Por Luis Armando González [1]
“Quizá por una revolución sea posible producir la caída del despotismo personal o de alguna opresión interesada y ambiciosa; pero jamás se logrará por este camino la verdadera reforma del modo de pensar…. para esa ilustración sólo se exige libertad y, por cierto, la más inofensiva de todas las que llevan tal nombre, a saber, la libertad de hacer un uso público de la propia razón, en cualquier dominio”
I. Kant. “¿Qué es la Ilustración?” (1784)
Las líneas que siguen a continuación hacen parte de una reflexión más amplía sobre los desafíos de la educación universitaria en el momento actual. He decidido centrar la atención en tres, que son desde mi punto de vista los más urgentes (aunque no los únicos, obviamente): la defensa de la inteligencia humana, la defensa de la presencialidad educativa y la defensa de la capacidad de decisión de las personas tanto en el plano individual como en el colectivo. Ya abordé los dos primeros (publicados en Insurgencia Magisterial y Contrapunto) y ahora voy con el tercero. Debo decir quelos temas de los que me ocupo en esta especie de trilogía requieren y merecen abordajes más detenidos que permitan no sólo profundizar en ellos, sino también identificar otras dinámicas e implicaciones que no se perciben en una primera mirada –como la que yo efectúo—, pero que pueden salir a relucir con otros acercamientos analíticos y empíricos. Lo mío es, además de una aproximación muy básica, una invitación a que mis colegas universitarios –y también los estudiantes de grado y de postgrado—, si se animan, le den una pensada a los asuntos que someto a su consideración.
Si estoy equivocado en lo que planteo, no pasa nada. Pero si en algo (aunque sea ligeramente) le atino, no será tiempo perdido hablar sobre los asuntos objeto de estas páginas. Los universitarios –quienes con seriedad nos consideramos tales— deberíamos ser los últimos en cerrarnos a dialogar críticamente sobre los problemas de la educación nacional, pues nuestra responsabilidad específica con la sociedad salvadoreña es velar porque la educación superior sea –además de un motor del conocimiento científico y sus aplicaciones, del cultivo del pensamiento filosófico y estético, y de la creación cultural (literaria, pictórica, escultórica, musical, etc.)— un aliciente para comportamientos (individuales y colectivos) civilizados, comprometidos con el bien común, con el respeto a la dignidad de los demás, la tolerancia y el rechazo a opresiones y abusos por parte de quienes tienen poder económico, político y cultural.
Y lo que quiero tratar ahora se refiere, justamente, al plano de los comportamientos de las personas acerca de los cuales se ha venido imponiendo –desde hace un tiempo para acá— la creencia, me temo que colectiva, de que respecto de la tecnología algunas de sus dinámicas son inevitables; es decir, que las personas no tienen margen de maniobra en su capacidad de decidir si usan o no, o cómo usan, los recursos tecnológicos que el mercado pone, con una facilidad pasmosa, a su disposición. En el rubro tecnológico de consumo masivo destaca, en la época actual, el teléfono celular y el cúmulo de aplicaciones –redes sociales incluidas— que estos traen aparejados dado el automatismo con el que se accede a ellas.
En el contexto de un mercado tecnológico sofisticado en expansión, con millones de dólares en manos de las grandes corporaciones tecnológicas obtenidos gracias a un consumo tecnológico masificado (y no se trata sólo de los aparatos y las aplicaciones que éstos hacen posibles, sino de los contenidos que circulan o a los que se accede a través de ellos) se ha generado la ideología de la inevitabilidad de lo tecnológico[2], en virtud de la cual se ha convencido a millones de seres humanos de que no tienen otra opción que la de comportarse según los imperativos que dictan los aparatos, las aplicaciones y los contenidos que ahí se ofrecen. Y en el caso de los teléfonos celulares, los imperativos son “téngalo siempre en la mano”, “no deje de mirar la pantalla”, “fíjese en todo lo que aparece ahí”, “deje una marca en aquello que le guste” y “registre lo que se le pide”.
O sea, se ha convencido a las personas –y estas se han convencido a sí mismas— de que ante las dinámicas tecnológicas no tienen elección, con lo cual se ha ahogado su capacidad de decisión, lo cual es ciertamente grave desde criterios de realización personal, la cual que depende en su riqueza o pobreza de lo que las personas hagan o dejen de hacer a partir, precisamente, de su capacidad de decisión. Y vaya que, ante lo invasivo y masivo, de la tecnología actual, sus aplicaciones y contenidos, la mejor salvaguarda que tienen las personas es su capacidad de decidir, y esa salvaguarda es la que la ideología de la inevitabilidad de lo tecnológico se está encargando de anular.
