Lo ocurrido en Río de Janeiro es una tragedia que debe leerse en clave de Estado: no basta con aplastar al enemigo interno si eso implica sacrificar los propios principios democráticos.
Foto: Cortesía.
Por Alonso Rosales.
El reciente operativo policial en los favelas de Complexo do Alemão y Penha, en la ciudad de Rio de Janeiro, deja al menos 132 personas muertas, cifra que marca un hito trágico en la historia de las intervenciones del Estado brasileño. La operación—que involucró unos 2.500 efectivos policiales y militares—se presentó como un ataque estratégico contra la poderosa organización criminal Comando Vermelho, pero ha generado un manto de duda: ¿se trató de una intervención legítima contra el crimen o de un nuevo capítulo de impunidad estatal?
1. Los hechos en pocas líneas
El gobierno del estado de Río de Janeiro calificó la acción como “la mayor operación de su tipo” dirigida a neutralizar a “narcoterroristas”. Por otro lado, comunidades locales y organizaciones de derechos humanos denunciaron que el dispositivo fue una auténtica masacre: cuerpos alineados en calles, personas sin identificación, heridas de ejecución. El número final de víctimas aún es impreciso, pero ronda e incluso supera el centro de las tres cifras.
2. La interpretación desde la óptica policial
Desde la versión oficial policial, se argumenta lo siguiente:
3. El lado oscuro: denuncias de abuso y responsabilidad
No obstante, la actuación estatal no está exenta de crítica severa:
4. La posición del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y del Estado federal
El Ejecutivo federal, encabezado por Lula da Silva, reaccionó con sorpresa y afirmó que no había sido informado con antelación sobre la magnitud de la operación. El gobierno manifestó “horror” ante el número de muertos y anunció que podría desplegar fuerzas federales para supervisar la seguridad en Río.
Sin embargo, la intervención estatal planteó un dilema para el presidente: mientras se apunta contra el crimen organizado —alineado con su discurso de seguridad— debe al mismo tiempo sostener su compromiso con los derechos humanos, que históricamente ha sido parte de su plataforma política. El hecho ocurre además poco antes de importantes citas internacionales de Brasil, lo que agrega una dimensión diplomática.
Así, la dualidad se vuelve evidente: mano dura contra el crimen versus garantía del Estado de Derecho y dignidad humana.
Según analistas, considero que estamos ante un fenómeno híbrido: no es completamente uno ni otro, sino una confluencia peligrosa de ambos.
Por tanto, la frase del titular —“Brasil: exceso de fuerza o crimen organizado con músculo”— es precisa, como síntesis de un momento crítico. Si el Estado quiere ser fuerte y justo, debe articular ambas dimensiones: efectividad contra el crimen y respeto incondicional a los derechos humanos. Si no, corre el riesgo de que la frontera entre orden y barbarie se difumine.
6. Qué esperar y qué hacer
Lo ocurrido en Río de Janeiro es una tragedia que debe leerse en clave de Estado: no basta con aplastar al enemigo interno si eso implica sacrificar los propios principios democráticos. El crimen organizado no se combate provocando otra forma de organización criminal desde el Estado.
El presidente Lula da Silva y su gobierno enfrentan una encrucijada: demostrar que la seguridad puede ejercerse con legalidad, transparencia y humanidad, o bien rendirse ante la lógica de la fuerza bruta —y con ello, perder el alma de una democracia que pretende gobernar para todos.