Una discusión en Instagram sobre un video de poco más de un minuto, dedicado a Depeche Mode, terminó en insultos, burlas sobre mi edad, referencias a mi vida sexual, exposición de fotografías y utilización de mi perfil personal para prolongar una disputa que comenzó por una crítica musical. Lo que pudo ser una discusión sobre una banda terminó convirtiéndose en un episodio de hostigamiento que, además, continuó posteriormente en espacios relacionados con mi trabajo periodístico.
Zarko Pinkas |
Una discusión en Instagram sobre un video de poco más de un minuto, dedicado a Depeche Mode, terminó en insultos, burlas sobre mi edad, referencias a mi vida sexual, exposición de fotografías y utilización de mi perfil personal para prolongar una disputa que comenzó por una crítica musical. Lo que pudo ser una discusión sobre una banda terminó convirtiéndose en un episodio de hostigamiento que, además, continuó posteriormente en espacios relacionados con mi trabajo periodístico.
Escribo esto en primera persona porque esto me ocurrió a mí y porque, además, llevo años escribiendo sobre el acoso, el bullying y las diferentes formas de violencia que se reproducen en los espacios sociales y digitales. No creo que quien sufre hostigamiento tenga que guardar silencio para evitar que lo acusen de exagerar o de victimizarse. Exponer una situación no significa necesariamente convertirla en un espectáculo, sino dejar constancia de lo ocurrido, señalar una conducta y advertir que aquello que se normaliza puede terminar repitiéndose contra otras personas. En este caso decidí escribir porque considero que una discusión pública sobre música terminó cruzando una frontera que no debería cruzarse y repito no lo hago usando ese rol de eterna victimización de algunos y algunas. Solo lo expongo pues hay que mostrar hasta donde llegan los niveles de muchas personas a la hora de sentirse impunes tras un ordenador.
Todo comenzó con un video publicado en Instagram por una usuaria de esa red que hablaba de Depeche Mode. Su planteamiento era que la banda había comenzado haciendo “synth-pop luminoso y alegre” y que posteriormente se había convertido en “la banda de culto más oscura del planeta”. El video mencionaba a Martin Gore, Violator, “Personal Jesus”, “Enjoy the Silence” y los problemas de adicción de David Gahan, y estaba construido con el lenguaje habitual del contenido breve: una explicación rápida, varios adjetivos, algunos datos y una invitación final a los seguidores para comentar. Yo cuestioné ese planteamiento porque me pareció un análisis elemental de una banda cuya trayectoria merece bastante más profundidad. Un análisis básico que termina limitando el conocimiento intelectual relacionado a la buena música.
No cuestioné el derecho de esa persona a publicar el video, ni su derecho a escuchar Depeche Mode, ni siquiera su derecho a equivocarse. Una crítica musical puede ser discutida, refutada e incluso completamente desmontada por otro lector o por otro especialista. Eso forma parte del ejercicio de la cultura. El problema comenzó cuando la respuesta dejó de dirigirse hacia lo que yo había escrito sobre música y pasó a dirigirse contra mi persona.
Depeche Mode no puede explicarse simplemente mediante la fórmula “synth-pop luminoso” versus “banda oscura”. La palabra “luminoso” puede servir como recurso descriptivo, pero no explica una evolución musical de varias décadas ni distingue entre composición, arreglos, producción, tecnología, influencias y cambios de lenguaje. Tampoco se puede comprender esa transformación saltando alegremente de Martin Gore a Violator y de allí a los problemas personales de David Gahan, como si la biografía dramática del cantante explicara por sí sola la historia musical de la banda.
Y ahí aparece una ausencia que para mí resulta significativa: Alan Wilder. Después de la salida de Vince Clarke, Wilder se incorporó a Depeche Mode en 1982 y tuvo una participación decisiva en la construcción del sonido que la banda desarrolló durante una etapa fundamental de su trayectoria. Hablar de Black Celebration, Music for the Masses o Violator sin considerar su trabajo como programador, tecladista, arreglista y responsable de buena parte de las texturas y estructuras electrónicas significa omitir una pieza importante de esa evolución. No estoy diciendo que Wilder haya construido por sí solo todo el sonido de Depeche Mode, porque sería igualmente simplificador; digo que ignorarlo en un relato sobre la transformación sonora del grupo es una carencia evidente.
También me parece demasiado elemental colocar a Depeche Mode dentro de una especie de categoría general de música gótica simplemente porque algunas de sus obras poseen una dimensión oscura. Oscuridad estética y pertenencia a un género no son exactamente lo mismo. Si se quiere hablar de gothic rock, post-punk, darkwave, new wave y synth-pop hay que conocer las genealogías y las diferencias entre esas corrientes, y allí aparecen grupos como Bauhaus, The Sisters of Mercy, Siouxsie and the Banshees y Joy Division, cada uno con una relación particular con esa historia. Depeche Mode dialoga con varios territorios y desarrolló una identidad propia; reducirla a una etiqueta porque facilita el relato de un video breve es precisamente el tipo de simplificación que yo estaba criticando.
