El comentarista fue todavía más directo al plantear la pregunta que, según él, debería responder quien llega a Estados Unidos: “¿Te gusta la civilización occidental? Porque eso es lo que somos. Y eso no es negociable”.
Zarko Pinkas |
El presentador y comentarista estadounidense sostiene que recibir inmigrantes no implica renunciar a los principios que, a su juicio, sustentan la sociedad liberal estadounidense. Sus declaraciones reabren una vieja discusión: integración, multiculturalismo o asimilación.
La inmigración vuelve a ocupar el centro de una discusión cultural en Estados Unidos, esta vez a partir de las declaraciones del presentador y comentarista Bill Maher, quien sostuvo que quienes llegan al país en busca del llamado sueño americano deben aceptar también determinados valores que considera esenciales para la sociedad estadounidense.
Durante la emisión del viernes de Real Time with Bill Maher, Maher cuestionó la idea de que la integración de los inmigrantes deba significar únicamente la convivencia entre diferentes culturas sin exigir la adopción de principios comunes. A su juicio, Estados Unidos puede recibir distintas comidas, idiomas, religiones y tradiciones, pero existe un límite cuando determinadas prácticas o ideas entran en contradicción con derechos que considera fundamentales.
“Si quieres el sueño americano, tienes que aceptar los valores americanos”, afirmó.
La posición de Maher parte de una distinción que suele generar controversia en el debate migratorio estadounidense: una cosa es conservar las características culturales de una comunidad y otra rechazar los principios políticos y sociales del país de acogida.
El comentarista fue todavía más directo al plantear la pregunta que, según él, debería responder quien llega a Estados Unidos: “¿Te gusta la civilización occidental? Porque eso es lo que somos. Y eso no es negociable”.
Maher colocó dentro de esos principios la libertad de expresión, la igualdad de las mujeres y los derechos de las personas LGBT, elementos que identifica con la tradición liberal occidental. En su argumento, la defensa de esos derechos no debería ser considerada una forma de racismo o discriminación simplemente porque pueda entrar en conflicto con determinadas costumbres de otras sociedades.
La controversia aparece precisamente en ese punto. Para Maher, una sociedad puede ser multicultural sin convertirse en culturalmente indiferenciada. El Estado puede permitir que una persona conserve su idioma, sus alimentos, su religión o sus tradiciones familiares, pero existen conductas que deben quedar fuera de la protección que normalmente se concede a la diversidad cultural.
Entre los ejemplos que mencionó están los llamados crímenes de honor, la poligamia y la mutilación genital femenina. Maher considera que prácticas de esa naturaleza no pueden justificarse apelando a la identidad cultural de quienes las mantienen.
El argumento no es nuevo en su discurso. Maher lleva años cuestionando lo que considera una tendencia de sectores progresistas a evitar determinadas críticas por temor a ser acusados de racismo o islamofobia. En intervenciones anteriores también ha defendido la necesidad de discutir abiertamente prácticas que considera contrarias a los derechos individuales.
Pero sus declaraciones tampoco pueden reducirse a una posición contraria a la inmigración. Maher ha criticado en diferentes momentos las posturas restrictivas de sectores republicanos y, particularmente, las contradicciones de quienes condenan la inmigración mientras sus propias familias tienen una historia migratoria. También ha defendido la recepción de refugiados en determinadas circunstancias.
Su posición actual se encuentra, por tanto, en otro terreno: el de las condiciones culturales y políticas de la integración.
Estados Unidos construyó buena parte de su identidad moderna alrededor de la inmigración. Millones de personas llegaron desde Europa, Asia, América Latina, África y otras regiones del mundo, llevando consigo idiomas, religiones y costumbres que terminaron formando parte de la propia cultura estadounidense.
Sin embargo, esa historia también contiene una larga tradición de presión para que los recién llegados abandonaran determinados rasgos culturales y adoptaran las costumbres dominantes. Por eso, la palabra “asimilación” sigue siendo problemática.
La integración supone que una persona puede incorporarse a una sociedad manteniendo una parte importante de su identidad cultural. La asimilación, en cambio, implica una adaptación mucho más profunda a la cultura dominante.
Maher parece inclinarse claramente por la segunda posición cuando afirma que existen valores que no pueden ser negociados.
Su planteamiento también introduce una pregunta incómoda para el multiculturalismo: ¿puede una sociedad defender simultáneamente la diversidad cultural y establecer límites claros frente a prácticas que considera incompatibles con sus principios?
La respuesta no es sencilla. Tampoco lo es determinar quién define esos valores y hasta dónde puede llegar una sociedad en su exigencia de adaptación.
Maher sostiene que esos principios no son simplemente “valores blancos”, sino valores liberales que fueron construidos a través de conflictos históricos y luchas políticas. En su argumento, la libertad de expresión, la igualdad ante la ley y los derechos individuales no deberían quedar sometidos a una negociación cultural.
Esa afirmación, sin embargo, abre otra discusión: la propia historia occidental está marcada por contradicciones entre esos ideales y su aplicación concreta. Estados Unidos proclamó principios de libertad e igualdad mientras mantenía la esclavitud, negó durante décadas derechos políticos a las mujeres y sostuvo sistemas de segregación racial mucho después de su fundación.
Por eso, exigir la aceptación de determinados valores también implica preguntarse cómo se han construido, quiénes participaron de esa construcción y cómo han evolucionado.
El debate planteado por Maher no parece destinado a desaparecer. Estados Unidos continúa siendo una sociedad profundamente marcada por la inmigración y, al mismo tiempo, atraviesa una discusión cada vez más intensa sobre identidad nacional, fronteras, religión, derechos individuales y pertenencia.
En ese contexto, la pregunta ya no es únicamente cuántos inmigrantes puede recibir el país, sino qué significa convertirse en estadounidense sin dejar completamente de ser aquello que se era antes de llegar.
Maher ha escogido una respuesta tajante: la diversidad cultural tiene espacio, pero ciertos principios deben estar por encima de ella.
La discusión, sin embargo, permanece abierta. Y quizá ese sea el punto más interesante de sus declaraciones: obligan a volver a preguntar si una sociedad plural puede sostenerse únicamente sobre la diversidad o si necesita, además, un conjunto de valores compartidos que sus ciudadanos consideren irrenunciables.