El poema como campo de batalla en Ya es suficiente, de Grego Pineda.

Por Mariana Libertad Suárez.

Los poemas incluidos en Ya es suficiente, de Grego Pineda, se inscriben en un territorio donde el amor, la tristeza y la militancia se enfrentan en tanto fuerzas que pugnan por la supervivencia emocional del yo poético. No hay, en estos versos, idealización ni consuelo fácil, porque cada texto expone una lucha cotidiana contra/en el deseo, la ausencia y la conciencia de la propia fragilidad. La desnudez del hablante lírico pregunta por el otro y por sí misma, hasta hacer de lo íntimo un campo de batalla.

Hasta en los poemas aparentemente más inocentes, como Tu lucha diaria y Loco, el amor desconoce las fronteras físicas y racionales. La distancia geográfica intensifica los vínculos humanos hasta volverlos obsesión y ocupación absoluta de la conciencia. El yo poético piensa al otro hasta encarnarlo en las neuronas, hasta expulsar cualquier pensamiento que amenace esa fidelidad extrema. Este amor se impone y se consume. La locura aparece entonces como una estrategia de supervivencia, porque enloquecer parece la única vía para preservar un espacio mental exclusivo. 

Además, el amor aparece aquí entre cuerpos que se tocan, se resisten, se descubren. Hay huellas de lo erótico en su registro más crudo, pero también de lo erótico como trascendencia. En este plano, no es difícil vincular estas páginas con la Carta del desespero de Ernesto Cardenal: la palabra, insuficiente, ordena la experiencia de la soledad y la pérdida, pero a la vez se erige como un espacio de comunión. Lo erótico es entonces, como en Cardenal, una manera de responder al silencio y la muerte.

Hablar de amor y de las maneras de decirlo, hablar de la cotidianidad del erotismo, del deseo común a todos los humanos es una decisión que incomoda en el siglo XXI. No se trata de un erotismo complaciente ni de una lírica domesticada, en este poemario de Grego Pineda, el deseo se hace escritura, y la escritura se convierte en un campo de tensión donde el yo poético oscila entre la confesión íntima y la puesta en escena pública de sus pasiones. Estos textos poéticos nos interpelan, por lo que dicen, por lo que muestran, por el modo en que nos obligan a leer. La voz poética en ocasiones nos lleva a habitar una incomodidad fecunda, pero también nos conduce a pensar que el amor es campo conflictivo atravesado por ansiedades, pérdidas y promesas incumplidas.

Es claro, además, que dentro del poemario no hay miedo a jugar y experimentar con la versificación, la métrica y las estrofas más o menos convencionales. Si algo une estos poemas es la certeza de que el amor no admite una sola forma ni un único registro, que puede ser ternura o transgresión. En ese arco de posibilidades, Pineda reafirma que la sensación de amar siempre es un exceso, pero un exceso que puede caber en un verso. 

Algunos de los poemas, en su brevedad, nos recuerdan que el amor —y lo erótico como su pulso más inmediato— no necesita excesivas mediaciones para decirse. “Eyaculo, luego existo”, por ejemplo, resume en cuatro palabras la tensión entre filosofía y cuerpo, razón y deseo; subvierte así la tradición cartesiana con un gesto que es, a la vez, provocación y revelación. En esa economía verbal se reconoce una de las marcas del minimalismo poético de nuestra era, la voluntad de decir mucho con lo mínimo, dejar que el silencio complete lo que la palabra apenas insinúa.

De igual forma, la pasión exaltada en Pasión tropical; el reconocimiento sin ambages del goce, en Puta pura; o la sacralización del cuerpo en Erótico, muestran cómo lo espiritual y lo carnal no se excluyen, sino que se superponen, se tensionan y se fecundan mutuamente. En estos poemas, el verso corto no es solo estilo, sino más bien una declaración sobre cómo amar también puede asumirse en gestos mínimos, en instantes fugaces que, sin embargo, lo dicen todo.

En un tiempo donde la atención es fragmentaria y la vida digital nos empuja a leer en destellos, la poesía de Grego Pineda se sitúa en el cruce de lo íntimo y lo inmediato, recrea palabras que capturan la fugacidad del deseo y, al mismo tiempo, lo vuelven memoria. Amar, entonces, se escribe en flashes, en ráfagas de imágenes que no buscan la perfección, sino la verdad cruda del instante.

A pesar de ello, lo que quizás hace más interesante la lectura de Ya es suficiente es su mixtura. Así que a la par de todo lo ya señalado, hay una serie de poemas que abren un registro de frontalidad. Grego Pineda, lejos de la solemnidad, se atreve a nombrar la muerte desde la ironía y la confesión en un gesto fragmentado, que bien pudiera recordar las modulaciones de Roque Dalton. 

