Mientras la oscuridad cae, camino solo por calles suspendidas en un tiempo inmóvil. La madrugada respira con dificultad. El aire pesa. Cada paso se abre camino entre sombras espesas. Me miro en los vidrios apagados, en los charcos, en la negrura de las ventanas cerradas. El reflejo no me pertenece del todo. La noche me devuelve otro rostro. Uno hecho de preguntas antiguas y silencios acumulados.
Zarko Pinkas-Ramírez |
Mientras la oscuridad cae, camino solo por calles suspendidas en un tiempo inmóvil. La madrugada respira con dificultad. El aire pesa. Cada paso se abre camino entre sombras espesas. Me miro en los vidrios apagados, en los charcos, en la negrura de las ventanas cerradas. El reflejo no me pertenece del todo. La noche me devuelve otro rostro. Uno hecho de preguntas antiguas y silencios acumulados.
A lo lejos, los perros ladran sin descanso. No es hambre ni furia. Es como si intentaran señalar un camino que nadie logra ver. Sus voces golpean las paredes húmedas y regresan deformadas. Advertencias tardías. No queda nada por donde ir. Solo la inercia nos empuja, como una corriente subterránea. Nos arrastra por senderos que no elegimos. En un muro descascarado alguien escribió: “Todavía hay esperanza”. La frase arde más que cualquier farola.
Recuerdo lo que no encontré. Lo que dejé fuera de la memoria para que no doliera. Lo que el tiempo cubrió con polvo. Los momentos se acumulan como hojas secas en una esquina del alma. Esperan un viento. Tal vez la esperanza no sea una luz. Tal vez sea esta obstinación mínima de seguir buscando entre ruinas. Hurgar en los escombros hasta encontrar una chispa.
Y allá, en el fondo del túnel, avanza un tren que aún no se oye pero ya se presiente. Veo tus ojos negros. Inyectados en rojo. La sangre intensifica la penumbra. La oscuridad no te rodea: nace de ti. Se expande como una marea silenciosa. Siento el olor metálico que llega desde el fondo de tus pesadillas. Se mezcla con mi respiración. Y aun así avanzo. La noche me atraviesa. No me detengo.