Por Álvaro Rivera Larios
Planteado así, como una disyuntiva —Dalton o Kijadurías—, el asunto se vuelve un falso dilema cuyo único efecto es empobrecer la comprensión de ambos. La crítica apresurada necesita oposiciones simples para orientarse, pero la literatura rara vez admite esas líneas divisorias. En realidad, tanto Roque Dalton como Kijadurías pertenecen al mismo horizonte histórico y estético: el de la lírica vanguardista latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, atravesada por la experimentación formal, la tensión entre subjetividad e historia y la búsqueda de una voz propia dentro —y contra— las tradiciones poéticas heredadas. La divergencia entre ambos es real, pero no por ello excluyente; se trata de dos ramas brotadas del mismo tronco, que asimilan de modo distinto las lecciones de la modernidad poética.
Aun reconociendo esa pertenencia compartida, la comparación es no solo posible, sino necesaria. Sobre todo porque durante décadas, algunos malos ensayistas —presos de un formalismo de supermercado o de un impresionismo crítico sin rigor— se han empeñado en contraponerlos como si representaran dos esencias incompatibles. A Kijadurías se le ha canonizado como emblema de la “imaginación arborescente”, es decir, de la fantasía desbordada, de la pulsión visionaria y del despliegue metafórico ilimitado. Mientras que a Dalton, pobre de él, se le ha condenado al potrero del “coloquialismo partidista”, como si su palabra fuera un mero apéndice de la consigna, un discurso reducido a la epidermis del habla común, sin mayor espesor estético.
Esta simplificación no solo es injusta: es crítica y literariamente falsa. Que Dalton fue un poeta con militancia es innegable, pero de ello no se sigue que su obra se reduzca a un “coloquialismo”, ni mucho menos a uno simple. Por el contrario, su coloquialismo —cuando aparece— es una estrategia retórica compleja, que abre la lírica a nuevas zonas de experiencia sin renunciar a la elaboración formal. El habla entra en la poesía, sí, pero entra atravesada por la ironía, por la tensión entre registro alto y bajo, por la conciencia de su propia teatralidad. En Dalton el coloquialismo no es la muerte de la forma, sino su rearticulación crítica.
Para entenderlo basta comparar dos libros que suelen ponerse como polos de esa supuesta disyuntiva: Estados sobrenaturales, de Kijadurías, y Taberna y otros lugares, de Dalton. Es una comparación iluminadora porque revela lo que cada autor arriesga y lo que cada uno se impone como límite.
Estados sobrenaturales es un libro que apuesta por una sola cuerda expresiva. Esa cuerda es exuberante, imaginativa, intensamente visual, pero es una cuerda —una línea ascendente que rara vez se quiebra o se repliega sobre sí misma. El libro es monotonal no por falta de talento, sino porque su proyecto estético es precisamente ese: expandir un modo, un tono, un imaginario, llevándolo hasta sus bordes.
Taberna, en cambio, es una obra polifónica. No solo por la variedad de registros —poesía conversacional junto a poesía hermética, sátira, elegía, fragmento ensayístico, poema-testimonio y poema teatral, parodia bíblica, invectiva política, cuadro urbano, aforismo— sino por la densidad conceptual que sostiene esa diversidad. Taberna es un libro que se abre hacia la historia sin clausurar la interioridad, que incorpora el habla sin empobrecer la imagen, que ironiza sin renunciar al pathos, que piensa sin perder energía poética. Su ambición exploratoria es mayor, no solo en términos temáticos, sino formales: es un laboratorio donde conviven varios modos de decir y varias máscaras de enunciación.
Por eso puede afirmarse, sin ánimo de desmerecer a Kijadurías, que el mejor Dalton despliega una audacia formal superior. Dalton arriesga más porque se expone más: a la historia, al cambio de registro, a la contradicción, al humor, al desmontaje del propio lenguaje lírico. Kijadurías, en su mejor momento, alcanza destellos visionarios memorables, pero permanece en una zona de confort tonal que le impide la expansión polifónica que sí caracteriza a Dalton.
En este sentido, la supuesta oposición entre “la imaginación arborescente” y “el coloquialismo partidista” no se sostiene. Dalton es más que su militancia y más que su coloquialismo. Y Kijadurías es más que su imaginería. Pero si hablamos de ambición formal, de riesgo estético y de densidad conceptual, Taberna y otros lugares ocupa un lugar más alto y más difícil, un nudo donde la experimentación estética y la experiencia histórica se encuentran sin mutilarse.
La crítica honesta no necesita falsos dilemas. Ambos autores son valiosos, pero el mapa de sus logros no es simétrico. Y reconocer esto no es tomar partido: es simplemente leer mejor.