Por Julio Enrique Ávila (*)
Señoras, señores:
Como un pórtico de oro macizo en una choza humilde, quiero anteponer al desaliño de mis frases las conmovedoras y sublimes palabras con que JOSÉ SIMEÓN CAÑAS Y VILLACORTA, diputado de la Constituyente de 1823, supo en una sesión gloriosa, conquistar la libertad de los esclavos.
Mucho se han pronunciado, mucho se han escrito, mucho se han repetido estas palabras inmortales; pero nunca lo suficiente para llevarlas a todos los hombres del Universo, donde todavía hay rincones en que las carnes oscuras son mancilladas con el hierro candente de la marca; pero nunca lo suficiente para que los hijos de Centroamérica las aprendamos de memoria y las esculpamos en las entrañas del espíritu, para hacerlas eternas.
Escuchadlas. Están escritas con lágrimas y sangre, están amasadas con lirios y tempestades; y ante su llamarada los egoísmos huyen en derrota, y hasta nos sentimos capaces del sacrificio y de la abnegación. Escuchadlas:
“Vengo arrastrándome, y si estuviera agonizando, agonizando viniera para hacer una proposición benéfica a la humanidad desvalida. Con toda la energía con que debe un diputado promover los asuntos interesantes a la Patria, pido que, ante todas cosas, y en la sesión del día, se declaren libres nuestros hermanos esclavos, dejando sólo el derecho de propiedad que legalmente prueben los poseedores de los que hayan comprado, y quedando para la inmediata discusión la creación del fondo de indemnización de los propietarios.
“Este es el orden que en justicia debe guardarse; una ley, a la que juzgo natural, porque es justísima, manda que el despojado sea ante todas las cosas restituido a la posesión de sus bienes; y no habiendo bien comparable como el de la libertad, ni propiedad más íntima que ésta, como que es el principio y origen de todas las que adquiere el hombre, parece que con mayor justicia deben ser inmediatamente restituidos al uso integro de ella. Todos sabemos que nuestros hermanos han sido violentamente despojados del inestimable don de su libertad, que gimen en la servidumbre, suspirando por una mano benéfica que rompa la argolla de su esclavitud; nada, pues, será más glorioso a esta augusta Asamblea, más grato a la nación, ni más provechoso a nuestros hermanos que la pronta declaratoria de su libertad, la cual es notoria y justa, que sin discusión y por general aclamación debe decretarse. La Nación toda se ha declarado libre; lo deben también ser los individuos que la componen. Este será el decreto que eternizará la justificación de la Asamblea en el corazón de esos infelices, que de generación en generación, bendecirán la mano de sus libertadores; mas para que no se piense que intento agravar a ningún poseedor, desde luego, aunque me encuentro pobre y andrajoso, porque no me pagan en las cajas ni mis créditos ni mis dietas, cedo con gusto cuanto por uno y otro título me deben estas cajas matrices para dar principio al fondo de indemnización arriba dicho”.
Palabras grandiosas y sencillas, que, mejor que nada ni que nadie, nos pintan la imagen moral del prócer: evangélicas antes que resonantes; hondas y sufridas antes que esplendorosas; que aroman como la violeta e iluminan como la luciérnaga, en la santa penumbra de la humildad.
¡Qué lección viva de dignidad humana hay encerrada en ellas! El ejemplo es la más elevada cátedra para el espíritu. Debemos, por lo tanto, aprovechar esta enseñanza, imprimiendo sus palabras de sinceridad y de justicia en todos aquellos sitios donde los jóvenes van con la mente ávida de aprender; en las universidades, las bibliotecas, en las escuelas; y en todos los sitios donde los ciudadanos van a ejercer sus derechos y a cumplir sus deberes con la Patria: en las Asambleas, en los Municipios, en los tribunales de Justicia. Este es el homenaje que más podría complacer a la modestia de este sabio y puro sacerdote, porque así, él, que dedicó su vida al bien ajeno, seguirá siendo útil a los hombres desde más allá de la tumba.
RETRATO
Pocas figuras tenemos en nuestro santoral heroico tan puras y abnegadas como la de JOSÉ SIMEÓN CAÑAS; y ninguna, acaso, tan apasionante y cautivadora como la de este noble varón.
