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domingo, 17 de octubre del 2021

A propósito de la posguerra

Se cumplen 28 años de firmados los Acuerdos de Paz en El Salvador. La culminación de un proceso que sigue siendo ejemplar y de éxito para el mundo entero, pese a sus detractores e historiadores de la posmodernidad, que sueñan con tomar las armas y asaltar trincheras desde las redes sociales y los bares de aquella capital, donde se van al tope y punto, en una especie de minuto loco que parece eterno.

La violencia actual parece haber perpetuado en la memoria aquella zozobra de vivir en guerra. Muchas formas de operar, en el Estado y en los grupos ilegales, siguen siendo como calcadas por las similitudes y las sombras que se desdibujan en ellas. De igual manera las formas de reinventarse y sobrevivir, entre la incertidumbre y la desidia, van de la mano al encuentro de otro día más desde que se firmó la paz; que para muchos es mejor que cualquier día desde que se inició aquella guerra. Sin lugar a dudas, la guerra con todas sus pérdidas valió la pena, pero haberla terminado lo vale mucho más.

Una forma de ver retrospectivamente la efeméride en esta sociedad, ha sido desde las miserias que nos siguen abrigando casi tres décadas después. Carencias que al fin de cuentas son el resultado de la corresponsabilidad de quienes tuvieron el valor de parar los combates y de aquellos que disfrutaron la oportunidad de gozar de una paz imperfecta, pero al fin gozar de esa paz alcanzada. ¡Vaya forma de saber aprender y aprovechar la terminación del ciclo más sangriento y torcido de nuestra argucia social!

El supuesto de “sin vencedores ni vencidos” sigue siendo válido como argumento utilizado para frenar la matanza. Esa misma teoría permitió que durante un cuarto de siglo se alternaran en el poder quienes la aceptaron y firmaron, convencidos de gozar de una reforma que no se agotaría y que podrían manejar desde sus acuerdos, negociaciones y aberraciones. La hipótesis les falló y sacó a la luz la necesidad de cerrar un ciclo que no solo se debe analizar desde el tiempo transcurrido, sino desde los hechos que aún no llegan y la necesidad de post acuerdos para acentuarla. Es necesario terminar con las perturbaciones propias y ajenas heredadas de la guerra.

Las penurias psicosociales de grandes segmentos de la población que vivió la guerra como victima o victimario, es evidente. Sectores como los lisiados y veteranos viven en condiciones miserables, que borran o desconocen los sacrificios y derechos a una vida digna. Los traumas trascienden generacionalmente en muchos casos y se expresan en la calidad de vida y las perspectivas para gran parte del sector. Los acuerdos firmados aquel 16 de enero, fueron insuficientes y los dirigentes de la posguerra incapaces de retomarlos. No hubo cama para tanta gente, mucho menos si ya estaban acostumbrados a dormir en el suelo, parece ser el razonamiento aplicado.

Otra muestra es el hecho que graves violaciones a los derechos humanos no han pasado, en la mayoría de casos, de uno que otro monumento y de su aparición en el informe de la Comisión de la Verdad. Masacres como la del Mozote -maldito crimen negado por el Estado- y las ejecuciones masivas y sistemáticas como las del tristemente célebre Mayo Sibrián, al interior de la guerrilla – igual de perverso y maldito que el anterior-, siguen siendo el calvario para muchas familias y una especie de maldición para la sociedad. El silencio, negación, ocultamiento y hasta reivindicación por algunos agentes del Estado y personas que han ocupado cargos en los diferentes poderes, sigue mostrando el cinismo y la hipocresía que aún no ha podido vencer la posguerra y sus 10,220 días y noches transcurridas.

En muchos de esos miles de días transcurridos me he encontrado casi a diario a uno de los principales socios de Mayo Sibrián -de seudónimo “Javier”- en un parque de San Salvador. Su rostro de nalgas de bebé Menem, me recuerda y contrasta con cientos de combatientes quienes aún no conocen la palabra posguerra. Algo similar me ha pasado con oficiales del otro bando, que hoy brincan de púlpito en púlpito, buscando el perdón que no han sido capaces de construir en sus vidas. En ambos casos, la verdad y la justicia sigue estando ausente y la posguerra solo ha transcurrido en sus mentes, pero no en la de sus víctimas.

Entonces ¿Qué ha pasado en estos 28 años llamados de posguerra? La respuesta parece seguir estando del lado de quienes firmaron, pero que no refrendaron las posibilidades de acentuar los acuerdos para la reconstrucción social y moral de una sociedad eternamente conflictuada y enferma por la violencia. Mientras no se transite hacia una reconstrucción de las verdades sobre lo que ocurrió y no se deje de justificar el aniquilamiento del adversario como forma de construir una nueva sociedad, la posguerra no pasará, aunque para algunos ya ha terminado y para muchos aun no empieza.

Las verdades de la guerra no deben reposar en la ignominia para que la posguerra empiece a ser una etapa donde quienes perdimos o arrebatamos algo, encontremos la paz que se firmó y aceptamos vivir.

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