publicidad ContraPunto
FacebookTwitterG+LinkID Suscribase Suscribase


Miércoles, 26 de Febrero del 2020

OPINIÓN

COLUMNISTAS

¡Adiós, Horacio!

Beatriz Cortez (*) | Lunes, 27 Octubre 2014
¡Adiós, Horacio!

Debo confesar que durante las dos décadas que ha perdurado mi carrera como crítica literaria y cultural he animado a otros a leer la obra de Horacio Castellanos Moya. En algunos momentos de su carrera he apoyado al autor y él sin duda me ha influenciado a mí, sobre todo porque al conversar con él me ha sugerido lecturas importantes, es un gran lector. En mi calidad de intelectual, he publicado sobre su obra y he presentado sobre ella en congresos literarios. He tenido que defenderme de los ataques que más de alguna vez recibí al hacerlo. Analicé casi todas sus novelas. Leí con atención todos sus libros. Tengo, por lo tanto, alguna responsabilidad en todo esto.

Con el tiempo fui entendiendo que la obra de Horacio Castellanos Moya conllevaba una trampa. Si bien es cierto que su novela La diáspora me pareció desde siempre como una mancha en su currículum como escritor por la carencia de un posicionamiento crítico y, sobre todo, porque aparentando un discurso que cuestionaba a los círculos de poder de la revolución, en verdad repetía la línea oficial del partido (FPL post 1983). Pero yo me decía a mí misma que nadie es perfecto y le dediqué mi atención a su obra de posguerra. Me interesó mucho la voz que capturaba en El asco y el retrato que hacía de un soldado desmovilizado en El arma en el hombre. Le tenía respeto a esa obra en ciernes y pensaba que era una obra compleja, que retrataba a la clase media con honestidad, en su racismo y clasismo, en su violencia.

Sin embargo, después de ver repetido el mismo retrato una y otra vez, de leer una y otra vez a una voz demasiado similar regodearse de la misoginia, burlarse de la pobreza, celebrar el racismo y el imperialismo cultural, retratar repetidamente a nuestro país desde una perspectiva colonialista, y renegar de todoslos escritores nacionales, le perdí interés poco a poco. Confieso que no fue fácil, pero como quien va sacando de su corazón a un gran amor, fui aceptando que esa obra no retrataba nuestro país sino que repetía el retrato oficial, colonialista, racista, globalizado, imperialista de Centroamérica. Era lo mismo que había hecho con la novela La diáspora, aparentando ser crítico nos daba, en cambio, la repetición del discurso del poder, sóloque a otro nivel. Y entonces supe además que un escritor que se posicionaba de esa manera, como ocurrió con Vargas Llosa, ya no necesitaría de intelectuales que leyeran su obra de forma crítica. Con el discurso del poder de su lado le bastaría. Ya no tendría que convencer a nadie de que pensara todas las cosas terribles que ya se piensan de nosotros.

No me sorprendió por tanto leer una y otra vez sus declaraciones en ese sentido. Tanto en San Salvador como fuera habló de la inexistencia de la literatura salvadoreña. Una entrevista en El Clarín de Argentina, usa sus palabras para el encabezado: “En El Salvador no hay vida literaria”. En esa misma entrevista dice, entre otras cosas, que El Salvador es “un país absolutamente negado a la literatura”. Incluso esta semana, que en Chile le fue otorgado el premio Manuel Rojas, ha declarado a La Nación de Argentina: “La violencia habita en mí”, como si fuera una característica intrínseca de su estirpe. Tanto sus declaraciones como la forma en que ha retratado una y otra vez al universo literario centroamericano nos construyen como la otredad, como un mundo atávicamente violento, como un mundo iletrado, contrario al arte y a la literatura, ignorante, obtuso, carente de inteligencia. Por eso al llegar las noticias y las fotos del momento en que le otorgan a Horacio el premio Rojas, con la alegría de quien ve a un amigo bien trajeado siendo condecorado, me alegré genuinamente por Horacio y por lo que su premio representa para las letras centroamericanas. La alegría me duró a lo sumo unos cinco minutos, que fue el tiempo que tardé en recordar que Horacio no es amigo de las letras centroamericanas.

Pero no es sólo eso. Tengo entendido que Horacio Castellanos conoció alguna vez al escritor chileno Roberto Bolaño por medio del escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa. Tengo entendido que no se conocieron demasiado bien pero que gracias a la generosidad tanto de Rey Rosa como de Bolaño, alguna vez escribió el escritor chileno un par de líneas aquí y allá sobre la obra de Castellanos Moya. Estas líneas se han repetido una y otra vez, y han servido para incrementar las ventas de sus libros, para decorar sus novelas, aparecieron en contraportadas y en anuncios. Sin duda, estas breves y generosas palabras de Bolaño le abrieron muchas puertas al escritor hondureño/salvadoreño.

