Redes sociales
Por Alonso Rosales
De todas las imágenes que existen de Trump, esta no solo lo muestra: lo desnuda. No es una simple fotografía, es un retrato brutal de lo que representa en esencia. Ahí está, encapsulada, su indiferencia absoluta, su desconexión emocional, su incapacidad para reconocer el dolor ajeno. No hay empatía, no hay humanidad, no hay el más mínimo rastro de solidaridad. Solo vacío.
Lo que esa imagen proyecta no es liderazgo, es ego en estado puro. Un ego inflado hasta el absurdo, que no deja espacio para nadie más. Trump no mira a los demás porque, sencillamente, no le importan. El sufrimiento ajeno no le incomoda, no lo interpela, no lo mueve. Para él, el mundo gira en torno a su figura, a su conveniencia, a su beneficio.
Y aún así, hay quienes creen que él está ahí para ayudarlos. Qué error tan peligroso. Esa imagen lo dice todo sin necesidad de palabras: tu problema no es su problema. Nunca lo será. Porque en su lógica, solo existe él mismo.
La idea de querer levantar un “arco del triunfo” en la capital de Estados Unidos y, peor aún, declarar que sería en su propio honor, no es solo ridícula, es profundamente reveladora. Es el síntoma de una obsesión enfermiza con la grandeza personal, una desconexión total de la realidad y de las verdaderas necesidades del país. Es derroche, es narcisismo, es poder mal entendido.
No se trata solo de política. Se trata de carácter. Y el carácter que esa imagen expone es el de alguien incapaz de ejercer el poder con responsabilidad, alguien que no entiende —o no le interesa entender— que liderar implica servir, no glorificarse.
Quien no quiera verlo, simplemente no quiere aceptar lo evidente.