban descalzos; no criaron perros de linaje ni gatos de angora, todos fueron confidentes de los perros callejeros y los gatos de convento; mucho menos tenían haciendas, ellos tenían sus mojones en las patas de la cama y no sabían contar más allá de sus dedos; no tenían nada, sólo un raro fuego en el corazón y un brillo misterioso en la mirada que simulaba ser un destello de luz blanca.
Las calles empedradas donde vivieron, no tenían un nombre famoso, porque nadie les escribía; sus nombres no tenían apellido, porque nacieron del semen ignoto del espíritu santo; sus caras jamás fueron dignas de aparecer en postales o en monumentos llenos de caca de paloma, sus facciones eran aptas para cárceles clandestinas e revoluciones traicionadas; no extrañaron a nadie y nadie los extraña; no poseían títulos ni propiedades, sólo armas hechizas, mañas, deudas y un brillo misterioso en la mirada, debido a que la tenían poblada de luciérnagas furtivas.
Sus apellidos ¿dónde están? ¿Dónde pernoctan? ¿En una peña conmemorativa? ¿En un muro de la amargura? ¿En una pared llena de fotos eróticas? ¿En el espectro que se aparece cuando la carne ya no soporta la agonía? ¿En aquel tipo de mirada fuerte que de lejos preña las ausencias? Pérez, tan despreciado; Martínez, tan común e inconsagrado por la herencia maldita de la sangre ajena; Lope de Vega, tan amado y prestigiado por el aleteo de la gramatical mariposa negra que, voluntariamente, se le desnudó para darle vida y calor a sus poemas.
Pérez serás, la profecía insobornable del que se robó el dolor de un terremoto; Martínez que martiriza, la sentencia indeleble del que amaba las hormigas y asesinaba a los hombres. Esos apellidos existen sólo cuando tienen una cuenta bancaria golosa de dinero y de crímenes de lesa humanidad. Almas sin nombre; huesos quebradizos; gritos que carecen de sonido porque no tienen garganta; fantasmas de la ópera que han perdido la utopía de los días aquellos en que el compromiso social era una cuestión de honor, y una mariposa negra era capaz de convertirse en luciérnaga para iluminar la senda del utopista de la palabra.