Pero luego, fiel a la lógica de su mundo literario y con la coherencia que requeriría uno de sus personajes, Horacio Castellanos Moya escribió un texto despreciable en el periódico La Nación de Argentina. Fue en septiembre de 2009, pocos años después de la muerte de Bolaño. Una versión acortada y en inglés fue publicada después en The Guardian. En estos textos se enfatizaba la definición de Castellanos Moya como “amigo” de Bolaño. Tal vez, como él dice en ese texto, la culpa de las declaraciones que hace Horacio Castellanos sobre Roberto Bolaño la tenga su amiga Sarah Pollack, aunque es de dudar porque los textos de Pollack no se especializan en el análisis literario sino en la política del mercado y de la traducción de textos latinoamericanos al inglés.

En el texto en cuestión, Castellanos Moya cita a Pollack acusando a Bolaño de un cierto fraude, porque la foto de un Bolaño mechudo, joven y medio hippie que decora la contraportada de Los detectives salvajes en su traducción al inglés no correspondía con el que Bolaño era en la época en que escribió la novela, “cuando éste era un sobrio y reposado hombre de familia”, le adjudica Castellanos Moya estas las palabras a Pollack. La acusación es risible y sugiere que si alguno de nosotros, por cualquier razón, motivo, o circunstancia, decidiera incluir una imagen propia junto con un texto o con una obra de arte propio, esta imagen deberá corresponder al momento exacto en que fue producida la obra. No se le ocurre pensar a Pollack que no todos los sobrios y reposados hombres de familia tienen un pasado de viajes y de rebeldía y que hacer visible este pasado tiene su importancia documental, archivística, histórica y cultural. Baste pensar en los escritos de Walter Benjamin sobre la excavación de la memoria a partir de una imagen. Baste comprender que esa imagen complica, más no elimina al Bolaño que escribió la novela. Pero para qué abordar más esta acusación tan sin importancia.

Lo que me interesa abordar, en cambio, es el momento en que Castellanos Moya muerde la mano que se solidariza con él y afirma sobre Bolaño que era “un excelente padre, [...] cuya mayor preocupación eran sus hijos, y que si al final de su vida tuvo una amante, lo hizo en el más conservador estilo latinoamericano, sin atentar contra la conservación de su familia”. Leer estas líneas me llevó a entender de una vez por todas que Horacio Castellanos Moya nunca fue amigo de Bolaño. Por más que lo pregonen los encabezados, el mismo Castellanos Moya lo confesó así en una entrevista publicada en 2011 en Hispamérica que le hizo Raúl Rodríguez Freire. Pensé en los esfuerzos que hizo Bolaño por proteger a sus hijos de este tipo de comentario propio de una revista sensacionalista. Pensé en sus hijos y en la forma en que un comentario como éste podría lastimar sus sentimientos. Pensé en el contraste que había entre las palabras que Bolaño había dejado sobre Castellanos Moya y las palabras que Castellanos Moya ahora le dedicaba a Bolaño. Y pensé, sobre todo, en que a Bolaño, ya muerto, lo criticaban por utilizar una imagen de sus años como joven rebelde para hacer mercadeo de su obra, y lo acusaba quien utiliza el mismo párrafo trillado que Bolaño dejó sobre la obra de Castellanos Moya como estrategia de mercado de su propia obra. Una estrategia que, dicho sea de paso, ha funcionado pues Bolaño, ya muerto, ha ayudado a vender muchos libros de Castellanos Moya y a hacer posibles muchas traducciones de su obra.

Horacio ahora vive en Iowa City, irónicamente es el sitio en que a mediados del siglo 20, como parte de la guerra fría, se amplió el programa internacional de escritores. Según lo explica Eric Bennet en su ensayo “How Iowa Flattened Literature”, los objetivos incluían luchar contra las ideas de la izquierda internacional, contrarrestar los avances del arte abstracto, convencer a los escritores del mundo a “aprender a amar a los Estados Unidos” y a percibir el contraste con el contexto de censura, violencia y persecución de su propia casa. Horacio no enseña en el programa internacional de escritores sino en un nuevo programa de escritura creativa en español. Y es obvio que ya acabó la guerra fría. Horacio es un hombre de mundo que ha viajado mucho y está lejos de amar un lugar como Iowa City, donde apenas ha vivido por tres años, por sobre todos los demás posibles sitios donde ha vivido. Pero las declaraciones que ha hecho a los medios internacionales en estos días sin duda hubieran podido hacer rezar a alguien de aquellos tiempos oscuros de Iowa City el lema de “misión cumplida”. En eso pensé con tristeza al leer sus entrevistas tras recibir el prestigioso premio Manuel Rojas en Chile.

(*) Artista visual, crítica literaria y columnista de ContraPunto.

» Escribir y Ver Comentarios

en ContraPunto

Joomla SEF URLs by Artio

Grupo Dalton | Avenida Palermo, Colonia Las Mercedes, No.20.
San Salvador, El Salvador, Centro América.
Teléfono Administración (503) 2223-8161.
Teléfono Redacción: (503) 2223-0927.

Fundado el 1 de Marzo de 2007 | Derechos Reservados, Copyright 2007-2014

Mejor desempeño con IE10+ / Firefox 20.0+

Cooperan con ContraPunto