Bordado y memoria: el MUPI impulsa un proyecto comunitario en Chalatenango

El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) desarrolla en Chalatenango una iniciativa que, a través del bordado, articula memoria histórica, participación comunitaria y producción cultural, retomando una práctica con raíces profundas en distintas tradiciones del mundo.

Zarko Pinkas |

El Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) desarrolla en Chalatenango una iniciativa que, a través del bordado, articula memoria histórica, participación comunitaria y producción cultural, retomando una práctica con raíces profundas en distintas tradiciones del mundo.


Antes de convertirse en una actividad asociada a lo doméstico, el tejido fue una de las primeras formas en que las sociedades humanas organizaron el mundo. En distintas civilizaciones, los textiles no solo cumplían una función utilitaria, sino que operaban como sistemas de representación. En Mesoamérica, por ejemplo, las culturas mayas desarrollaron complejos tejidos en telar de cintura donde cada color y patrón indicaba pertenencia, territorio y estatus; no eran adornos, sino lenguaje. La propia tradición vincula el tejido con la diosa Ixchel, asociada a la creación, la fertilidad y el conocimiento.

En Mesoamérica, por ejemplo, las culturas mayas desarrollaron complejos tejidos en telar de cintura donde cada color y patrón indicaba pertenencia, territorio y estatus|

En el mundo andino, particularmente en el periodo de los Incas y sus culturas precedentes como Paracas, el tejido alcanzó un nivel aún más complejo. Los textiles eran considerados bienes de alto valor, incluso por encima de los metales preciosos, y funcionaban como marcadores de jerarquía social, instrumentos de intercambio y objetos rituales. Investigadores como John V. Murra documentaron cómo el Estado inca organizaba la producción textil como parte de su estructura económica y política, lo que refuerza la idea de que tejer no era una actividad menor, sino central.

Incluso en el antiguo Egipto, el tejido estaba ligado a dimensiones simbólicas y espirituales. El lino, material predominante, no solo vestía a la población, sino que cumplía un rol esencial en los procesos funerarios, envolviendo los cuerpos en su tránsito hacia la otra vida. La práctica estaba asociada a la diosa Neith, vinculada a la creación del universo, lo que refuerza la relación entre tejido y origen.

Incluso en el antiguo Egipto, el tejido estaba ligado a dimensiones simbólicas y espirituales.|

Esa continuidad histórica permite entender por qué, en el presente, el tejido ha sido retomado también desde la salud mental. Estudios como los desarrollados por la terapeuta Betsan Corkhill muestran que la repetición rítmica de estas prácticas contribuye a reducir el estrés y mejorar el bienestar emocional. En paralelo, el psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi identificó que actividades como tejer facilitan estados de concentración profunda —flow— donde la mente logra organizarse con mayor claridad. En ese sentido, el tejido no solo produce objetos, sino que también estructura la experiencia.


Sobre ese trasfondo histórico y contemporáneo se sitúa el proyecto “Cartografías Femeninas del Exilio y la Repatriación”, impulsado por el Museo de la Palabra y la Imagen (MUPI) con el respaldo de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo.

La iniciativa reúne a mujeres de Chalatenango que, a través del bordado, reconstruyen sus vivencias durante el conflicto armado salvadoreño, el exilio y su retorno. Bajo la coordinación de la promotora cultural y bordadora Teresa Cruz, el proceso ha evolucionado desde un taller técnico hacia un ejercicio de memoria colectiva.

La iniciativa reúne a mujeres de Chalatenango que, a través del bordado, reconstruyen sus vivencias durante el conflicto armado salvadoreño, el exilio y su retorno. |

En el municipio de Las Vueltas, el Colectivo de Bordadoras Vueltenses se reúne semanalmente en los llamados “Jueves de Bordado”, donde elaboran mantas individuales y colectivas que funcionan como registros visuales de sus historias. Estas piezas abordan episodios como la “guinda de agosto de 1984”, así como experiencias de desplazamiento y reconstrucción cotidiana.

Parte de este trabajo se presenta en la exposición “Historias Bordadas”, actualmente en el MUPI, resultado de la colaboración entre veinte mujeres y estudiantes del Centro Escolar de Las Vueltas. Uno de los bordados más destacados, realizado por una joven de 16 años, fue seleccionado como portada de la revista Trasmallo: Memorias Chalatecas del Exilio en su edición número 12.

Además del componente cultural, las bordadoras participan en espacios de economía local, como mercaditos comunitarios en municipios cercanos, donde comercializan productos elaborados por ellas. Algunos de estos artículos también se encuentran disponibles en el museo.

En el contexto del trigésimo aniversario del MUPI, este tipo de iniciativas busca ampliar su alcance, integrando el tejido como una práctica que articula memoria histórica, participación comunitaria y producción cultural contemporánea.