El tratamiento de la tristeza y la soledad, por otra parte, presente en poemas como Ayuda y Abusiva tristeza, dialoga de manera abierta con la poética de Claribel Alegría, pues en ambos casos se transforma el dolor en una presencia concreta, casi corporal. En la obra de Pineda, igual que en muchos poemas de Alegría, la tristeza no es una abstracción sentimental, sino que, por el contrario, va acompañada de una lucidez implacable; sin embargo, en el poema Ayuda, presente en Ya es suficiente, la relación con el otro se vuelve peligrosa y extrema, hasta el punto de que la salvación mutua es casi un gesto suicida, más cercano al abismo que a la comunión solidaria que propone Alegría. El rechazo al pathos excesivo y su preferencia por una palabra clara, directa, casi austera revela en Pineda un deseo de modelar dolor para que no se disuelva en el silencio. En sus poemas, la tristeza es un gesto íntimo de supervivencia mínima.

Por último, en Ya es suficiente, el humor negro convive con la hondura existencial que cuenta días vividos, que desmenuza edades y experiencias, de ese modo se instala en el filo entre el inventario vital y la sentencia filosófica. Grego Pineda, crítico lúcido, parece escribir este poema como si desmontara su propio archivo, porque contabiliza e ironiza al tiempo que desnuda la fragilidad humana.

En el poema Ilusión sonora, además, traslada la mirada hacia la naturaleza y la musicalidad de lo efímero. El murmullo de la arboleda se convierte en metáfora del ritmo vital; se advierte, entonces, la huella de Octavio Paz, por su tendencia a transformar la percepción en símbolo. Se asoma, nuevamente, el Grego crítico. Se percibe, en su escritura, la conciencia de las resonancias culturales, pero la voz poética se deja llevar por la pura evocación, por la fugacidad de una tarde interrumpida por el viento.

Otros poemas como Sin Precio o Diálogo con un bartender abordan otra faceta vital del poeta. Recuerdan su condición migrante, en registros donde la narración resultaría insuficiente porque es necesaria una confesión colectiva. En otras palabras, el poeta se vuelve cronista de la diáspora latinoamericana en Estados Unidos, de la economía del deseo y de la precariedad, de la nostalgia y el cansancio, desde ahí, parece interrogar su entorno, ¿qué significa —después de haber dialogado con el romanticismo en sus formas más clásicas— hablar de putas, de bartenders, de zapatos, en un país donde la promesa de igualdad se transforma en espejismo? Allí emerge la intertextualidad con Dalton otra vez, con su insistencia en politizar lo íntimo, en desenmascarar las trampas del sistema.

Asimismo, otros poemas como Payaso y Aborto intensifican esa escritura minimalista, que subvierte la risa o la gramática para devolvernos la crudeza del trauma. En el primero, el gesto paródico desemboca en múltiples formas de violencia, al mostrar cómo la risa puede ser interrumpida por la brutalidad del mundo; en el segundo, la conjugación verbal funciona como un acto performativo que universaliza la experiencia del aborto, cuando la despoja de eufemismos. Ambos textos muestran al Grego poeta que explora la plasticidad del lenguaje, mientras el Grego crítico se reconoce en la operación de desmontar los discursos de la risa como espectáculo, la gramática como sistema y en pensar su propio proceso de creación.

Mi nuevo libro y sus páginas funciona, por ejemplo, como un metapoema y como una autorreflexión sobre la escritura, y allí se reconoce con mayor claridad la fusión de voces que atraviesa el texto. El poeta lucha contra la blancura de la página, enfrenta la dificultad inaugural que tantos escritores han relatado, mientras el crítico interviene al traer a colación la tradición y la ironía frente al canon de las llamadas “primeras páginas”. La escritura, en ese instante, consciente de sí misma y de su lugar en una genealogía literaria. La intertextualidad con Dalton y con Paz se filtra como tono e imaginario compartidos. Así, crítica y poesía conviven en un mismo espacio de tensión.

En otras palabras, Grego Pineda, estudioso de Clorinda Matto de Turner, nos muestra en estas páginas cómo el crítico y el poeta deciden encontrarse y dialogar. El primero aparece para poner en relación discursos y tradiciones, mientras que el segundo actúa desde la urgencia de decir aquello que no cabe en el análisis, el desborde que solo la poesía puede abrazar. Leer a Pineda en este registro es asistir al cruce de las voces del investigador que conoce la historia y las letras, y la del amante que confiesa su fragilidad. En ese encuentro, la poesía cobra una fuerza particular, porque recuerda que el amor es un lenguaje imposible y, sin embargo, el único disponible para nombrar lo que realmente se siente.