Por Alonso Rosales, analista internacional
Durante los últimos veinticinco años, el conflicto palestino-israelí ha transitado un camino inverso al que prometía el cierre del siglo XX. Lo que comenzó como una frágil esperanza de coexistencia tras los Acuerdos de Oslo terminó derivando en una espiral de violencia, ocupación, radicalización política y colapso del diálogo. En 2025, la solución de dos Estados —durante décadas el eje del consenso internacional— parece más lejana que nunca.
El punto de quiebre: del fracaso de Camp David a la Segunda Intifada
El año 2000 marcó un antes y un después. El fracaso de la cumbre de Camp David II entre Ehud Barak y Yasser Arafat, bajo mediación estadounidense, selló el agotamiento del proceso de Oslo. Pocos meses después estalló la Segunda Intifada (2000–2005), un levantamiento popular palestino que combinó protestas masivas con atentados armados, y que fue respondido por Israel con una política de seguridad cada vez más militarizada.
Este ciclo consolidó la desconfianza mutua: para la sociedad israelí, el proceso de paz pasó a ser sinónimo de inseguridad; para los palestinos, de promesas incumplidas y ocupación perpetua.
La expansión de los asentamientos: de política gradual a estrategia estructural
Desde 2000, la colonización israelí de Cisjordania dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en una política de Estado. Aunque distintos gobiernos variaron en intensidad, ninguno detuvo la expansión. En los últimos años, especialmente desde el regreso de Benjamín Netanyahu al poder en 2022 con una coalición de extrema derecha, el ritmo se aceleró de forma inédita.
Los asentamientos no solo fragmentaron el territorio palestino, sino que hicieron materialmente inviable la continuidad geográfica de un futuro Estado. De este modo, la ocupación dejó de ser transitoria para transformarse en un sistema permanente.
Israel: entre democracia, nacionalismo religioso y ocupación
En el plano interno, Israel ha vivido una profunda transformación política. El asesinato de Yitzhak Rabin en 1995 fue una señal temprana del avance del extremismo. Desde entonces, el peso del nacionalismo religioso y del movimiento colono creció de forma sostenida.
En la última década, este proceso se profundizó: figuras como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich, representantes del sionismo religioso mesiánico, pasaron del margen al centro del poder. El debate interno ya no gira solo en torno a seguridad, sino a una tensión estructural entre democracia liberal y ocupación permanente.
El intento de reforma judicial de 2023, sumado al trauma colectivo tras los ataques del 7 de octubre, consolidó una radicalización social que debilitó aún más a los sectores israelíes favorables al compromiso político con los palestinos.
Palestina: crisis de liderazgo, fragmentación y desesperación
Del lado palestino, los últimos 25 años estuvieron marcados por la erosión de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). La corrupción, la falta de resultados políticos y la colaboración en materia de seguridad con Israel minaron su legitimidad.
La victoria electoral de Hamás en 2006 no fue tanto un respaldo ideológico como un voto de castigo contra la OLP. Desde entonces, la división entre Gaza y Cisjordania profundizó la debilidad palestina. Las sucesivas guerras en Gaza, el bloqueo prolongado y el colapso humanitario alimentaron una radicalización que encuentra su raíz en la desesperación más que en un proyecto político claro.
Tras 2023, el apoyo a Hamás creció no tanto por afinidad, sino por la percepción de que la resistencia armada es la única respuesta visible frente a una ocupación que parece no tener límites.
El papel internacional: de mediador a espectador
Estados Unidos, tradicional garante del proceso de paz, abandonó gradualmente su rol equilibrador. El reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel durante la presidencia de Donald Trump, el debilitamiento del multilateralismo y la falta de presión efectiva sobre la colonización marcaron una ruptura con décadas de diplomacia.
Europa, por su parte, quedó atrapada entre declaraciones simbólicas y una incapacidad real de incidir sobre el terreno. La ONU, aunque activa en el plano humanitario, careció de herramientas políticas para revertir los hechos consumados.
2025: ¿queda espacio para el diálogo?
El balance es sombrío. La solución de dos Estados no ha sido formalmente abandonada, pero ha sido vaciada de contenido real. El conflicto ya no gira en torno a negociaciones, sino a la gestión de una ocupación prolongada y una guerra recurrente.
Sin embargo, la historia demuestra que los conflictos más enquistados no se resuelven cuando la violencia alcanza su punto máximo, sino cuando emergen liderazgos capaces de romper con la lógica del miedo. Hoy, ni israelíes ni palestinos cuentan con dirigentes dispuestos —o capaces— de asumir ese costo político.
Mientras tanto, la radicalización continúa marcando el pulso de Medio Oriente, y la pregunta central ya no es cómo alcanzar la paz, sino cuánto tiempo más podrá sostenerse un conflicto sin solución.