Lo mismo sucede con “Enjoy the Silence”. Nadie puede prohibirle a un neófito decir que esa canción es la mejor de la historia si eso expresa su gusto. Pero una valoración personal no se convierte por ello en una verdad objetiva. Puede decirse que es una obra extraordinaria, que ha tenido enorme reconocimiento crítico o que ocupa un lugar central en la historia de la banda, pero decir que es “una de las canciones más perfectas jamás escritas” pertenece al terreno de la apreciación, no al de una clasificación universal que cierre cualquier debate.
Mi crítica, entonces, fue musical sin caer en algo que no merecía mucha profundidad. Lo que vino después dejó de serlo, ya que en los comentarios comenzaron a aparecer personas que me insultaban por haber cuestionado el video. Yo respondí. Tampoco voy a ocultarlo. Respondí con ironía y, en algunos momentos, con dureza, porque no tengo la intención de presentarme como una víctima absolutamente pasiva que jamás respondió a una provocación. Hubo comentarios míos que fueron fuertes y los asumo como parte de la discusión. Lo que no acepto es que alguien pretenda utilizar mis respuestas como justificación para transformar una discusión musical en una operación de exposición personal y bajeza.
No soy Jesucristo. No creo que un periodista tenga la obligación de recibir insultos y poner siempre la otra mejilla, y tampoco voy a fingir que nunca me enojo o que jamás respondo cuando alguien decide agredirme. Mi forma de responder puede ser discutida, criticada e incluso considerada equivocada. Lo acepto. Pero una cosa es contestar dentro de una discusión y otra es abandonar esa discusión para buscar fotografías, revisar perfiles, utilizar la edad, la vida privada, el estado civil o la profesión del interlocutor como instrumentos de humillación.
Eso fue precisamente lo que ocurrió. La autora del video llegó a crear una sección titulada en sus historias “Humillando a huevonados” y comenzó a referirse a mi persona. Me llamó “snob al peo”, una expresión chilena utilizada de manera despectiva para presentar a alguien como pretencioso, como una persona que se da aires de superioridad o sofisticación pero que sería, en realidad, de poca monta. También se burló de mi edad, ridiculizó mi nombre y se refirió a mi trayectoria académica como si mi formación profesional fuera una forma de “validación masculina”. Pero quizá uno de los aspectos más miserables de todo el episodio fue que utilizó mi vida privada y sexual como objeto de burla, señalando que soy un hombre divorciado y “probablemente virgen”, para preguntarse quién iba a querer estar conmigo con ese carácter.
No encuentro ninguna relación entre mi condición de divorciado, mi vida sexual y una discusión sobre Depeche Mode. Ninguna. Tampoco encuentro qué relación existe entre mi edad y la calidad de una argumentación musical. Si alguien considera que no sé de música, que lo demuestre discutiendo mis argumentos; si considera que escribo mal, que señale dónde; si cree que estoy equivocado, que presente una refutación. Decirme viejo, divorciado o “probablemente virgen” no responde absolutamente nada de lo que yo dije sobre una banda británica. Solo es un bajeza que al mostrarla a varios amigos les dio risa y sintieron lástima por esta persona. Yo no siento lástima por la bajeza de algunas personas que se ocultan tras teclados o por ser mujeres para insultar a otros.
Así mismo, el tema de la edad me preocupa particularmente. Esta es la segunda vez en una misma semana que encuentro comentarios en redes sociales y análisis donde las personas mayores aparecen convertidas en motivo de burla. Parece que para determinados usuarios la edad se ha vuelto una forma de descalificación automática, como si cumplir años significara perder capacidad intelectual o derecho a opinar. Yo tengo 55 años y considero profundamente pobre que mi fecha de nacimiento sea utilizada como argumento contra mí, del mismo modo que sería absurdo emplear el aspecto físico, el género o cualquier otra característica personal para determinar si alguien sabe o no sabe de música.
Llevo décadas escuchando música de los años ochenta. Tengo más de trescientos discos y he escrito decenas de columnas sobre vinilos y sobre aquella música. No afirmo que eso me convierta en dueño absoluto del conocimiento musical, porque nadie lo es. Lo que sí significa es que cuando escribo sobre un tema lo hago desde una experiencia prolongada. No acostumbro a escribir sobre física cuántica, matemática, historia de China o historia del Tíbet porque no considero que tenga los conocimientos necesarios para hacerlo con responsabilidad. Música de los años ochenta, en cambio, es un territorio que conozco, escucho, estudio y sobre el que escribo desde hace mucho tiempo.
