Por Alonso Rosales
Cuba atraviesa hoy una de las crisis más severas desde el llamado “Período Especial”, pero con un agravante decisivo: esta vez el deterioro no es únicamente producto de errores internos, corrupción, ineficiencia o mala administración estatal, sino también del endurecimiento calculado de una estrategia externa que apunta directamente al corazón del sistema: la energía, el turismo y el flujo financiero mínimo que mantiene respirando a la isla.
La administración de Donald Trump ha intensificado su política hacia Cuba con un enfoque que no busca reformas graduales ni apertura política, sino desgaste total. La lógica es sencilla y a la vez brutal: si se corta el combustible, se apagan las termoeléctricas; si se apaga el país, se paraliza la producción; si se paraliza la economía, colapsa la vida cotidiana; y si colapsa la vida cotidiana, el pueblo termina culpando al gobierno y exigiendo un cambio.
No es una teoría nueva. Es una táctica histórica de asfixia económica utilizada contra gobiernos considerados enemigos. La diferencia es que en el caso cubano, la fragilidad actual es mucho mayor que en décadas pasadas.
La energía como arma política
El elemento central de la crisis cubana en este momento es la energía. Cuba no solo enfrenta escasez de combustible, sino una estructura eléctrica obsoleta, termoeléctricas deterioradas y una capacidad mínima para sostener la demanda nacional. En este escenario, cualquier interrupción en el suministro de petróleo se convierte en una sentencia inmediata.
Cuando la electricidad desaparece, no se apagan solo las luces: se detienen hospitales, se interrumpen servicios, se pierden alimentos refrigerados, se paralizan industrias y se destruye la estabilidad social.
Estados Unidos lo sabe. Y por eso el combustible se ha convertido en el punto estratégico de mayor presión.
Golpear el turismo: estrangular el último ingreso
Pero el golpe más inteligente —y más devastador— no es solo energético: es económico y simbólico. La caída del turismo significa la caída del único sector que aún generaba divisas reales. Sin turismo, Cuba no compra alimentos, no compra medicinas, no compra piezas para plantas eléctricas, no importa insumos industriales, y no sostiene el mínimo equilibrio monetario.
La noticia de aerolíneas internacionales obligadas a modificar rutas, añadir escalas para repostar combustible o incluso suspender operaciones, representa un mensaje claro: Cuba se está quedando aislada también en el aire.
Y en un país donde la economía depende de la entrada de visitantes, cada vuelo cancelado no es un problema logístico: es un golpe directo al oxígeno financiero nacional.
El gobierno resiste; el pueblo paga
La gran contradicción de esta estrategia es que no castiga directamente a la élite gobernante. Los altos funcionarios no sufren apagones como el ciudadano común. No hacen filas para conseguir pan. No dependen del salario estatal para sobrevivir.
La presión recae, como siempre, sobre el pueblo: el trabajador, el anciano, la madre que no tiene leche para sus hijos, el hospital sin energía, el transporte paralizado.
Esto crea una realidad peligrosa: mientras más se endurece el bloqueo económico, más sufre la población; pero no necesariamente cae el poder político. Históricamente, Cuba ha demostrado que su aparato estatal puede resistir crisis extremas, incluso cuando la sociedad está al límite.
El pueblo cubano ha soportado más de seis décadas de sanciones y aislamiento. La pregunta no es si resisten, porque han resistido. La pregunta es: ¿cuánto más puede resistirse cuando ya no queda nada que repartir?
El escenario más probable: migración, caos social y control interno
El colapso no siempre llega como una revolución. A veces llega como una descomposición lenta: más apagones, más inflación, más mercado negro, más delincuencia, más protestas pequeñas, más represión, más miedo, más desesperanza.
En ese contexto, el resultado inmediato podría no ser un cambio político, sino un éxodo masivo. La migración se convierte en válvula de escape y a la vez en tragedia regional. Y eso puede convenirle a ciertos sectores, porque una Cuba vacía es una Cuba debilitada.
Pero también existe el riesgo de que el colapso genere un escenario ingobernable, con crisis humanitaria y violencia social. Cuando la energía desaparece, la economía no solo se reduce: se fragmenta. Y cuando la economía se fragmenta, el Estado pierde control de lo esencial.
Cuba está entrando en una fase crítica donde la presión externa y la fragilidad interna se combinan en una tormenta perfecta. Trump no está aplicando una política de contención ni de negociación: está aplicando una política de estrangulamiento.
Si el objetivo es doblegar al gobierno cubano, la estrategia es clara. Pero si el resultado es destruir la vida cotidiana de once millones de personas, entonces la historia podría juzgar este momento como un episodio de castigo colectivo más que de presión diplomática.
Cuba está al borde del colapso, no solo por sus errores históricos, sino porque ahora enfrenta un cerco energético y económico que apunta a dejarla sin aire. El pueblo cubano, una vez más, se encuentra en medio de una guerra silenciosa donde no decide las reglas, pero paga el precio completo.
Y cuando un país se queda sin electricidad, sin combustible y sin turismo, lo que queda no es política: lo que queda es supervivencia.