Por Nelson López Rojas
Nunca habíamos tenido tantas formas de comunicarnos, pero cada vez más personas dicen lo que sienten cuando ya no sirve de nada decirlo.
El teléfono vibra sobre la mesa. El mecánico mira la pantalla, ve quién llama y recuerda que no ha terminado el auto que había prometido para ayer y decide no contestar. Sabe que del otro lado hay una conversación no resuelta, que hay que dar una explicación. El teléfono deja de sonar, vuelve el silencio, y durante unas horas más el problema queda suspendido, no resuelto, suspendido.
Y no es que la gente haya dejado de hablar; lo que cada vez ocurre más es que dice lo que siente cuando ya no sirve de nada decirlo.
Cambiá mecánico por albañil, por imprenta, por novio en cuerdafloja, por lo que querás, funciona igual. Vos sabés que vivimos en la época de la comunicación permanente con mensajes, audios, llamadas, respuestas a cualquier hora del día o de la noche. Nunca habíamos hablado tanto. Y, sin embargo, cada vez más personas dicen las cosas tarde, o dicen algo distinto de lo que realmente quieren decir.
A los maitros nos gusta creer que este es un problema de la generación Z. Que los jóvenes de hoy no saben hablar por teléfono, que prefieren escribir antes que conversar, que son la famosa “generación de cristal”. Es cierto, pero asumamos nuestra responsabilidad pues el problema no es solo generacional. El problema es que cada vez más personas evitan decir lo que realmente quieren decir cuando todavía están a tiempo de decirlo.
Las pequeñas escenas cotidianas lo muestran todo el tiempo. El estudiante que aparece después del examen y dice: “Profe, no pude venir porque tenía otro compromiso”. Y el Einstein lo dice cuando el examen ya pasó, no cuando todavía había tiempo de avisar. O la persona que acepta una invitación y desaparece durante horas. Hace poco una chica me invitó a tomar café. Me dijo que pasaría parte del día con unas amigas y que luego nos veríamos. Tranqui. Llegaron las cuatro de la tarde, la hora del café y del postre, y no hubo mensaje. Ni aviso. Ni señal de vida. Me ghosteó, diría la chaviza. Horas después escribió para decir que el día se le había alargado con su mañana de chicas y que si podíamos vernos esa misma noche. Le dije que no, pues tenía otro compromiso. Entonces preguntó si podíamos vernos al día siguiente por la mañana, como si el tiempo de los demás fuera una agenda disponible esperando que alguien la reorganice.
Es una forma indirecta de comunicación que empieza mucho antes. Cuando voy manejando con mis sobrinos y pasamos frente a un Burger King, alguno mira por la ventana y dice: “Tío, mire qué ricas se ven esas hamburguesas”. Las criaturas no dicen “tío, tengo hambre”. No dicen “tío, ¿podemos parar a comer?”. Dan pistas, dicen algo alrededor de lo que quieren decir, como si yo fuera adivino.
Algo parecido ocurre en las relaciones. Una pareja puede decir: “sería bonito que me invites a cenar”. Lo dice justo cuando uno está ocupado, entre llamadas o trabajo. Pero lo que tal vez quiere decir es algo mucho más simple: “Maje, hoy tuve un día difícil y me gustaría verte”. Pero eso no se dice. Se rodea. Se insinúa. Se asume. Se espera que el otro lo entienda. Chulada.
La escena clásica ocurre en muchas parejas.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
Ese “nada” casi nunca significa nada. Puede significar cansancio. Puede significar molestia. Puede significar una larga lista de cosas que nadie quiso decir cuando todavía eran pequeñas. Ese “nada” funciona como un archivo comprimido de emociones y cuando esas emociones no se dicen a tiempo, aparece la acumulación de resentimientos.
Hay parejas que parecen no discutir nunca, pero no es porque no haya conflictos. Es porque cada uno va guardando micro molestias. La promesa que no se cumplió, la cita cancelada, la llamada que nunca se devolvió o las emociones no resueltas. Nada de eso se habla cuando ocurre porque la gente prefiere dejarlo para otro día, pero el tiempo rara vez disuelve lo que no se dice. Lo que hace es acumularlo.
Y, aunque pensemos que solo las mujeres tienen mente brillante, los hombres también traen cosas a colación meses después, a veces años después, una discusión trivial abre la compuerta.
De repente aparece una lista completa de agravios que la otra persona ni siquiera sabía que existían. “Eso mismo hiciste hace tres meses”, “Siempre haces lo mismo”, “¿Te acordás cuando pasó aquello?”. La conversación que nunca se tuvo cuando todavía era pequeña vuelve convertida en una avalancha.
A veces el problema ni siquiera es el silencio, sino la incapacidad de entender exactamente lo que el otro quiso decir. A veces me hago el tonto cuando alguien me dice algo y no es claro. Finjo no entender hasta que me clarifican: “No, no quiero que me pasés dejando pan, quiero verte”.
Por otro lado, en muchas parejas ocurre una forma silenciosa de malentendido. Alguien propone algo —por ejemplo, abrir la relación— y el otro acepta. Pero lo acepta creyendo que esa frase significa otra cosa. Evita la conversación, no la clarifica. Cree que es una prueba, una provocación, una exageración momentánea, o incluso una amenaza que en realidad no se cumplirá. Dos personas dicen “sí” a la misma frase, pero están entendiendo dos realidades distintas, y, cuando finalmente descubren que estaban hablando de cosas diferentes, ya están discutiendo una traición imaginada.
Nos gusta pensar que todo esto es culpa de los jóvenes y nos tranquiliza creer que el problema es de las nuevas generaciones. Tampoco es que la gente no se comunique, el Guasá no cesa. La gente se comunica todo el tiempo, escribe mensajes, manda audios, deja indirectas, insinúa cosas, responde tarde, explica después, discute cuando ya es
demasiado tarde.
Lo que cada vez se hace menos es decir exactamente lo que se quiere decir, y por eso cada vez más conversaciones llegan tarde. Demasiado tarde. Al final no se trata de la falta de palabras, sino de decir las cosas sin rodeos… pero decirlo de frente siempre implica el riesgo que el otro no entienda, que el otro se moleste, o peor todavía, que el otro entienda perfectamente.
Y que entonces ya no quede nada más que decir.