Crédito RT
Por Alonso Rosales
El Gobierno del primer ministro británico Keir Starmer atraviesa la mayor crisis política desde que el Partido Laborista regresó al poder en 2024. Lo que comenzó como un desgaste progresivo por decisiones económicas impopulares, escándalos políticos y derrotas electorales, se ha convertido en una rebelión abierta dentro del propio gabinete y del Parlamento británico.
En menos de dos años, Starmer pasó de presentarse como el líder que devolvería la estabilidad al Reino Unido tras los años turbulentos del Brexit y los gobiernos conservadores, a enfrentar un escenario que muchos analistas y medios británicos ya describen como el posible “principio del fin” de su administración.
La crisis comenzó a profundizarse luego de que el Gobierno laborista anunciara fuertes aumentos fiscales argumentando un supuesto agujero financiero de 22.000 millones de libras esterlinas en las cuentas públicas.
La subida de impuestos sobre la renta, dividendos, propiedades y aportes empresariales provocó malestar en sectores productivos y en la clase media británica. Paralelamente, las protestas contra la inmigración irregular y la respuesta del Gobierno incrementaron la polarización política.
Las detenciones de ciudadanos por publicaciones en redes sociales durante disturbios relacionados con inmigración generaron fuertes críticas de sectores conservadores y liberales. La controversia escaló internacionalmente cuando el empresario Elon Musk acusó a Starmer de priorizar “delitos de expresión” sobre la criminalidad real.
El descontento social se reflejó con fuerza en las recientes elecciones locales, donde el Partido Laborista sufrió una de sus peores derrotas desde la década de 1970.
El gran ganador político del momento es Reform UK, liderado por Nigel Farage, que logró importantes avances electorales y más de 1.200 escaños locales, consolidándose como la principal fuerza de oposición desde la derecha nacionalista.
La caída del apoyo laborista también favoreció a los Verdes y a sectores independientes, evidenciando una fractura del voto tradicional británico.
Diversos sondeos muestran que la popularidad de Starmer cayó a niveles históricamente bajos, con apenas un 19 % de aprobación pública según YouGov.
La situación empeoró con la polémica designación de Peter Mandelson como embajador británico en Estados Unidos.
El histórico dirigente laborista quedó vinculado nuevamente a las investigaciones relacionadas con Jeffrey Epstein, luego de revelaciones sobre supuestos contactos y posibles filtraciones de información durante gobiernos anteriores.
La controversia provocó la dimisión de Olly Robbins, alto funcionario del Ministerio de Asuntos Exteriores, y desató cuestionamientos sobre los mecanismos internos de selección y control del Gobierno.
Starmer terminó reconociendo públicamente que el nombramiento había sido “un error”, en una declaración considerada por varios medios británicos como una muestra de debilidad política.
La derrota electoral aceleró una rebelión interna en el Partido Laborista.
Más de 80 diputados laboristas exigieron públicamente la renuncia de Starmer o un calendario para su salida. Aunque el primer ministro se negó a dimitir, las renuncias dentro de su administración comenzaron a multiplicarse.
Entre los nombres más relevantes destacan:
Hasta el momento, medios británicos no han confirmado oficialmente la renuncia del secretario de Defensa, aunque existen fuertes rumores de tensiones dentro del gabinete y crecientes presiones internas sobre varios ministros clave.
La salida de Wes Streeting marcó un punto de quiebre.
El ahora exsecretario de Salud es considerado uno de los principales aspirantes a reemplazar a Starmer como líder laborista y posible futuro primer ministro.
En su carta de renuncia afirmó:
“Está claro que usted no liderará al Partido Laborista en las próximas elecciones generales”.
Streeting también criticó el manejo interno del Gobierno y aseguró que el partido necesita “una batalla de ideas” y no únicamente luchas de poder.
Su movimiento ha sido interpretado por analistas británicos como el inicio formal de una guerra interna por el liderazgo laborista.
Desde la oposición conservadora y nacionalista, las críticas han sido devastadoras.
Nigel Farage aseguró que el Gobierno de Starmer “ha perdido el control del país” y que Reino Unido atraviesa una crisis de liderazgo.
Dirigentes conservadores afirmaron que el Ejecutivo laborista “se está derrumbando desde dentro” y compararon el caos actual con los peores momentos políticos posteriores al Brexit.
Analistas políticos británicos advierten además que la crisis podría impactar en los mercados financieros y en la estabilidad internacional del Reino Unido, una de las principales potencias militares y miembro clave de la OTAN.
Aunque Keir Starmer insiste en permanecer en el poder y afirma que no renunciará, el deterioro político parece acelerarse.
La combinación de crisis económica, divisiones internas, presión electoral, escándalos y pérdida de confianza pública ha colocado al primer ministro en una situación extremadamente delicada.
Dentro del Partido Laborista ya se habla abiertamente de una sucesión y nombres como Wes Streeting, Angela Rayner, Andy Burnham y Ed Miliband comienzan a sonar como posibles reemplazos.
La gran incógnita ahora es cuánto tiempo podrá resistir Starmer antes de que la presión interna y el desgaste político terminen por obligarlo a abandonar Downing Street.
Mientras tanto, Reino Unido observa una escena que muchos consideraban impensable hace apenas unos meses: un Gobierno laborista al borde de una fractura total en medio de una de las mayores crisis políticas recientes del país.
Fuentes consultadas: Reuters, The Guardian, ITV News, Euronews, El País, Al Jazeera, Los Angeles Times.