Chile | José Antonio Kast : Cuando el poder decide pelear con un niño | Ver video

El poder debería ser como un viejo árbol: cuanto más alto crece, más sombra ofrece y más firme permanece frente al viento. Cuando, en cambio, se agita por el gesto silencioso de un niño, deja de transmitir fortaleza y comienza a revelar fragilidad. Porque la grandeza de un presidente nunca se mide por su capacidad para imponerse sobre los más pequeños, sino por la altura moral con la que decide ignorar aquello que jamás debió considerar una amenaza.

Zarko Pinkas |

Hay silencios que engrandecen a un gobernante y respuestas que lo desnudan. El altercado entre el presidente chileno, José Antonio Kast, y un niño que se negó a saludarlo trasciende la anécdota viral: abre un debate sobre la intolerancia, el uso del poder frente a los ciudadanos más vulnerables y la responsabilidad emocional que exige ejercer la primera magistratura de un país.


Hay escenas que revelan mucho más sobre un gobernante que un discurso cuidadosamente preparado. La reciente confrontación del presidente chileno, José Antonio Kast, con un niño que se negó a estrecharle la mano pertenece a esa categoría. No porque un menor haya rechazado un saludo, sino porque fue el propio jefe de Estado quien decidió convertir ese gesto en un enfrentamiento.

Un niño no representa una amenaza para ningún gobierno. No es un adversario político, ni un dirigente opositor, ni un actor con poder. Es, simplemente, un menor cuya personalidad, su criterio y su comprensión del mundo todavía están en formación. Precisamente por eso resulta inquietante que el presidente de un país haya sentido la necesidad de responderle públicamente con una reprimenda y de involucrarlo en una discusión política con su madre.

Los grandes líderes entienden que la autoridad no se demuestra imponiéndose sobre quien tiene menos fuerza. La verdadera autoridad se manifiesta en la serenidad, en la paciencia y en la capacidad de distinguir entre un desacuerdo político y el gesto espontáneo de un niño. Cuando un presidente decide responder a un menor como si estuviera frente a un adversario, deja al descubierto una preocupante incapacidad para dimensionar el peso de su propio cargo.

Quienes ejercen la Presidencia no solo administran un Estado; encarnan una institución. Cada palabra pronunciada desde esa posición tiene un alcance que trasciende el momento. Por eso preocupa que un hombre de sesenta años, investido con la máxima responsabilidad política de su país, termine enfrascado en un intercambio verbal con un niño. No se trata únicamente de una falta de prudencia. También proyecta una imagen de intolerancia incompatible con la templanza que exige el ejercicio del poder.

Después vino otro episodio que no puede pasar inadvertido. Tras la discusión, Carabineros realizó un control de identidad a la madre y comunicó que existían órdenes de detención vigentes en su contra, motivo por el cual fue arrestada. Ese procedimiento, por sí mismo, no demuestra que la mujer sea culpable de los hechos investigados; una orden de detención no equivale a una condena.

Sin embargo, la secuencia de los acontecimientos inevitablemente abre interrogantes. La detención ocurrió inmediatamente después del enfrentamiento con el presidente y esa coincidencia alimenta una percepción difícil de ignorar. Aunque exista una explicación legal para el procedimiento, la imagen que queda instalada es la de una ciudadana que discute con el jefe de Estado y termina detenida minutos después. En democracia, las percepciones también importan, porque influyen en la confianza que la ciudadanía deposita en sus instituciones.

Mientras el debate político se encendía, el verdadero afectado quedó en segundo plano: el niño. Fue expuesto ante millones de personas, convertido en protagonista involuntario de una controversia nacional y utilizado por unos y otros para alimentar una discusión que jamás debió recaer sobre sus hombros. Ningún menor merece convertirse en el blanco de una confrontación política iniciada por los adultos.

En las redes sociales no faltaron quienes aplaudieron la actitud presidencial. Sin embargo, tampoco puede ignorarse que buena parte del debate digital de la extrema derecha chilena está condicionado por campañas coordinadas, cuentas automatizadas y granjas de troles que amplifican mensajes políticos hasta hacerlos parecer mayoritarios. La intensidad de los aplausos en internet no siempre refleja la verdadera conciencia de una sociedad.

Este exabrupto, sin embargo, no es un hecho aislado ni una mera falta de control impulsiva; responde a una matriz ideológica profunda, de carácter mesiánico, compartida por las nuevas olas de la extrema derecha regional, como la que encabeza Javier Milei en Argentina. Para estos liderazgos, estrechamente vinculados a las élites oligárquicas tradicionales de Chile, el disidente no es un ciudadano con una postura distinta, sino un agente contaminado.

Es aquí donde cobra sentido la retórica de pseudo-ideólogos de este sector, como Axel Kaiser, quien en su literatura política ha popularizado el concepto sin base científica ni médica de los “parásitos mentales”. Bajo esa premisa pseudocientífica, la izquierda o cualquiera que ose cuestionar su orden establecido padece una especie de infección neuronal que nubla el juicio y destruye la lógica.

Cuando se adopta esta visión deshumanizante y patológica del adversario, el comportamiento presidencial en Villarrica adquiere una lógica interna perturbadora. Desde la óptica del líder mesiánico, el niño que le niega la mano no está ejerciendo un gesto espontáneo de timidez o desatención infantil; está manifestando el síntoma de una mente “parasitada” o instrumentalizada por la doctrina enemiga. Esta convicción de superioridad moral y médica autoproclamada es la que vacía de empatía a la autoridad. Al asumir que el entorno del menor está ideológicamente “enfermo”, el mandatario se siente legitimado para reprender públicamente a un niño y confrontar a su madre, transformando una escena cotidiana en una cruzada personal por la “limpieza” cultural y la imposición del orden.

Existe, además, un aspecto más profundo. Cuando un gobernante comienza a interpretar cualquier gesto de desacuerdo como una afrenta personal, corre el riesgo de ver adversarios donde solo existen ciudadanos. Y cuando entre esos supuestos adversarios aparece un niño, la escena deja de ser anecdótica para convertirse en un símbolo inquietante. Un Estado fuerte no necesita responderle a un menor; un líder seguro de sí mismo tampoco.

El poder debería ser como un viejo árbol: cuanto más alto crece, más sombra ofrece y más firme permanece frente al viento. Cuando, en cambio, se agita por el gesto silencioso de un niño, deja de transmitir fortaleza y comienza a revelar fragilidad. Porque la grandeza de un presidente nunca se mide por su capacidad para imponerse sobre los más pequeños, sino por la altura moral con la que decide ignorar aquello que jamás debió considerar una amenaza.

Video sobre pelea de Kast con un niño y su madre porque el infante no le dio la mano.