El poder de la vagina.

Por Nelson López Rojas.

Hay gente que no se atreve a decir ciertas cosas en público por miedo a ser funada. No necesariamente porque sean falsas, sino porque provocan. Como aquel amigo antiimperialista, marxista de años, que en cuanto los gringos le dieron la visa se fue a cortar la yarda donde los cheles. La ideología, como el deseo, también tiene precio.

Durante mucho tiempo creí en esa frase —mal atribuida a Oscar Wilde— que reduce el mundo a una economía del deseo: todo gira en torno al sexo, salvo el sexo mismo, que sería, en última instancia, una cuestión de poder. Y convertir el sexo en poder ayuda a entender muchas dinámicas, pero no todas. Es una mirada afilada, incluso seductora, pero siempre masculina. Convierte el deseo en competencia, en jerarquía y en dominio, dejando fuera cosas que no se pueden medir como la fragilidad, el afecto o la necesidad de ser visto sin máscaras.

Gran parte de la vida social orbita alrededor del cuerpo deseado, mirado y consumido. Y en ese mapa, el cuerpo femenino —la vagina, nombrada o disfrazada— ocupa un lugar incómodo. Tan incómodo que se le inventan nombres, desde los más vulgares hasta los más creativos. Nombrarla directamente sigue siendo, para muchos, un tabú.

Pero más problemático aún es lo que representa. “La tamalera” lo dijo sin rodeos: carro 2026, “de puro enseñar”. No está descubriendo nada nuevo; está jugando con reglas viejas en un tablero actualizado. Cambian las plataformas —de la Praviana y el LIPS a OnlyFans—, pero la lógica de la economía del deseo permanece. Quien logra administrarla —aunque sea por un tiempo— accede a una forma concreta de poder.

Decir “es su tamal” puede sonar vulgar, pero la frase del señor de los cocos —“si yo tuviera ese tamal, haría lo mismo”—revela que el valor del deseo está desigualmente distribuido. “Yo tengo la que vale” —dice otra amiga. Y es cierto. Bajo ciertas condiciones, el cuerpo femenino puede convertirse en capital más rápido que el masculino. Pero ese capital tiene fecha de caducidad y el tiempo no perdona. La juventud se acaba. El capital erótico es, por definición, perecedero.

Hay, sin duda, una apropiación del cuerpo que rompe con siglos de control externo. Pero esa autonomía no es absoluta  —y desmiente a las luchonas de OF que dicen que no necesitan de hombres que las mantengan. OF está mediada por algoritmos, expectativas y una demanda que sigue siendo mayoritariamente masculina.

Todos hemos visto cómo la bonita obtiene ventajas: el novio atractivo, bebidas gratis y puertas que se abren sin demasiada explicación. Y sí, muchas mujeres saben que una mirada, un escote o una insinuación pueden inclinar la balanza. Pero esa lógica también encierra una reducción que convierte la experiencia en transacción, el vínculo, en cálculo, el deseo en pulso.

En el fondo, lo que aparece es una tensión entre dos economías. Por un lado, la lenta, la de estudiar, trabajar, construir estabilidad; y por otro, la rápida, la de monetizar el atractivo, el acceso y la experiencia. La segunda puede ser más eficiente en el corto plazo, pero rara vez sustituye a la primera sin costo.

Y mientras todo esto ocurre, la reacción social sigue siendo desigual. Desde pequeños, a muchos hombres se les pregunta cuántas novias tienen. A las mujeres no. A ellos se les entrena para desear; a ellas, para contenerse y obedecer. Ese guión se repite hasta volverse costumbre. Basta escuchar a Bad Bunny en Tití Me Preguntó donde la multiplicidad de novias no es ningún problema, mientras tanto, se sigue vigilando el deseo femenino.

Durante siglos, la aventura masculina ha sido tolerada; la femenina, castigada. No por el acto en sí, sino porque rompe un orden donde el hombre podía desviarse sin perder legitimidad. Por eso el verdadero escándalo nunca ha sido la infidelidad, sino la libertad femenina.

La fidelidad femenina, más que una virtud privada, fue durante siglos una institución social que garantizaba herencias, linajes y estabilidad. El pacto era que el hombre podía desviarse; la mujer no.

La literatura lo entendió bien. Las protagonistas de La letra escarlata (que dio origen a la película Se dice de mí) no escandalizan solo por ser promiscuas, sino porque desafían un orden que las obligaba a existir dentro de límites estrechos. No pagan por el deseo, sino por la ruptura del rol.

