Por Redacción ContraPunto
Durante décadas, Costa Rica construyó una imagen sólida de estabilidad democrática, institucionalidad y progreso social. La narrativa dominante insistía en que el país era una excepción regional: un Estado social fuerte, una clase media en expansión y un modelo político que, aunque imperfecto, parecía funcional.
Sin embargo, esa Costa Rica “ejemplar” se fue erosionando silenciosamente. Hoy, el escenario político evidencia una crisis profunda que ya no se puede ocultar: desconfianza ciudadana, desigualdad creciente, precarización laboral y el debilitamiento de las instituciones públicas que por décadas fueron motivo de orgullo nacional.
La gran pregunta es inevitable: ¿estamos frente a un verdadero cambio político o simplemente ante una versión maquillada del mismo modelo agotado?
Del desencanto a la rebelión silenciosa
Hace años, el sociólogo costarricense Carlos Sojo describió el auge del Partido Acción Ciudadana (PAC) como una “rebelión de las clases medias”. En aquel momento, sectores urbanos vieron en el PAC una alternativa ética frente al bipartidismo tradicional, especialmente al PLN y el PUSC.
Pero esa rebelión terminó en frustración: tras ocho años en el poder, el PAC desapareció prácticamente del mapa político, sin representación legislativa desde 2022. Lo que quedó fue una ciudadanía aún más desconfiada y una democracia más debilitada.
Ahora parece surgir otra rebelión, distinta y más compleja. No es la clase media urbana la que lidera el descontento, sino los sectores populares: zonas rurales, comunidades costeras, cantones periféricos y territorios históricamente olvidados. Estos grupos, golpeados por décadas de abandono estatal, se han convertido en el centro de una nueva ola política.
Pero lo paradójico es que esa rebelión no está siendo liderada por movimientos populares ni por fuerzas progresistas: está siendo canalizada por sectores poderosos, figuras empresariales y élites económicas que hoy pretenden venderse como “la voz del pueblo”.
El ascenso del populismo como herramienta de poder
La llegada de Rodrigo Chaves en 2022 fue presentada como una ruptura con el sistema. Su discurso era simple, directo y efectivo: combatir la corrupción, enfrentar a la “clase política tradicional” y gobernar como gerente eficiente.
Sin embargo, con el paso del tiempo quedó claro que su proyecto no era solo administrar mejor: era reestructurar el Estado y redefinir el modelo democrático, no desde una visión inclusiva, sino desde una lógica autoritaria.
A pesar de resultados mediocres en áreas clave como seguridad, empleo y fortalecimiento institucional, Chaves logró sostener un respaldo popular notable. ¿Cómo?
En otras palabras, se consolidó un fenómeno típico del populismo moderno: no importa el desempeño real, importa la narrativa.
La continuidad del “cambio”: ¿realidad o estrategia?
La reciente victoria de Laura Fernández y su partido Pueblo Soberano confirma que el fenómeno no fue pasajero. Con un triunfo contundente, especialmente en cantones de menor desarrollo, se consolidó una nueva fuerza política que se presenta como renovación.
Pero es aquí donde surge el punto central: ¿qué tipo de cambio se está vendiendo?
Porque detrás del discurso de “transformación” se esconde un proyecto que, en esencia, parece representar:
El voto popular, mayoritariamente, no parece estar basado en una lectura ideológica profunda. Más bien, refleja una mezcla de frustración acumulada, hartazgo con la política tradicional y esperanza desesperada de que “alguien” haga algo diferente.
Pero esa esperanza puede ser peligrosa si se convierte en cheque en blanco.
El problema de fondo: el Estado abandonó a su gente
No se puede entender este giro político sin reconocer la raíz histórica del malestar social.
Entre los años 50 y 70, Costa Rica vivió una etapa de crecimiento con movilidad social real: educación pública sólida, salud accesible y expansión de oportunidades. Pero entre 1980 y 2020, el país entró en otra dinámica:
Este es el caldo de cultivo perfecto para que surjan líderes que prometen soluciones rápidas y culpables fáciles. No porque tengan razón, sino porque ofrecen un enemigo visible: “los políticos”, “los jueces”, “los medios”, “las universidades”, “los sindicatos”.
Y así, el discurso se vuelve simple: destruir en lugar de construir.
¿Un nuevo país o una república de tercera?
El anuncio de una supuesta “Tercera República” suena a grandeza histórica, pero puede ser simplemente un eufemismo para justificar un giro autoritario.
Cuando un gobierno habla de “nuevas reglas para la democracia”, pero al mismo tiempo insinúa limitar la prensa, debilitar contrapesos institucionales y reducir derechos, lo que realmente está planteando no es modernización: es control.
Las señales son claras: privatizaciones, debilitamiento del Estado social, reformas que concentran poder y un discurso que desprecia la oposición bajo la excusa de “obstruccionismo”.
Lo que se vende como renovación podría ser en realidad la consolidación de un modelo donde la democracia se reduce a votar cada cuatro años mientras el poder real se concentra arriba.
Entonces… ¿cambio o maquillaje?
El sistema tradicional falló, sí. Pero eso no significa que cualquier alternativa sea progreso.
Lo que parece estar ocurriendo no es la destrucción del status quo, sino su transformación en algo más peligroso: un status quo reconfigurado, más agresivo, más mediático, más populista, pero sostenido por élites económicas con nuevos rostros.
En otras palabras: el viejo poder no desapareció, solo aprendió a hablar como pueblo.
¿Qué hacer frente a esto?
Costa Rica necesita una respuesta colectiva, no solo electoral. Se requiere un movimiento nacional que defienda:
Porque si no se integran las periferias, seguirán siendo terreno fértil para cualquier discurso manipulador que prometa salvación.
La lucha no es solo contra un partido o un presidente. Es contra la normalización del autoritarismo como “solución” y contra la resignación ciudadana que acepta el deterioro como destino