Cuando el fútbol deja de ser fútbol para convertise en victimismo ideológico: el caso de Hossam Hassan

El problema no es que un entrenador reclame un arbitraje. El problema comienza cuando un Mundial deja de hablar de goles para convertirse en un escenario de propaganda política. Cuando el balón deja de rodar y el algoritmo toma el control de la conversación, el deporte pierde su esencia y se convierte en otro campo de batalla ideológico.

Zarko Pinkas | El Ayatolá del Rock ‘n’ Rolla.

El problema no es que un entrenador reclame un arbitraje. El problema comienza cuando un Mundial deja de hablar de goles para convertirse en un escenario de propaganda política. Cuando el balón deja de rodar y el algoritmo toma el control de la conversación, el deporte pierde su esencia y se convierte en otro campo de batalla ideológico.


El fútbol nunca ha sido completamente inocente. Su historia está llena de episodios que todavía alimentan debates entre historiadores, periodistas y aficionados. En 1978, Argentina necesitaba vencer por cuatro goles a Perú para clasificar a la final del Mundial organizado por la dictadura de Jorge Rafael Videla. Terminó imponiéndose 6-0 en uno de los partidos más discutidos de la historia de la Copa del Mundo. Nunca se probó oficialmente un arreglo, pero las sospechas acompañan aquel encuentro hasta hoy.

Ocho años más tarde, en México 1986, Diego Maradona eliminó a Inglaterra con un gol convertido con la mano que el árbitro validó. La famosa “Mano de Dios” pasó a formar parte de la mitología del fútbol y de una justificación a la trampa por los argertinos, pero también abrió uno de los mayores debates sobre la ética deportiva. Décadas después, durante el Mundial de Qatar 2022, volvieron a surgir críticas por decisiones arbitrales que algunos consideraron favorables a Argentina, mientras otros las atribuyeron simplemente al desarrollo normal del juego y a la interpretación del VAR.

A ello se suma una percepción que aparece con frecuencia entre aficionados y comentaristas: la idea de que algunas selecciones históricas suelen tener recorridos más favorables en determinadas fases del torneo. Esa percepción puede discutirse y no constituye una prueba de favoritismo, pero demuestra hasta qué punto la confianza en las grandes competiciones deportivas convive desde hace décadas con la sospecha permanente.

Precisamente por esa historia resulta perfectamente legítimo cuestionar decisiones arbitrales o discrepar de la FIFA. Lo que ya no me parece legítimo es transformar una derrota deportiva en una plataforma para trasladar conflictos políticos internacionales al terreno de juego.

Ahí comienza mi preocupación la cual se convertido en algo normalizado por los defensores del odio hacia Israel y los judíos.

Después de la eliminación de Egipto frente a Argentina, el debate dejó de centrarse exclusivamente en el fútbol. El entrenador egipcio ,Hossam Hassan, volvió a proyectar públicamente su apoyo a la causa palestina, una posición que está en su derecho de expresar como ciudadano. Sin embargo, cuando ese mensaje se introduce en el contexto de una Copa del Mundo, el riesgo es evidente: el partido deja de analizarse por sus aspectos deportivos y pasa a interpretarse a través de una guerra que nada tiene que ver con los noventa minutos disputados sobre el césped.

Las redes sociales hicieron el resto. En cuestión de horas comenzaron a multiplicarse videos, publicaciones y comentarios que ya no discutían decisiones arbitrales, sino que convertían el partido en un supuesto episodio más del conflicto entre Israel y Gaza. La conversación de los fanáticos de izquierda y granjas de trolles abandonó el fútbol para instalarse en el terreno de las consignas, las teorías conspirativas y la confrontación ideológica donde siempre son las víctimas los que son gobernados por el grupo terrorista Hamas.

Se dieron acusaciones de sionismo para el equipo de Argentina por tener un presidente como Javier Milei cercano al estado de Israel, posición la cual tiene todo derecho a tener. Ese es el verdadero problema que surge cuando se abre la boca sin pensar mucho o posiblemente lo que va a ocurrir después de salir con una banderita de palestina a una cancha.

Vivimos en una época donde los hechos ya no bastan. Son sustituidos por microrelatos, fragmentos de video sacados de contexto, publicaciones virales y cadenas de comentarios que terminan construyendo una realidad paralela. El árbitro deja de ser el protagonista. El chisme ideologóco, la propaganda yidadista y la mentira racista ocupa su lugar en la cancha de las redes sociales.

No escribo estas líneas para defender a la FIFA. Mucho menos para defender a Argentina, cuya historia futbolística también ha estado rodeada de episodios polémicos. Es precisamente porque conozco esa historia que considero un error convertir cada controversia deportiva en una teoría geopolítica.

Una cosa es reclamar un penal, discutir un fuera de juego o cuestionar el tiempo añadido. Otra muy distinta es utilizar un Mundial para importar al deporte un conflicto internacional que ya de por sí divide profundamente a la opinión pública.

El conflicto entre Israel y Hamás ha generado una polarización mundial sin precedentes. También ha coincidido con un aumento documentado de incidentes antisemitas en numerosos países, desde agresiones físicas hasta hostigamiento contra estudiantes y comunidades judías. Esa realidad debería invitarnos a la prudencia.

Escribo también desde una experiencia personal. Como descendiente de un apellido de origen judío, he visto cómo el conflicto de Oriente Medio sirve, con demasiada frecuencia, para justificar expresiones antisemitas dirigidas contra personas que nada tienen que ver con las decisiones de un gobierno. No es una discusión teórica. Es una realidad que muchas comunidades viven todos los días y tenido el desagrado de vivir.

Por esa razón, me preocupa profundamente que el fútbol se convierta en otro escenario donde ese odio encuentre nuevas formas de difundirse.

Criticar al gobierno de Israel es una posición política legítima, como también lo es criticar a cualquier otro gobierno del mundo. Pero convertir una derrota deportiva en un vehículo para alimentar narrativas de propaganda que terminan desembocando en hostilidad contra comunidades enteras es cruzar una línea que el deporte nunca debió atravesar.

Una Copa del Mundo no puede transformarse en una prolongación de las guerras del planeta. El fútbol fue creado para competir, no para sustituir a la diplomacia internacional ni para convertirse en una caja de resonancia de conflictos que ningún árbitro, ningún entrenador y ningún delantero resolverán desde una cancha.

Cada vez que una conferencia de prensa habla más de geopolítica que de táctica, cada vez que una bandera desplaza al balón y cada vez que las redes sociales convierten un partido en una batalla ideológica, el deporte pierde una parte de su razón de ser.

El fútbol siempre tendrá polémicas. Habrá errores arbitrales, decisiones discutibles y sospechas que acompañarán a los grandes torneos mientras exista la competencia. Esa discusión forma parte de su historia. Por otro lado, si Hossam Hassan se siente con el valor moral para dar clases de derechos humanos debe comenzar en casa y con sus amigos de Gaza donde gobierna un grupo terrorista como Hamas. Capaz ese tema no le deja ver la realidad del fútbol actual y solo ver lo que lo que la propaganda le permite visualizar desde sus cataratas de fanatismo ideológico.

Pero la verdad es que no podemos pedir mucho aquellos que solo buscan llevar la guerra a las canchas como hace Hassan sin importar las olas de racismo antisemita y antisionistas que provocan. Cuando un Mundial deja de hablar de goles y comienza a hablar de guerras, el problema ya no es el árbitro. El problema es que el fútbol ha dejado de ser fútbol y no saca tarjeta a roja a quienes llevan el odio a las canchas creyéndose campeones de la victimización.