Por eso me parece preocupante la aparición de una nueva autoridad cultural basada en la seguridad con la que alguien pronuncia dos o tres frases frente a una cámara. Las redes sociales han democratizado la posibilidad de hablar y eso es positivo, pero también han creado una ilusión: creer que disponer de un teléfono, una cuenta y algunos seguidores equivale a haber desarrollado conocimiento sobre cualquier tema. Un video breve puede ser entretenido, puede servir para despertar curiosidad y puede acercar a alguien a un artista que desconocía; lo que no puede hacer automáticamente es reemplazar la investigación, la escucha y el análisis. Y este es el caso exacto.
No tengo ningún problema con Instagram ni con TikTok. El problema aparece cuando la lógica del contenido breve transforma una obra compleja en una serie de adjetivos y, después, la persona que hizo la simplificación interpreta la crítica como una agresión contra su identidad. Entonces la discusión abandona el terreno de las ideas y aparece la necesidad de humillar al crítico. Eso es precisamente lo que ocurrió aquí: la discusión sobre una banda se transformó en una discusión sobre mi edad, mi nombre, mi profesión y mi vida personal.
Hay algo de todo esto que me produce más lástima que rabia. No porque me considere superior a la persona que me atacó, sino porque resulta triste observar cómo una discusión tan pequeña puede producir una necesidad tan grande de exponer y humillar al otro. No conozco la historia personal de esa mujer y no voy a inventársela; tampoco me corresponde diagnosticarla psicológicamente ni afirmar que haya sufrido bullying en el pasado. Sí he conocido, en cambio, personas cercanas que convierten las redes sociales en una especie de escenario permanente para reproducir burlas, agresiones y humillaciones que aprendieron o vivieron en otros espacios, y eso plantea una pregunta que merece ser considerada: ¿cuántas veces quienes fueron objeto de una determinada violencia terminan reproduciendo esa misma lógica sobre otras personas?
No digo que ese sea necesariamente el caso de esta mujer. No lo sé y en sentido de empatía no me interesa en lo más mínimo. Lo que sí sé es que la conducta existe y que las redes ofrecen condiciones ideales para reproducirla porque la audiencia inmediata recompensa la provocación. Hay personas a las que parece importarles menos tener razón que conseguir una reacción, y en determinadas dinámicas digitales incluso una mala fama puede convertirse en una forma de visibilidad. La persona atacada deja de ser un interlocutor y se convierte en un personaje; cuanto más reacción produce, más útil resulta para quien necesita mantener activo el espectáculo. Ahí es donde aparece el hostigamiento.
Para mí, el problema no fue que una persona dijera que yo estaba equivocado. Tampoco fue que otros usuarios respondieran a mi comentario o incluso que algunos me insultaran, aunque esas conductas sean igualmente desagradables. Lo preocupante fue la decisión de llevar el enfrentamiento hacia mi perfil, utilizar mis fotografías, hacer referencias a mi vida privada y etiquetarme para que viera un contenido dedicado a ridiculizarme. La discusión dejó de consistir en “usted está equivocado” y pasó a convertirse en “vamos a mostrar quién es usted para que otros lo vean y participen”. Una invitación al acoso virtual.
Eso se parece mucho más al señalamiento que a la discusión.
Y el episodio no quedó completamente encerrado en Instagram. Después de aquello comenzaron a aparecer comentarios de esta misma persona en artículos que he publicado en El Quinto Poder. Para mí, ese detalle es relevante porque muestra que el conflicto dejó de estar circunscrito al lugar donde se inició y comenzó a tocar otros espacios de mi actividad pública como periodista. Cuando una persona continúa apareciendo en los lugares donde desarrolla su trabajo después de un enfrentamiento previo, no digo automáticamente que exista un delito; digo que existe una continuidad que merece ser documentada y observada.
He sufrido antes distintas formas de hostigamiento, amenazas y agresiones digitales, incluso por cuestiones relacionadas con mi origen y con mi trabajo. Por eso no estoy descubriendo ahora que Internet puede ser un espacio peligroso. En mi vida he pasado, además, por circunstancias mucho más graves que una pelea de Instagram: conocí el exilio de mi familia, viví los años de la guerra civil salvadoreña, perdí a un hermana en un accidente y a un amigo durante la guerra. También he atravesado otras experiencias que hacen que una pelea en una red social tenga una dimensión bastante menor frente a lo que realmente puede significar una tragedia humana.