¿De qué manera lo hace? Bueno, no de una sola manera, sino poniendo en práctica varias estratagemas que van desde la denigración y la burla ante quienes se atreven a guardar una cierta distancia ante el actual fanatismo tecnológico hasta las campañas sistemáticas (con técnicas de condicionamiento y de aprendizaje tomadas de la psicología) encaminadas a lograr que las personas no caigan en la cuenta de las decisiones –las mil y una decisiones— que toman respecto de la tecnología y sus usos. Es decir, se ha hecho creer a las personas –a millones de ellas— que su comportamiento en relación con la tecnología –los celulares llevan la delantera en esto— obedece a automatismos que escapan a su control, a algo así como una fuerza natural oculta que los lleva a comportarse como lo hacen. Y el resultado es la anulación de la conciencia acerca de lo que se hace, de las decisiones que se tomaron para hacerlo y de las otras opciones que se ofrecían, distintas a la que se tomó. De ahí las conductas robotizadas –tipo zombis— que se observan en algunas de las personas que viven por y para el teléfono celular.
Viene a cuento aquí una situación anecdótica –de las que se dan por doquier en centros comerciales, parques, restaurantes, etc.— que me tocó vivir en las recientes vacaciones navideñas. Estaba desayunando en un restaurante en San Salvador. En la mesa la contigua a la mía comían una pareja de adultos (hombre y mujer) y un niño al que le calculé unos 7 años. Los dos adultos, al sentarse, comenzaron a mirar concentrados sus celulares respectivos y el niño, por su parte, miraba una Tablet. En algunos momentos, uno de los dos adultos –supongo que el padre del pequeño—le indicaba con el dedo algo en la pantalla de la Tablet. Una división de vidrio entre las mesas me impidió escuchar lo que estas tres personas pudieron haberse dicho, que –por lo que observé— fue escaso, pues cada cual estaba en lo suyo sin prestar atención –salvo por las breves indicaciones referidas— a quien tenía a la par. No pude evitar reflexionar sobre las decisiones que esos dos adultos no dejaban de tomar, quizás sin ser conscientes de ello, desde el momento que se sentaron en la mesa y, celular en mano, comenzaron a mirar la pantalla y a deslizar sus dedos en ella o en las teclas de su aparato. Y al niño, con un marco de opciones más reducido, esos adultos no sólo le imponían las suyas, sino seguramente la creencia de que en el reino de la tecnología –en ese caso expresada en celulares y Tablet— la capacidad de decisión humana no existe.
Pero –y esto hay que decirlo una y otra vez— por supuesto que sí existe en ese y otros ámbitos la capacidad de decisión humana. De hecho, el mundo de producción tecnológica –diseños instrumentales, algoritmos, contenidos, datos, plataformas, colores, ubicación gráfica, tamaños— está atravesado de cabo a rabo por las decisiones que toman inversores, ingenieros, diseñadores, analistas de datos, psicólogos y publicistas. Y una de las decisiones más trascendentales que se ha tomado en ese mundo es anular al máximo la capacidad de decisión de los consumidores de tecnología, lo cual pasa por empobrecer sus niveles cognitivos, reflexivos y críticos. Se engañan los que creen que lo que buscan los grandes inversores tecnológicos (y sus equipos de trabajo formados por una élite científico-tecnológica) es elevar los niveles cognitivos humanos; más bien lo que buscan es reducirlos, porque una nivelación hacia la baja facilita el acceso (y consumo) masivo a lo (y de lo) que sea (aplicaciones, plataformas o inteligencia artificial).
“De forma quizá irónica –dice Douglas Rushkoff en su libro Programa o serás programado—, a medida que las experiencias digitales nos van haciendo más simples, las máquinas van siendo cada vez más complejas. Cuando más complejas se vuelven las tecnologías y más impenetrable su proceso de toma de decisiones (…), más dependientes de ellas nos hacemos. Esa misma complejidad se convierte en la nueva ansiedad, que sustituye a la narración del publicista como tipo predominante de influencia social. Aunque la tecnología digital nos liberó del papel de espectadores pasivos de los medios, su sesgo simplificador nos reduce de nuevo a ese papel, esta vez como espectadores pasivos de la propia tecnología” (p. 89).
