Entre la autoridad moral y la tentación del poder, el papado entra en un terreno donde la crítica ya no es sacrilegio, sino una obligación del pensamiento crítico.
Zarko Pinkas-Ramírez |
Entre la autoridad moral y la tentación del poder, el papado entra en un terreno donde la crítica ya no es sacrilegio, sino una obligación del pensamiento crítico.
Hay un límite difuso —y peligrosamente cómodo— entre la guía espiritual y la intervención política. En los últimos días, el papa León XIV ha cruzado esa línea con una soltura que no puede ni debe quedar fuera del análisis crítico. No se trata de defender a Donald Trump —cuya trayectoria pública está marcada por el conflicto, la retórica agresiva y decisiones ampliamente cuestionadas—, sino de observar con claridad qué ocurre cuando una figura religiosa global decide entrar al terreno de la confrontación política directa.
Porque aquí el punto no es Trump. El punto es el uso del púlpito.
Trump fue elegido democráticamente. Ese hecho, incómodo para muchos, es innegable. Estados Unidos tiene un sistema electoral que permite —y ha permitido— que figuras profundamente polarizantes lleguen al poder. Se le puede criticar, investigar e incluso juzgar, pero deslegitimar su elección sin cuestionar el sistema completo es un ejercicio selectivo de la indignación. Y si se respeta la democracia, se respeta también su resultado.
En ese contexto, cuando el León XIV decide confrontarlo públicamente —particularmente en temas complejos como la guerra en Medio Oriente—, deja de ser solo un líder espiritual para convertirse en un actor político. Y eso tiene consecuencias.
No se puede hablar de conflictos como Irán, Gaza o el Líbano desde una lógica moral simplificada. No se trata de buenos contra malos ni de pacificadores contra agresores. Allí operan estructuras como Hamás o Hezbollah, regímenes autoritarios, intereses geopolíticos y conflictos históricos que no se resuelven con citas bíblicas ni declaraciones bien intencionadas. Pretenderlo no solo es ingenuo, sino peligrosamente reduccionista.
Pero hay un punto adicional que no se puede ignorar: el papa, en este escenario, se ha convertido —quiera o no— en un vocero funcional de la extrema izquierda. Y no porque exista necesariamente una coordinación directa, sino porque su discurso está siendo utilizado, amplificado y editado por ese sector en la lógica de la confrontación global. Es dífícil creer que un hombre de su nivel intelectual gracias a sus estudios no analice que sus palabras serán usadas para otro tipo de guerra: la de propaganda. Desde ese enfoque ya no sé ven tan de paz sus discursos.
En un contexto de polarización entre extremos, sus declaraciones contra Donald Trump son rápidamente capitalizadas como munición política, mientras guarda silencio —al menos públicamente— frente a regímenes como China o Corea del Norte, o frente a la persecución religiosa en contextos donde el cristianismo sería directamente reprimido.
Ese desequilibrio no es menor: en política internacional, lo que no se dice también construye relato. Y cuando una figura de su nivel entra en ese juego sin matices, deja de ser solo un líder espiritual para transformarse en un actor más dentro de la disputa ideológica global.
El problema no es que el papa opine. Tiene todo el derecho a hacerlo. El problema es la plataforma desde la cual lo hace y la inmunidad moral que muchos pretenden otorgarle. Porque no, el papado no está blindado frente a la crítica.
En esa misma línea, cuando el papa afirma que «el mundo está siendo destruido por unos pocos tiranos», no está haciendo una reflexión inocente ni aislada, está entrando directamente en el terreno de la confrontación política global.
Porque, aunque sectores del catolicismo y sus nuevos aliados en la extrema izquierda insistan en que no se refiere a nadie en particular, en la práctica ese tipo de declaraciones está siendo utilizado para atacar a figuras como Donald Trump y Benjamin Netanyahu en el contexto del conflicto en Medio Oriente.
Y ahí es donde aparece el problema de fondo: el silencio frente a actores como Irán o grupos como Hamás y Hezbollah contrasta con la dureza del discurso hacia líderes occidentales, generando una narrativa que no solo es desequilibrada, sino que además termina alineándose —de forma consciente o no— con la propaganda de sectores ideologizados y organizaciones que forman parte del mismo conflicto que dice querer pacificar.
Por otro lado, la Iglesia Católica, como institución, carga con una historia que no puede ignorarse cuando su máxima autoridad decide intervenir en política. Casos de abusos sexuales encubiertos, una estructura que durante décadas —y siglos— protegió a agresores, y una falta de transparencia que sigue siendo motivo de escándalo global. Hablar de moral desde ese lugar exige, al menos, un ejercicio previo de rendición de cuentas.
Y la historia no termina ahí.
El silencio del Vaticano durante el Holocausto, su rol en los procesos coloniales en América Latina, su influencia en sistemas de explotación y su participación en periodos oscuros como la Inquisición, no son detalles menores ni anécdotas del pasado. Son parte de una deuda histórica que sigue abierta.
Por eso resulta, como mínimo, irónico que se hable de pobreza desde uno de los centros de riqueza acumulada más grandes del mundo. Con una fracción mínima de sus recursos, la Iglesia podría impulsar transformaciones reales en regiones devastadas por la miseria. Sin embargo, el discurso muchas veces se queda en la exhortación moral, no en la acción estructural.
Hay también un punto doctrinal que no se puede ignorar: la institucionalización de la Iglesia no nace directamente del mensaje original del cristianismo, sino de procesos históricos ligados al poder, particularmente desde el emperador Constantino. Desde entonces, la fe dejó de ser solo espiritual para convertirse también en una herramienta política. Y ahí está el riesgo.
Cuando el papa critica a un líder mundial, no lo hace como un ciudadano más. Lo hace desde una estructura de poder milenaria, con influencia global y con una historia que pesa. Si decide entrar al debate político, debe aceptar que será tratado como un actor político más. Eso implica cuestionamiento, contraste y, por supuesto, crítica. No es herejía. Es coherencia.
Si el papa quiere hablar de paz en Medio Oriente, también debería alzar la voz contra la represión en Irán, contra el extremismo religioso y contra las violaciones sistemáticas de derechos humanos en esos territorios. Si su discurso apunta a la justicia, debe ser completo, no selectivo.
Porque de lo contrario, su mensaje deja de ser universal y se convierte en instrumento. Y cuando la fe se instrumentaliza, deja de ser guía… para convertirse en discurso.