Por Alonso Rosales
Las elecciones regionales celebradas este domingo 20 de septiembre de 2026 en Alemania dejaron un mapa político profundamente dividido. Berlín, capital política y simbólica del país, colocó a Die Linke (La Izquierda) como la fuerza más votada, mientras que en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, en el noreste alemán, la AfD, partido de derecha radical, consiguió situarse por delante de la socialdemocracia.
El contraste entre ambos territorios muestra que Alemania no está viviendo simplemente un desplazamiento uniforme hacia la derecha o hacia la izquierda. El país aparece cada vez más fragmentado territorialmente, con una capital donde los problemas de vivienda, desigualdad y servicios públicos impulsaron a la izquierda, y regiones del este donde el descontento con el Gobierno federal y la situación económica alimentaron el avance de la AfD.
Según la proyección de ARD, Die Linke obtuvo alrededor del 26 % en Berlín, seguida por la CDU, el partido del canciller Friedrich Merz, con aproximadamente 20 %, mientras que la AfD quedó tercera, con cerca del 16 %. La participación alcanzó niveles elevados, alrededor del 75 %.
El resultado berlinés tiene una importancia que trasciende la administración municipal. Die Linke logró colocarse por primera vez como la principal fuerza política de la capital, prácticamente duplicando su resultado de la elección anterior según las proyecciones difundidas durante la jornada.
La campaña estuvo marcada por asuntos eminentemente urbanos. La vivienda, los alquileres, el costo de vida y el acceso a servicios públicos fueron elementos centrales de la discusión electoral.
Die Linke convirtió particularmente el problema habitacional en uno de sus principales argumentos. La formación ha defendido la posibilidad de avanzar hacia la socialización de grandes empresas inmobiliarias mediante compensación, retomando el debate abierto por el referéndum berlinés sobre el sector inmobiliario.
Sin embargo, una victoria electoral no significa automáticamente que pueda gobernar en solitario. Las proyecciones indican que una combinación de Die Linke, SPD y Verdes podría disponer de una mayoría para formar gobierno, aunque existen diferencias importantes entre estas fuerzas sobre vivienda y otras políticas económicas.
La SPD sufrió, por su parte, uno de sus peores resultados en la capital. El partido socialdemócrata quedó muy por debajo de sus resultados históricos, mientras la CDU mantuvo aproximadamente una quinta parte del voto.
La consecuencia política inmediata es que la actual alianza entre CDU y SPD pierde su mayoría, obligando a Berlín a entrar en una nueva etapa de negociaciones.
La otra cara de la elección apareció en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, en el noreste de Alemania, un territorio de la antigua Alemania Oriental.
Allí la AfD se convirtió en la fuerza más votada según la proyección de ARD: 37 % frente al 35,5 % del SPD, encabezado por la popular primera ministra regional Manuela Schwesig. La AfD más que duplicó su resultado de 2021 y alcanzó su mejor resultado histórico en ese estado.
Pero el dato requiere una precisión importante: ganar la elección no significa automáticamente gobernar. La AfD no obtuvo una mayoría absoluta y las demás fuerzas políticas han descartado formar una coalición con ella. Por ello, la formación de un gobierno dependerá de las alianzas que puedan construirse entre SPD, CDU, Die Linke y Verdes.
El resultado, sin embargo, constituye una señal política significativa. Por primera vez en 28 años, el SPD dejó de ser la fuerza más votada en Mecklemburgo-Pomerania Occidental.
La geografía electoral alemana vuelve así a mostrar una fractura que tiene raíces históricas. El este del país continúa mostrando comportamientos electorales diferentes a los grandes centros urbanos occidentales y a Berlín.
El canciller Friedrich Merz, líder de la CDU, enfrentó uno de los momentos más difíciles desde que asumió el Gobierno federal.
El resultado de su partido fue especialmente duro en Mecklemburgo-Pomerania Occidental, donde la CDU quedó apenas por encima del umbral del 5 %, según la proyección de ARD. De confirmarse, sería el peor resultado de la CDU en unas elecciones regionales desde la fundación de la República Federal.
Merz calificó los resultados en Mecklemburgo-Pomerania Occidental como “un desastre” y, al mismo tiempo, defendió su continuidad al frente del Gobierno y del partido.
El canciller también expresó preocupación por la evolución política de Alemania y habló de una “fascinación cada vez más profunda” por opciones autoritarias, al tiempo que señaló que la confianza en las instituciones está siendo cuestionada tanto desde posiciones de derecha como de izquierda.
La declaración refleja el problema que enfrenta Berlín: el Gobierno federal está recibiendo señales de descontento desde ambos extremos del espectro político.
Según datos difundidos por la televisión pública alemana, 53 % de los encuestados en Berlín y 59 % en Mecklemburgo-Pomerania Occidental consideraron que el Gobierno federal merecía un “aviso” electoral. El aumento de precios y las cargas económicas aparecen entre las principales preocupaciones.