Hombre de espíritu clarividente, meditativo e idealista, supo, en la acción, por virtud de este espíritu avasallador, imponerle a su cuerpo frágil y enfermizo, temples de acero. Energías increíbles, nacidas de una voluntad avezada a los sacrificios, que lo convertían en alud irresistible cuando defendía el derecho y la verdad, expresión manifiesta de su amor a Dios y a los hombres. Y esto fue su vida: una no interrumpida obra de misericordia. Su espíritu, su ciencia, sus energías materiales y sus haberes fueron dados con derroche a quien los demandaban. Fue paternal para los grandes y para los humildes; a unos les hizo el don de su cultura y de su talento, a otros de su fortuna, y, a todos, de su corazón.
Han llegado a mis manos dos fotografías del prócer, una en plena madurez intelectual y otra en que aparece ya achacoso, y mirando al infinito.
En la primera, atraen, sobremanera, sus ojos hundidos de mirada lejana, que nos dicen de su amor al estudio y a la meditación, y su frente ancha y despejada, que descollando entre una obscura y lacia cabellera, le da el sello de una especial distinción. Sobre su boca se tiende, perezosamente, con descuido, un bigote mediano, caído hacia los lados, que nos habla de su indiferencia y olvido de sí mismo. Es una figura suave, sin aristas, de rasgos más bien apagados, nunca agudos. Podría haber figurado en una galería del Greco por la gran espiritualidad y la tortura interior que de él se rezuma. En la segunda, ya los rasgos están borrosos. En los ojos opacos todavía arde, como en dos lámparas votivas, un fulgor de ternura. En sus mejillas y en su frente, llenas de honduras, como campos arados, todavía vibra el ansia de servir, de dar frutos para alivio de los cuerpos y salud de las almas.
Lástima grande, en verdad, no tener un retrato de su infancia. Me imagino que siempre fue triste y retraído, acaso por exceso de comprensión y de bondad.
Nació en nuestro Cuscatlán, en el año de 1767.
Sus padres, españoles distinguidos, fueron don Pablo de Cañas y doña Lucía de Villacorta. Señores de gran fortuna que repartían su tiempo entre los cultivos de sus tierras y la vida social y culta de la metrópoli de Guatemala.
Pero pese a su sangre, genuinamente española, pese a su abolengo y a su fortuna, pese a los prejuicios de clase entonces en su apogeo, JOSÉ SIMEÓN CAÑAS, nacido en cuna de seda, fue un hombre humilde, de gran humildad, amante de las masas y fervoroso defensor de los indios y de la tierra centroamericana, su patria por nacimiento y su raza por el espíritu.
De una gran inteligencia, casi podríamos decir precoz, logró todavía adolescente, ocupar cargos de gran responsabilidad y que requerían además conocimiento profundo de la vida. Muy joven se doctoró en Filosofía y Teología; y ya a los veintiséis años era Vice-Rector del Colegio Seminario de Guatemala, en el que desempeñó la catedra de Filosofía. Estudioso infatigable, pronto llegó a adquirir fama de sabio, y su sola presencia bastaba para darle importancia y grandeza a cualquier acto de carácter científico y cultural. No es de extrañar que esta figura, de débil complexión y de maneras suaves, arrastrara, cautivara mejor dicho, con su palabra serena y su actitud sumisa y acariciadora, tras la que se sentía arder su espíritu probo y el magnetismo de su vida ejemplar.
Así fue como a los treintaiséis años de edad, el severo Claustro de Doctores le nombrara Rector de la Real y Pontificia Universidad San Carlos de Guatemala.
Desgraciadamente, su cuerpo enfermizo no podía seguir, sino con grandes sufrimientos, los impulsos de su voluntad y de su espíritu, La parálisis agarrotó su organismo, como para imponer descanso a aquella energía abrumadora. Abatió su fuerza física; pero no logró acallar su cerebro, ávido de dar luz, ni sus anhelos bienhechores para los hombres.
El sufrimiento puso una nueva aureola en su semblante y si alguna escoria impura quedaba en él, fue fundida en ese crisol. Ya casi no le quedaba materia; su cuerpo parecía ingrávido; y solo se veían fulgurar, tras la negra sotana, unos ojos como dos ascuas dentro de un rostro exangüe cuando fue electo diputado por Chimaltenango a la Asamblea Constituyente de 1823. Su estado de postración le había obligado al goce de licencia, cuando, en forma verdaderamente conmovedora, arrastrando su sombra de cuerpo, se presentó a pronunciar su sensacional discurso del 31 de diciembre, en el seno de la Asamblea.
