Dinero al costo de exterminio de un pueblo palestino

EDITORIAL de ContraPunto

La actual guerra en Gaza ha dejado al descubierto no solo la brutalidad del conflicto armado, sino también las motivaciones ocultas que alimentan su prolongación. Diversos analistas de derechos humanos y expertos militares han señalado la influencia del expresidente estadounidense Donald Trump en la dirección de operaciones estratégicas en Israel, con fines que trascienden la seguridad o la geopolítica clásica. Para ellos, se trata de un proyecto donde el dinero y el poder se imponen sobre la vida humana.

De acuerdo con voces críticas, Trump, a quien un grupo de obispos norteamericanos ha calificado como un “líder cuyo dios es el dinero y cuyo faro es Lucifer”, impulsa un plan de transformación territorial en la región, concebido como una “zona de casinos al estilo Mónaco”. Este megaproyecto estaría diseñado para atraer a las élites de Arabia Saudita, Qatar, Emiratos Árabes Unidos y a millonarios de Jordania, Egipto y África. Sin embargo, su consolidación pasaría necesariamente por el desplazamiento forzado y el exterminio del pueblo palestino.

Exdirectores del Mossad, altos mandos de la seguridad interna israelí y antiguos jefes de Estado Mayor han levantado la voz en contra de esta estrategia. Generales condecorados y ministros de defensa retirados han advertido que Israel ha perdido sus valores fundacionales al prolongar un conflicto que, según ellos, debió haber terminado hace más de seis meses. Para estos guardianes de la seguridad, las operaciones militares actuales no se justifican en términos de defensa nacional, sino en la sumisión de un gobierno debilitado.

Benjamin Netanyahu, acosado por juicios de corrupción y enfrentado a un poder interno fragmentado, encuentra en la guerra una herramienta para mantener su posición política. Pero lo hace, según fuentes cercanas a la inteligencia estadounidense, en completa sintonía con la agenda de Trump, a quien denominan “el último emperador yanqui”. La combinación de intereses personales y económicos habría transformado una crisis de seguridad en una catástrofe humanitaria de dimensiones genocidas.

El costo humano es evidente: miles de muertos, desplazados y comunidades enteras reducidas a ruinas. El costo político, en cambio, se traduce en una erosión de la legitimidad moral de Israel en la esfera internacional y en una peligrosa fractura dentro de su propio estamento de seguridad. El costo económico, paradójicamente, parece ser la justificación de todo: abrir las puertas a un enclave de lujo, financiado por petrodólares, edificado sobre los escombros de un pueblo exterminado.

La pregunta que emerge es inevitable: ¿puede el mundo seguir tolerando que la ambición desmedida de un puñado de líderes convierta el genocidio en un negocio rentable? Si el dinero es el motor, entonces la humanidad entera es la que pierde sus valores.