Por tanto, sería simplista interpretar los resultados únicamente como una disputa ideológica entre izquierda y derecha. También existe un componente de voto de protesta contra el Gobierno federal.
El mapa que emerge de estas elecciones presenta una paradoja.
En Berlín, una de las ciudades más internacionales de Europa, una fuerza situada a la izquierda del SPD consigue convertirse en primera fuerza. En cambio, en una región del antiguo este alemán, la AfD supera al partido socialdemócrata que durante décadas dominó la política regional.
Esta división tiene consecuencias nacionales.
Alemania es la principal economía de Europa y uno de los pilares políticos de la Unión Europea. Cualquier debilitamiento de la coalición federal puede afectar la capacidad de Berlín para impulsar reformas económicas, responder a la crisis energética, definir su política migratoria y mantener una posición común europea frente a Rusia, Estados Unidos y China.
Además, la CDU de Merz enfrenta un dilema político: competir por el centro, endurecer determinadas políticas para recuperar votantes que se desplazan hacia la AfD o mantener una distancia clara frente a esa formación.
Las elecciones no ofrecen una respuesta automática a ese dilema.
Mientras Alemania vivía su terremoto electoral, a miles de kilómetros de Berlín se desarrollaba otro movimiento geopolítico de importancia.
El presidente francés Emmanuel Macron y el primer ministro canadiense Mark Carney se reunieron este domingo en San Pedro y Miquelón, el pequeño territorio francés situado frente a la costa de Terranova y Labrador, en Canadá.
La ubicación de la reunión tiene un fuerte contenido simbólico. San Pedro y Miquelón es territorio francés en América del Norte y constituye uno de los últimos vestigios territoriales de Francia en esa región.
Macron visitó el archipiélago por primera vez desde el viaje realizado en 2014 por el entonces presidente François Hollande. La visita se produce además después de que Donald Trump difundiera recientemente una imagen de América del Norte en la que aparecía el territorio bajo una representación de bandera estadounidense, generando una reacción política en París.
Macron insistió en que la reunión con Carney representa una “señal muy fuerte de amistad” y defendió el fortalecimiento de los vínculos entre Francia, Canadá y la Unión Europea.
Pero detrás de la diplomacia existe una agenda estratégica mucho más amplia.
Francia busca ampliar el acceso europeo a gas natural licuado canadiense, minerales críticos y tierras raras, mientras Canadá busca diversificar sus relaciones comerciales y reducir su dependencia económica de Estados Unidos.
Los dos gobiernos también analizaron cooperación en sectores estratégicos como defensa, energía, industria aeroespacial, satélites, computación cuántica y supercomputación.
La reunión adquiere todavía mayor relevancia debido a las tensiones entre Ottawa y Washington. Las políticas arancelarias de Trump, sus reiteradas declaraciones sobre Canadá y la discusión sobre una eventual asociación de Canadá con la Unión Europea han empujado a Ottawa a buscar nuevos espacios económicos y políticos.
Carney ha respaldado la posibilidad de que Canadá se convierta en el primer miembro asociado de la Unión Europea, una iniciativa que apunta a construir una relación económica y estratégica más profunda entre Canadá y Europa.
Las elecciones alemanas y la reunión franco-canadiense parecen acontecimientos separados, pero forman parte de una misma transformación geopolítica: Europa y sus aliados están intentando redefinir sus relaciones económicas, energéticas y estratégicas en un escenario internacional cada vez más incierto.
Alemania enfrenta una creciente fragmentación política interna. Francia intenta consolidar su influencia europea. Canadá busca ampliar sus vínculos con Europa. Y Estados Unidos, bajo Trump, mantiene una política exterior que está obligando incluso a sus aliados tradicionales a reconsiderar sus dependencias.
El resultado de Berlín demuestra que el electorado alemán no está respondiendo de manera uniforme. Una parte se mueve hacia la izquierda; otra hacia la derecha; y una tercera expresa su descontento mediante el voto contra los partidos tradicionales.
En ese contexto, la elección alemana no debe interpretarse como un simple triunfo de la izquierda en Berlín ni como una victoria aislada de la derecha en el este. Es, más bien, una fotografía de una Alemania que está políticamente dividida y de una Europa que, simultáneamente, busca nuevas alianzas para enfrentar un orden internacional en transformación.
Para Merz, el desafío será recuperar confianza sin profundizar la polarización. Para Die Linke, convertir su triunfo berlinés en capacidad real de gobierno. Para la AfD, demostrar hasta dónde puede transformar sus avances electorales en poder institucional. Y para Europa, comprender que los cambios políticos dentro de sus principales Estados tienen consecuencias que van mucho más allá de las fronteras nacionales.