Díaz Ayuso, la impresentable

Por: Gabriel Otero

Mi sobrina madrileña contempló horrorizada el óleo pintado en 1898 por Adrián de Unzueta, que forma parte del acervo del Museo Nacional de Historia Castillo de Chapultepec, en el que un sacerdote mexica sostiene la cabeza decapitada de un conquistador español mientras otros dos sacerdotes sujetan el cuerpo en el altar de los sacrificios.

La cabeza se colocaba en el tzompantli, una estructura consistente en una hilera de cráneos elaborada para honrar a los dioses Tezcatlipoca, Quetzalcóatl y Huitzilopochtli y al mismo tiempo intimidar a sus enemigos (1), y el cuerpo se utilizaba para la antropofagia ritual practicada en algunas fechas por gobernantes, guerreros y los mismos sacerdotes.

El óleo retrata una fracción de la historia que resulta escalofriante si se interpreta fuera de su contexto, acrecentada en esta época en la que se padece de chabacanería revisionista, mi sobrina parecía consternada, me cuestioné: ¿qué les enseñarán en la materia de historia en España?

La visión de los vencedores, esa cuyo discurso narra que gracias al naciente imperio español llegó la civilización al continente americano y que ayudó a liberar a otros pueblos sojuzgados al imperio mexica y otras culturas dominantes en el sur y a erradicar el espantoso canibalismo y derrumbar los templos paganos o edificar iglesias sobre ellos.

Enarbolando la cruz, el idioma y la cultura europea y sometiendo las culturas originarias se produjo el mestizaje, adoptado por unos y vilipendiado por otros, la figura de Hernán Cortés se erige polémica como el conquistador y visionario o el aventurero genocida que sabía latín.

Los González, los Díaz, los Rodríguez, los Martínez y todos los apellidos de origen hispano y la gente en la actualidad son el resultado de esa mezcla surgida hace siglos. No es una historia de amor entre civilizaciones, como lo quieren plantear algunos románticos después de haberse fumado un porro de chocolate. “El pasado se convierte, en muchas ocasiones, en pura fantasía que se vende al mejor postor”(2).

Así es, y es la única manera de intentar entender a la presidenta de la Comunidad de Madrid, la ultraderechista Isabel Díaz Ayuso que estuvo en México la semana pasada, invitada por el opositor Partido de Acción Nacional y el millonario Ricardo Salinas Pliego, para cubrir una extensa agenda de diez días en varios estados de la República.

Díaz Ayuso, correligionaria del Partido Popular, aliada de Vox, y partidaria de las políticas de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, traía la consigna de reivindicar a Hernán Cortés y de convertir en acto político en cada uno de los lugares en los que se presentó, fracasó estrepitosamente.

Sus anfitriones a medida que pasaba el tiempo se desmarcaron de la visitante incómoda. Díaz Ayuso, tuvo un enorme error de cálculo, se topó con un país en extremo nacionalista al que le han costado sangre y territorio las invasiones de Francia y Estados Unidos, y, además, con la magnificencia de un pasado glorioso que no está preparado para ser cuestionado en su historia, en la que se juntan personajes variopintos de todas las tendencias ideológicas en una ensalada única de hechos.

México no es Cuba ni mucho menos Venezuela, la sola mención es insultante para las mayorías, Diaz Ayuso insistió ad nauseam en escupir en la sala de la casa a la que había sido invitada, por lo que tuvo que suspender su visita atribuyéndola a un supuesto boicot presidencial y a la falta de seguridad, cuando ella misma rechazó el apoyo del Estado mexicano.

La realidad es que la organización del Premio Platino que se llevaría a cabo en Xcaret en la Riviera Maya, galardón al que la Comunidad de Madrid aportó 450 mil euros, y que sería el último evento al que asistiría Díaz Ayuso en México, la desairó solicitando retirarle la invitación.

Y a propósito de sus pretensiones de endulzar la memoria de Hernán Cortés, no me imagino a algún personaje extranjero que en España rescate con toda algarabía a Tariq ibn Ziyad, el comandante de las fuerzas musulmanas que conquistó la península ibérica en el año 711 y que creó el territorio de al-Andalus, un país árabe e islámico en el Sur de Europa, que había de prolongarse por espacio de ocho siglos (3).  

Las personeras impresentables andan sueltas, que los votantes nos liberen de ellas.