En América Latina, ese pacto tomó una forma más cruda y cotidiana. Durante décadas —y aún hoy— es casi normal que el hombre tenga aventuras. Muchas mujeres lo saben y permanecen. “Yo soy la oficial”, “esa es solo una aventura”, “lo importante es que no abandone la casa”. El arreglo es transparente, pues él provee, ella sostiene, y todos fingen no ver.

Ese sistema no es solo cultural; es económico. Por eso, cuando las mujeres ya no dependen del matrimonio para sobrevivir, cuando la mujer deja de depender o cuando el cuerpo femenino empieza a generar su propio ingreso, algo no cuadra. Cuando una mujer entiende el valor de su deseo —y decide usarlo, venderlo o simplemente ejercerlo— no está haciendo algo nuevo, está haciendo algo sin permiso. Y eso, más que el sexo, más que el dinero, más que la infidelidad sigue siendo lo verdaderamente intolerable ante el patriarcado.

No sorprende, entonces, que un pastor pueda hablar de “infidelidad responsable” y encontrar matices; pero si fuera una mujer, no habría matices y sí condena porque lo que se castiga no es el acto, sino la ruptura del orden. Y, según los Prisioneros, “seguirá esa historia, seguirá ese orden porque Dios así lo quiso, porque Dios también es hombre”.

Ese orden, sin embargo, está cambiando y se vuelve visible en escenas cotidianas: la tamalera, las que convierten una foto en dinero y las plataformas como OnlyFans son síntomas de un cambio más profundo.  

Mi amiga, por ejemplo, la de los pechos grandes, me dice que cada vez que necesita hacerse las uñas le manda una foto a alguien… y en minutos tiene dólares para sus antojos. Y no necesariamente porque haya “maldad”, sino porque hay una estructura que lo permite. Tampoco es magia, es economía del deseo en su versión más directa. Un intercambio claro de imagen por beneficio donde ella controla el acceso, al menos en apariencia. Es una microtransacción emocional donde alguien paga por sostener una ilusión de cercanía.

Conozco estudiantes bellas y jóvenes que se van con el del Hilux a la playa o al yate sin mayor preocupación. Habrá bebida, jetski, sexo y lujo momentáneo para regresar el lunes a su triste realidad proletaria. Esto es otra variación del mismo sistema, más antigua pero igual de vigente. No siempre se nombra como transacción, pero funciona como tal. Hay un contrato implícito que dice “yo te doy acceso a mi presencia —a veces a mi cuerpo— y tú me das acceso a un estilo de vida que no puedo sostener por mi cuenta”. O lo contrario, hombres que pagan costosas cenas con el entendido que habrá sexo como postre. Y lo interesante es el detalle que no se puede maquillar, pues siempre existe el lunes, ese regreso que rompe la fantasía. El yate, el jetski y la bebida son símbolos que por unas horas suspenden la identidad habitual y se entra en otra dimensión, en una doble vida donde no hay carencias visibles. Pero esa versión no se acumula ni construye futuro.

Algunas mujeres plantean relaciones más honestas con acuerdos distintos, incluso relaciones abiertas, pero cuando la iniciativa viene de ellas, la reacción suele ser feroz. Los mismos hombres que durante años normalizaron sus propias aventuras reaccionan con indignación cuando la propuesta viene del otro lado. Aparecen los insultos, los juicios y las etiquetas.

En ese contexto aparece una figura como Kristi Noem, gobernadora de Dakota del Sur. Los rumores sobre su vida privada —sobre una infidelidad con Corey Lewandowski, un colega suyo— han alimentado titulares y conversaciones políticas.

Antes de rasgarnos las vestiduras, conviene reconocer que no vivimos precisamente en sociedades inocentes. En nuestros países abundan historias de empresarios, políticos, líderes comunitarios e incluso pastores que predican moral pública mientras sostienen vidas privadas paralelas. La hipocresía no es la excepción; es parte del paisaje. Y aunque parezca una ironía involuntaria, basta recorrer cualquier ciudad para notar que los moteles crecen con la misma discreta eficiencia que las iglesias, aunque unos prometen redención y los otros, silencio.

Tal vez por eso el verdadero escándalo nunca ha sido la infidelidad. El problema ha sido que la libertad masculina se ha percibido como naturaleza y la femenina como provocación, y por ello la discusión pública no será realmente sobre fidelidad. Será, inevitablemente, sobre poder.

O quizás no se trate de cuánto poder tenga la vagina, sino cuán débiles son los hombres.