¿Y qué tiene ver todo esto con los universitarios? Ni más ni menos con lo siguiente: la capacidad de decisión se anula (o se la pretende anular) a partir de una ideología de la inevitabilidad tecnológica que ha permeado el quehacer universitario. No pocas universidades han caído presas de esa ideología, lo cual ha conducido a que, en el ámbito de la ciencia y la tecnología, las universidades, que son las que deberían marcar las pautas de las decisiones a tomar, no están haciendo su trabajo. Esto quiere decir que, en un contexto de grandes innovaciones tecnológicas, las universidades deberían ser las principales exploradoras de las decisiones más realistas, prudentes y socialmente favorables que se deberían tomar. Pero si las universidades –que son el lugar en donde teóricamente están las personas más talentosas, críticas y autónomas— repiten y difunden el mito de que no hay elecciones, sino un plegamiento automático a una única ruta tecnológica –decidida por otros, por cierto—, entonces esas universidades traicionan a la sociedad a la que deben servir.
Así de simple y de duro. Es más, en las propias universidades debería darse una plena conciencia de las decisiones tomadas por ellas, lo mismo que una disposición irrestricta a revisar críticamente las decisiones tomadas y, de ser necesario, a decantarse por otras, poniendo un alto a la ideología del automatismo tecnológico. Por ejemplo, se tienen que hacer cargo de las decisiones que se tomaron respecto de la implementación de la virtualidad educativa y estar en la disposición de tomar decisiones para volver a la presencialidad o para ensamblar creativamente lo virtual en el quehacer educativo presencial. Decisiones: de eso se trata. No se trata de imperativos tecnológicos ciegos que se imponen por sí mismos, por más que entre las propias filas universitarias se hayan formado sectas que, revestidas de un ropaje tecnológico modernizante, se cierran a cualquier diálogo crítico sobre los usos tecnológicos en boga. Algo que los universitarios no deberían hacer es sumarse al coro de voces dominante sólo por quedar bien o asegurar la aquiescencia de quienes se han posicionado como los guardianes de lo único que se puede leer, decir y hacer respecto de lo tecnológico.
Por de pronto, y pensando en El Salvador, las universidades deberían enseñar a sus alumnos que tienen una enorme capacidad de decisión respecto al tiempo que dedican a sus celulares, computadoras o Tablet, así como al modo cómo usan esos aparatos y lo que por ahí circula. Y ahora que la inteligencia artificial se está posicionando de formas ingenuas y fanáticas, bien harían las universidades en no ser ellas portavoces de esa ingenuidad y fanatismo. Eso para comenzar, pues lo que debe seguir es el estudio riguroso de esas innovaciones tecnológicas, sus fundamentos, propósitos, diseños y alcances reales; de los grupos financieros que las mueven y de sus intereses.
Y, asimismo, preguntarse seriamente qué de esa tecnología (y sus usos) puede ser adecuado para el desarrollo del país, entendido no como el lucro de un segmento del empresariado, sino en sus implicaciones para una vida buena –justa, educada, con salud y bienestar— para la sociedad en su conjunto. Para poder hacer esto, los universitarios debemos de dejar de auto alabarnos por ser excelentes consumidores tecnológicos –orgullosos de estar al tanto de todas las aplicaciones que van surgiendo— y asumir nuestra la función social que nos corresponde: pensar mejor que nadie sobre nuestra realidad y explorar las distintas y mejores opciones (tecnológicas, políticas, culturales, económicas) que se pueden tener para construir un mejor país. Las universidades, pues, son el bastión cultural por antonomasia de la capacidad de decisión individual y colectiva. No deberían olvidarlo.
En penúltimo lugar, no me resisto llamar la atención sobre algo de la ideología de la inevitabilidad de lo tecnológico, y es lo siguiente: al ahogar la capacidad de decisión de las personas –declarando que someterse a unos determinados dictados tecnológicos es ineludible— cierra la puerta para reflexionar, y tomar decisiones, sobre tecnologías (usos y contenidos) que son contraproducentes o incluso nocivas para la felicidad, el bienestar y la realización humana de las personas. La creencia ideológica que se difunde –con mucho éxito, por cierto— viene a decir lo siguiente: dado que la ola tecnológica en la que estamos montados es un resultado automático de la propia tecnología y no de ninguna decisión humana –lo cual la convierte en algo neutro y, como proviene de la tecnología, algo positivo— las decisiones humanas para alterar el curso de esa ola, moderarla o resistirse a ella son no sólo trasnochados, recalcitrantes y “dinosáuricos”, sino ineficaces. Es ineficaz y trasnochado –se nos dice— intentar hacer algo –tomar decisiones, explorar opciones— respecto de los cambios tecnológicos que se anuncian como inevitables y también hacer algo –tomar decisiones, explorar opciones— una vez que esos cambios se han consumado en resultados concretos.