Precisamente por eso no escribo esto porque un insulto me haya destruido. Lo escribo porque conozco el mecanismo y porque considero que el acoso no debe normalizarse. Una fotografía publicada junto a una persona señalada, acompañada de burlas e invitaciones implícitas a mirar, comentar o participar, puede generar una dinámica que escapa rápidamente del control de quien la inició. No sabemos quién lee, quién interpreta, quién decide intervenir ni hasta dónde puede llegar una reacción cuando una persona ha sido convertida en objeto de exposición y la otra busca, por medio de la victimización y el resentimiento, algún tipo de venganza.
No afirmo que alguien vaya a atacarme físicamente por un video sobre Depeche Mode. Sería absurdo presentar semejante posibilidad como un hecho. Lo que sí afirmo es que cualquier persona que expone deliberadamente a otra ante una audiencia debería entender que no controla lo que esa audiencia pueda hacer después. Por eso considero que hablar de estos fenómenos no es una exageración. La exposición pública puede ser una forma de intimidación y, en determinados casos, puede convertirse en una dinámica de hostigamiento.
Yo no voy a esconderme.
Mi nombre está en mis artículos. Mi trabajo está firmado. Mis opiniones están firmadas. Si estoy equivocado, que alguien me corrija. Si mi crítica musical es mediocre, que me lo demuestre. Si no sé de Depeche Mode, que alguien que sí conozca la banda explique por qué. Estoy completamente dispuesto a entrar en una discusión de esa naturaleza porque de eso se trata el periodismo cultural: de confrontar ideas y permitir que los argumentos sobrevivan a la discusión.
Lo que no voy a aceptar es que alguien pretenda demostrar que estoy equivocado hablando de mi estado civil o de mi vida sexual. No es un argumento decir que soy divorciado. No es un argumento sugerir que soy virgen. No es un argumento llamarme viejo. No es un argumento mostrar mi fotografía. Y llamarme “snob al peo” o “weon” como hace este educada especialista en música. Tampoco demuestra absolutamente nada sobre lo que escribí acerca de Depeche Mode. Son formas de denigración personal que aparecen precisamente cuando el argumento original ha dejado de sostenerse.
Por eso sigo pensando que el verdadero tema de esta historia no es una joven hablando de una banda británica. El verdadero tema es otro: qué está ocurriendo cuando una discusión sobre cultura ya no puede soportar la crítica y termina convirtiendo al crítico en el objeto de una humillación pública. El problema no es que alguien sepa menos que yo de música. Todos sabemos menos de algunas cosas que de otras. El problema aparece cuando la falta de conocimiento se disfraza de certeza y, cuando esa certeza es cuestionada, la respuesta no consiste en profundizar, investigar o argumentar, sino en atacar a la persona que hizo la pregunta.
Eso también contribuye a una forma de ignorancia digital. Y la ignorancia no consiste solamente en desconocer datos. También puede consistir en no saber distinguir una discusión de una agresión, una crítica de un ataque, una opinión de un hecho y una audiencia de una turba. Las redes sociales nos han dado una capacidad enorme para hablar, pero todavía estamos aprendiendo a comprender la responsabilidad que implica hacerlo frente a cientos o miles de personas.
Por mi parte, seguiré escribiendo sobre música. Seguiré escuchando Depeche Mode, Black Celebration, Music for the Masses y Violator, y seguiré defendiendo cuando considere necesario una historia musical que no puede reducirse a un video de dos minutos. También aceptaré las correcciones cuando estén bien argumentadas, porque nadie tiene la verdad absoluta y un periodista que no acepta que puede equivocarse termina convirtiéndose justamente en aquello que pretende criticar.
Pero no voy a aceptar de ninguna manera que la edad, el divorcio, la vida sexual o una fotografía se conviertan en sustitutos de los argumentos. Tampoco voy a callarme cuando una discusión abandone la música y se transforme en exposición, humillación o hostigamiento. He pasado por cosas mucho más graves que una pelea en Instagram y precisamente por eso no tengo necesidad de dramatizar lo sucedido; tengo, en cambio, la necesidad de nombrarlo.
No le tengo miedo a nadie y tampoco necesito tenerlo para reconocer una conducta que considero dañina. Escribo esto porque he escrito antes sobre el acoso, porque lo he vivido en distintas formas y porque estoy convencido de que cuando una sociedad empieza a considerar normales la humillación, la exposición y la intimidación digital, termina creando un espacio donde cualquiera puede convertirse en el siguiente objetivo.
La discusión comenzó con Depeche Mode, pero ese ya no es el asunto principal. El asunto es qué hacemos cuando alguien no soporta que le digan que su análisis es superficial y decide convertir al crítico en el contenido de su propia respuesta. Yo elegí escribir sobre ello. No para pedir compasión, sino para dejar constancia, porque el silencio frente al hostigamiento nunca debería ser la única opción de quien lo padece.
Los videos los descargué para que me queden de recuerdo sobre como las redes sociales pueden ser dañinas en algún tipo de personas.