La enfermedad casi no le abandonó más. Cuando él sintió que su misión terrestre se iba cumpliendo, que ya su espíritu se agotaba de aquel continuo arrastrar una sombra corporal, baldada y dolorosa, la nostalgia de su tierra natal lo invadió como una promesa, Añoró su tierra caliente, su cuna aldeana y simple, y pidió morir en ella.
Le tenacidad de su voluntad heroica se nos presenta nuevamente grandiosa en esta última jornada. Si para un organismo joven, para un alma bien templada, esa travesía por caminos que más que caminos eran senderos, llenos de baches y precipicios, en pésimos vehículos como medios de transporte primitivos, requería audacia y resistencia, ya podemos imaginarnos lo que sería para aquel cuerpecito, que era un manojo de dolores, un vaso de sufrimientos. Sin embargo, ya lo dije, era fuerte porque estaba avezado al sacrificio. Lo venció todo. Y pudo así gustar los últimos meses de su vida en la tierra natal.
Llegó cabalmente a tiempo de servir a los hombres donde estos más habían menester de sus cuidados. El cólera pedía víctimas con saña inaudita, y JOSÉ SIMEÓN CAÑAS se olvidó una vez más de sus achaques y supo derramar su ternura sobre los enfermos y su esperanza sobre los moribundos.
Al fin, el año de 1838, a principios de marzo, se apagó su espíritu en la ciudad de San Vicente, donde reposan sus restos, con gran volcán por centinela.
OBRA.
Antes de terminar, bosquejaré someramente los aspectos culminantes de su obra. A pesar de ser muy diversos, estos aspectos están perfectamente coordinados con su temperamento. Su fuerza era la persuasión; persuasión que hicieron irresistible su sabiduría y una vida de ejemplar probidad.
Como hombre de ciencia, puso sus conocimientos y du don de gentes al servicio de los ideales patrios. Como patriota conquistó voluntades, aclaró conciencias, iluminó espíritus, más que con la acción, con la suavidad y la ternura. Fue, pues, siempre, y en todo momento, su alma evangélica la que normó sus actos, la que le hizo pasar entre los vendavales de la política, creando simpatías, sin despertar odios ni recelos, alcanzando la reverencia y el respeto aún de aquellos que adversaban sus ideas.
Como rector de la Universidad San Carlos Borromeo hizo obra de renovación. Los estudios tenían un carácter predominantemente escolástico. La TEOLOGÍA, LA FILOSOFÍA y la LITERATURA eran los estudios básicos, fundamentales. Las imaginaciones tropicales no querían conocer la precisión del número, y las matemáticas eran poco aceptada, vistas con menosprecio. Para impulsar estas asignaturas, indispensables en la vida actual, el ilustrado Rector, con una visión precisa del futuro, hizo todos los esfuerzos posibles. Llegó hasta crear premios en metálico como estímulo a los alumnos que se distinguieran en esta clase de trabajos. Fomentó igualmente los estudios de Física y de Astronomía, y de otras ramas del saber humano. Dio así a la misión universitaria una carácter más general y más práctico, más en relación con las necesidades modernas. Esto no podemos apreciarlo en todo su valor sino es considerando el ambiente colonial, cargado de prejuicios de clase, que estimaban la cultura obtenida en la Universidad como un necesario prestigio de su calidad aristocrática, antes que como un medio de vida y de servicio.
Pero los asuntos políticos de la metrópoli española trajeron a las colonias una situación económica angustiosa. Esta crisis se hizo sentir, naturalmente, en el recinto universitario; y el ilustre Rector no vaciló en vaciar su escarcela para sostenerlo.
Buena parte de su peculio fue invertido para mantener el prestigio y decoro de esta casa de la ciencia centroamericana, la Universidad única del Istmo.
Por su temperamento de hombre de estudio y su carácter recogido, la labor de JOSÉ SIMEÓN CAÑAS resaltó más colaborando en la organización y afianzamiento del nuevo Estado, que como revolucionario.
Desde un principio mantuvo relaciones con el infatigable JOSÉ MATÍAS DELGADO, alma y cerebro de la lucha por la independencia. Siempre estuvo de acuerdo con él, y en todos los momentos, en los de bonanza como en los de angustia, se mantuvo a su lado.
