"El ataque israelí contra un hospital en la Franja de Gaza confirma el carácter inhumano de una ofensiva que ya desbordó cualquier límite moral y legal": Alonso Rosales.
Por Alonso Rosales.
La reciente cobertura de The Associated Press sobre el ataque israelí contra un hospital en la Franja de Gaza, que dejó al menos 22 personas muertas —incluyendo cinco periodistas—, confirma el carácter inhumano de una ofensiva que ya desbordó cualquier límite moral y legal. Entre las víctimas se encontraba Mariam Dagga, periodista que trabajaba para AP y otros medios, lo cual añade un matiz aún más desgarrador: se está silenciando, de manera directa, a quienes tienen la tarea de documentar la verdad.
Según declaraciones de un oficial israelí, el bombardeo se justificó bajo la sospecha de que Hamás utilizaba una cámara en el techo del hospital para vigilar tropas. Sin embargo, los datos que sustentan esa versión resultan tan endebles como insultantes: un simple paño que cubría la cámara fue interpretado como una maniobra de ocultamiento. La investigación de la propia AP revela que aquella cámara pertenecía al videoperiodista de Reuters, Hussam al-Masri, quien acostumbraba proteger su equipo con un paño blanco contra el sol y el polvo. Ese detalle desnuda una verdad dolorosa: las justificaciones no resisten el más mínimo análisis, pero las muertes son irreversibles.
Europa calla o se limita a declaraciones tibias que nunca trascienden la retórica. Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, aparece como cómplice abierto al brindar cobertura política, militar y diplomática a Israel. Y los países árabes, atrapados entre intereses estratégicos y sus propias fracturas internas, han optado por la indiferencia que los convierte también en responsables morales de esta barbarie.
El derecho internacional humanitario prohíbe ataques a hospitales, personal médico y periodistas. No obstante, se sigue bombardeando infraestructura civil bajo pretextos sin sustento, en una dinámica que cada vez más voces, desde universidades y centros de pensamiento en España y otros lugares, denominan con la palabra que los gobiernos evitan: genocidio.
Hoy la responsabilidad recae en la sociedad civil mundial y en organismos multilaterales como Naciones Unidas. Es urgente que se convoque a una acción real y vinculante para detener esta matanza. La indiferencia ya no es opción: cada día de silencio es cómplice de la muerte de inocentes.
La historia juzgará con severidad a quienes, teniendo la capacidad de actuar, prefirieron callar. No podemos esperar a los balances de posguerra para reconocer lo evidente: en Gaza se está exterminando a un pueblo a plena luz del día. Y detenerlo es una obligación ética que trasciende fronteras, religiones e ideologías.
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