Por tanto, según esa visión, lo que se impone es subirse a la ola cuanto antes, poniéndose al tanto y alegremente de lo último en avances tecnológicos, no sea que nos quedemos al margen del mundo feliz está al final –un final virtual— de los automatismos tecnológicos. Los valedores de esta ideología podrán tener toda la apariencia “juvenilizada” que quieran y podrán presumir, teléfono en mano y computadora portátil en la mochila que llevan en la espalda, de conocer como nadie los secretos tecnológicos más sofisticados, pero están más cerca del conservadurismo y del autoritarismo de lo que ellos y sus seguidores pudieran sospechar. Y es que si hay una seña de identidad compartida por los conservadores de todas las procedencias esta consiste en su rechazo a la autonomía de las personas y a su capacidad de decidir, pues desde su punto de vista sólo son unos pocos –en este caso, la élite que habita en el valle del silicio— los que saben lo que conviene a las masas y, por ende, los únicos que deben tomar decisiones. Decisiones, por lo demás, que se deben ocultar a esas masas, haciéndoles creer que no hay decisiones en absoluto, sino imperativos emanados de una fuerza no humana, ya se trate de una divinidad o de la tecnología. Ideología en el peor sentido de la expresión, o sea, falsa conciencia.
Para finalizar, he decidido compartir con los lectores una breve bibliografía de voces críticas, pero expertas, respecto de los usos, abusos, riesgos y desafíos de las dinámicas tecnológicas actuales. Lo hago porque a veces tengo la impresión de que algunos colegas universitarios, que no comparten mis puntos de vista, me ven como un tipo raro que defiende posturas que nadie más defiende. Pues no: en distintos ambientes académicos hay universitarios preocupados por cómo va el mundo actual y que suscriben, de otra manera, la preocupación que anota Douglas Rushkoff en su libro recién mencionado:
“No importan tanto las redes de dendritas que tenemos en la cabeza como con cuánta eficacia y felicidad vamos a vivir de ese modo y, en el caso de los medios digitales, cuán deliberadamente nos ponemos en sus manos. Reconocer los sesgos de las tecnologías a las que dejamos entrar en nuestras vidas es la única manera de permanecer alerta sobre cómo estamos cambiando para darles acomodo, y de calibrar si esta disposición de las cosas nos hace felices. En lugar de aceptar la necesidad de cada herramienta como algo obligatorio en un estilo de vida tecnologizado de forma pasiva, podemos explotar las tendencias para hacernos más humanos” (p. 47).
| Bibliografía Acemoglu, D., Jhonson, S., Poder y progreso. Nuestra milenaria lucha por la tecnología y la prosperidad. Deusto, Planeta, 2023. Larson, E. J., El mito de la inteligencia artificial. Por qué las máquinas no pueden pensar como nosotros lo hacemos. España, Shackleton Books, 2023. Mitchel, M., Inteligencia artificial. Guía para seres pensantes. Madrid, Capitán Swing, 2024. Nowotny, H., La fe en la inteligencia artificial. Los algoritmos predictivos y el futuro de la humanidad. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2021. O’Neil, K., Armas de destrucción matemática. Cómo el BIG DATA alimenta la desigualdad y amenaza la democracia. Madrid, Capitán Swing, 2016. Pasquale, F., Las nuevas leyes de la robótica. Defender la inteligencia humana en la era de la IA. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2024. Rushkoff, D., Programa o serás programado. Once mandamientos para la era digital. Barcelona, Debate, 2025. Sigman, M., Bilinkis, S., Artificial. La nueva inteligencia y el contorno de lo humano. Barcelona, Debate, 2023. Suleyman, M., La ola que viene: tecnología, poder y el gran dilema del siglo XXI. Barcelona, Debate, 2023. Williams, J., Clics contra la humanidad. Libertad y resistencia en la era de la distracción tecnológica. Barcelona, Gatopardo ediciones, 2021. Zuboff, Z., La era del capitalismo de la vigilancia. Ciudad de México, Paidós, 2021. |
(*) Fuente de la imagen: https://desinformemonos.org/los-cambian-mundo-los-movimientos-sociales-raul-zibechi/
[1] El autor agradece de Ventura Alas por la lectura y revisión del presente texto
[2] Cfr., L. A. González, “Lo tecnológicamente posible ¿es inevitable?”. Contrapunto, 28 de enero de 2021. https://www.contrapunto.com.sv/lo-tecnologicamente-posible-es-inevitable/