Colombia ante el espejo de la polarización

Con el 43.75% de las boletas escrutadas, según el boletín número 13 de la Registraduría Nacional, el panorama electoral colombiano perfila un escenario de alta tensión política. Abelardo del Esprea encabeza la contienda con 7.940.846 votos (78.77%), seguido por Iván Cepeda, representante del petrismo, con 7.534.652 votos (41.51%). Ambos se consolidan como las figuras dominantes de una elección en la que el resto de candidatos ha quedado relegado a un papel marginal.

La derrota de Paloma Valencia, quien encarnaba una derecha de corte jurídico e institucional, marca un punto de inflexión: ha sido superada por una derecha más radical, Este giro no solo redefine el mapa ideológico de la derecha colombiana, sino que también profundiza la percepción de una contienda entre extremos. Diversos analistas como León Valencia, Ariel Ávila y Yann Basset coinciden en señalar que el país atraviesa una etapa de polarización intensa, donde las opciones políticas parecen reducirse a una izquierda consolidada frente a una ultraderecha emergente.

Sin embargo, en medio de esta narrativa polarizante, es fundamental introducir matices. Colombia ha demostrado, a lo largo de su historia reciente, una fortaleza institucional que no puede ser ignorada. El ascenso de Gustavo Petro a la presidencia no fue producto de la violencia ni de la imposición, sino del voto ciudadano. Esto desmonta, en gran medida, los discursos que intentan equiparar su gobierno con experiencias autoritarias en la región.

Decir la verdad, en este contexto, implica reconocer que el sistema democrático colombiano sigue funcionando. El traspaso de poder se respeta, las elecciones se celebran y los resultados son acatados. Ser objetivo no significa ser neutral frente a la desinformación, sino señalar con claridad los hechos verificables, aunque estos incomoden a determinados sectores de poder .

La historia demuestra que el poder, en cualquiera de sus formas, tiende a incomodarse frente a la verdad. Desde los tiempos de Julio César, pasando por Alejandro Magno, hasta los imperios más recientes, la tensión entre verdad y poder ha sido constante. Hoy, esa dinámica se reproduce en un nuevo escenario: las redes sociales, donde la manipulación encuentra un terreno fértil.

En este entorno, la educación se vuelve un factor determinante. Las sociedades con menor acceso a información crítica son más vulnerables a discursos simplistas y polarizantes. Como bien lo expresó José Martí: “A la sombra de la ignorancia actúa el crimen.” Esta frase resume con precisión el riesgo que enfrenta cualquier democracia cuando el debate público se degrada y se sustituye por propaganda.

Colombia no está exenta de estos desafíos. La polarización es real, pero también lo es la capacidad del país para sostener su institucionalidad. Más allá de los discursos alarmistas, el verdadero reto radica en fortalecer la educación, promover el pensamiento crítico y defender la verdad como principio fundamental del ejercicio periodístico.

Porque al final, más allá de izquierdas o derechas, una democracia se sostiene no solo en sus elecciones, sino en la calidad de su ciudadanía y en su compromiso con la verdad.