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Por Alonso Rosales, analista internacional
Desde las primeras horas del miércoles —alrededor de las 3:00 a.m., ya entrada la mañana en territorio iraní—, millones de ciudadanos salieron a las calles en distintas ciudades de Irán en una movilización que, más allá de su magnitud, revela un fenómeno político y sociológico de profunda relevancia: la cohesión nacional frente a la amenaza externa.
Las imágenes difundidas por diversos medios internacionales muestran concentraciones masivas de hombres, mujeres, niños y ancianos portando banderas iraníes, resguardando infraestructuras clave como puentes, instalaciones estratégicas e incluso sitios vinculados al programa nuclear. La presencia de retratos de líderes religiosos —particularmente de figuras ayatolás— y la participación transversal de la población evidencian una narrativa de unidad que trasciende divisiones internas.
Este escenario plantea una lectura crítica sobre los cálculos estratégicos de actores externos. Existía la presunción, particularmente desde sectores políticos en Israel y Estados Unidos, de que las tensiones internas en Irán —manifestadas en protestas recientes— podrían ser capitalizadas en caso de una escalada militar. La hipótesis era clara: una intervención externa podría catalizar un levantamiento interno contra el aparato estatal iraní. Sin embargo, este supuesto parece haber fallado de manera contundente.
La historia política demuestra que, ante una agresión percibida como externa, las sociedades tienden a cerrar filas en torno a su identidad nacional. Irán no ha sido la excepción. La dinámica observada responde a un principio recurrente en la teoría de las relaciones internacionales: la consolidación del nacionalismo como mecanismo de defensa colectiva. Lo que se anticipaba como una fractura interna derivó, paradójicamente, en una reafirmación del tejido nacional.
En este contexto, la narrativa de una “victoria” iraní no debe entenderse únicamente en términos militares, sino como un triunfo simbólico y político. La capacidad de un Estado de sostener cohesión interna frente a presiones externas constituye un elemento clave de su resiliencia. Desde esta perspectiva, Irán ha logrado reposicionarse, al menos temporalmente, como un actor que ha resistido lo que muchos califican como una presión asimétrica por parte de potencias extranjeras.
Asimismo, resulta relevante el papel de actores internacionales en la contención de la escalada. Según declaraciones oficiales, esfuerzos diplomáticos liderados por Pakistán —bajo la conducción del primer ministro Shehbaz Sharif— y reforzados posteriormente por China, habrían contribuido a reactivar canales de negociación que se encontraban suspendidos desde días atrás. Este tipo de intervenciones subraya la persistencia de un orden internacional donde la mediación y la diplomacia aún desempeñan un rol determinante.
Uno de los puntos críticos de la crisis, el estrecho de Ormuz, parece haber entrado en una fase de relativa estabilización, con Irán indicando que permitirá el tránsito marítimo bajo coordinación con sus fuerzas armadas. Este gesto, aunque condicionado, sugiere una intención de evitar una escalada mayor que afecte el comercio energético global.
En términos comparativos, algunos analistas evocan paralelismos históricos con conflictos como Vietnam, donde la asimetría militar no impidió un desgaste significativo de la potencia interventora. Si bien tales analogías deben manejarse con cautela, reflejan una percepción creciente sobre los límites del poder militar frente a dinámicas sociopolíticas complejas.
De cara al futuro inmediato, se ha anunciado el inicio de nuevas negociaciones este viernes en Islamabad, con la participación de representantes de alto nivel, incluido el vicepresidente estadounidense Vance , según lo comunicado por el gobierno pakistaní. Este proceso podría abrir una ventana para la desescalada, aunque su éxito dependerá de la voluntad política de las partes involucradas.
En conclusión, lo ocurrido en Irán no solo redefine el balance coyuntural del conflicto, sino que también ofrece una lección sobre la fuerza del nacionalismo y la resiliencia de los Estados frente a presiones externas. En un mundo cada vez más multipolar, estos episodios reafirman que la dimensión interna de los conflictos sigue siendo tan decisiva como la externa.
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