Fue miembro de la Junta Consultiva Provincial, residente en Guatemala, la cual había sido reinstalada en el año de 1820. En esta Junta laboró con el mismo Padre DELGADO, MARIANO BELTRANENA y otros connotados ciudadanos; y fue él quien, en el seno de esta Junta, propuso el nombramiento de Gainza para Capitán General del Reino. Conocedor de las almas, el prócer comprendió que este hombre, por su carácter débil y ambicioso al mismo tiempo, sería provincial en ese alto cargo para la causa de la Independencia, Sus consejos fueron atendidos y sus augurios se cumplieron dichosamente el 15 DE SEPTIEMBRE DE 1821.
Laboró para el bien de su país en el púlpito, en los Consejos y en las Asambleas, así como antes había laborado desde las cátedras universitarias. Pero la mejor página de su vida, la que escribió con sangre de su espíritu, y por eso deber ser eterna, es la libertad de los esclavos.
No pretendemos que él fuera el primero en concebir tan magno propósito. Ya flotaba en el ambiente libertador la necesidad de acabar con esta lacra, incompatible con la sociedad justa y libre que se pretendía crear.
Ya los insurgentes mejicanos habían proclamado la igualdad humana; ya en Colombia, desde el año 1814, Juan del Corral y Francisco Antonio Ulloa habían derrochado erudición para lograrla. En el seno de la misma Asamblea Constituyente el doctor MARIANO GÁLVEZ Y JUAN FRANCISCO BARRUNDIA la habían pedido algunos meses antes; pero nadie había podido realizarla definitivamente. Para eso se necesitaba un apóstol, alguien que no hablara con hermosas razones ni con bellas palabras, sino que supiera tocar la roca árida del corazón y, como un nuevo Moisés, hiciera brotar el manantial del amor a los hombres. Y JOSÉ SIMEÓN CAÑAS, sin oratoria esplendorosa y sin literatura; pero con el alma sangrante, supo hacer llorar hasta los hombres de piedra.
“Vengo arrastrándome y si estuviera agonizando, agonizando viniera”.
Y era cierto. No era una figura de estilo, no era un argumento retórico. Era la verdad que salía de un pozo profundo. Era la verdad de una vida que se había dado íntegra para el bien. Allí, enfrente de los intereses creados, enfrente de los pusilánimes, enfrente de los tibios, estaba la verdad. La verdad que quema y que fulgura.
Y el milagro se realizó, espontáneo y clamoroso.
No es aquel que sueña en una magna empresa, ni siquiera aquel que coloca la primera piedra, quien quiera pretender por esto solo el homenaje de la posteridad. Esto corresponde a quien, abnegadamente, alcanza a realizar la obra. Ya entró al olvido aquel que descubrió que la electricidad se escapa por las puntas; pero Franklin se hizo inmemorial al inventar el pararrayo y hacer de esta vieja ley algo útil para el mundo.
SÍNTESIS
JOSÉ SIMEÓN CAÑAS no fue la llamarada centellante, ni fue la violenta inquietud, ni fue la elocuencia académica, ni la audacia hermanada con la astucia, ni la espada que arrastra la victoria en los campos de la muerte. Fue siempre la reflexión y la prudencia, y fue también la firmeza, la inconmovible firmeza. Fue una FE callada y constante que logró el milagro interior. Su obra fue por el ESPÍRITU y para el AMOR.
Su figura, ya lo hemos dicho, fue apostólica, Descendió en línea recta, por el corazón, de SAN FRANCISCO DE ASÍS y del HERMANO PEDRO DE BETHANCOURT. Completó la conquista espiritual que varios años antes iniciara el piadoso FRAY BARTOLOMÉ DE LAS CASAS, adelantándose en ocho lustros a Abraham Lincoln, el más grande de los norteamericanos.
Humilde, de toda humildad, así como vivió su vida ha vivido hasta ahora su muerte. En las húmedas catacumbas de la vieja IGLESIA del Pilar, en la ciudad de San Vicente, existe una lápida, de caracteres ya borrosos, que sencillamente dice: “PRESBITERO JOSÉ SIMEÓN CAÑAS, MARZO 4 DE 1838, LIBERTADOR DE LOS ESCLAVOS”. . . .
Loado sea JOSÉ SIMEÓN CAÑAS. Loado sea, por los siglos de los siglos. . . . Amén!
(*) Autor de “El Salvador, Pulgarcito de América”