El psicólogo social Jonathan Haidt, profesor de la New York University y autor del libro The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (2024), ha puesto el foco en los posibles efectos negativos de las redes sociales y los teléfonos inteligentes en la salud mental de niños y adolescentes.
Zarko Pinkas-Ramírez |
El psicólogo social Jonathan Haidt, profesor de la New York University y autor del libro The Anxious Generation: How the Great Rewiring of Childhood Is Causing an Epidemic of Mental Illness (2024), ha puesto el foco en los posibles efectos negativos de las redes sociales y los teléfonos inteligentes en la salud mental de niños y adolescentes. El libro ha generado atención no sólo mediática sino también académica al recopilar datos y estudios sobre tendencias de ansiedad, depresión y otros trastornos psicológicos entre jóvenes en los últimos años.
En su obra, Haidt sostiene que el auge de los smartphones y el uso intensivo de plataformas digitales desde la década de 2010 coincide con un aumento notable de problemas de salud mental en adolescentes, entre ellos depresión, ansiedad y autolesiones, particularmente entre adolescentes del género femenino. El autor además argumenta que esta situación ha transformado la infancia en lo que él denomina un “phone-based childhood” (infancia centrada en el teléfono), con efectos psicológicos profundos.
Aunque el libro de Haidt se basa en un conjunto de datos y tendencias observadas, la comunidad científica advierte que gran parte de la evidencia disponible es correlacional, es decir, muestra asociaciones pero no siempre causalidad definitiva entre tiempo de uso de redes y deterioro de la salud mental. Un análisis en la revista Nature sobre el tema señala que no hay pruebas concluyentes de que las redes sociales estén “reconfigurando” los cerebros o sean la causa principal de la crisis de salud mental, aunque sí se reconoce la necesidad de reformas en las plataformas y una mejor comprensión científica del fenómeno.
Asimismo, una revisión sistemática publicada en Adolescent Psychiatry encontró que la mayoría de estudios sobre redes sociales y problemas como ansiedad o depresión muestran asociación positiva, esto es, mayor uso intensivo se relaciona con mayores síntomas reportados, aunque con importantes limitaciones metodológicas y sin establecer causalidad clara.
Además de análisis de académicos individuales, organismos de salud pública han expresado preocupación por los riesgos potenciales del uso digital entre menores. Por ejemplo, un informe científico de la Agencia Francesa de Seguridad Sanitaria ANSES basado en más de 1 000 estudios concluyó que el uso de redes sociales puede estar asociado con efectos negativos en la salud mental de adolescentes, como ansiedad, depresión, problemas de sueño o exposición a contenidos dañinos, y recomendó restricciones de acceso para grupos de menor edad y mejoras en diseño seguro para jóvenes.
En declaraciones recogidas por medios como la Harvard T.H. Chan School of Public Health, Haidt ha citado estudios que muestran que algunas formas intensivas de uso, como más de tres o cuatro horas diarias en redes, se asocian con mayor riesgo de síntomas psicológicos, y que plataformas específicas —por ejemplo, aquellas que promueven comparaciones sociales o contenido visual intenso— parecen tener impactos más fuertes en la percepción del cuerpo y la autoestima.
No obstante, expertos como Candice Odgers (citada en Nature) resaltan que los datos actuales no permiten afirmar con certeza causalidad, y que factores individuales, sociales y contextuales modulan fuertemente cualquier efecto observado.
En síntesis: La alarma de Haidt por el impacto de las redes sociales en menores se fundamenta en tendencias observadas de salud mental en conjunto con estudios científicos correlacionales. Sin embargo, la evidencia académica señala que hace falta más investigación rigurosa y con diseño causal para establecer con claridad hasta qué punto las redes son causa directa de deterioro psicológico —aunque muchos expertos coinciden en que pueden agravar factores de riesgo existentes y que los entornos digitales actuales no promueven bienestar en adolescentes.