Por Alonso Rosales
El Salvador recuerda una de las tragedias más dolorosas de su historia contemporánea: el terremoto del 10 de octubre de 1986, un desastre que sacudió San Salvador, destruyó miles de viviendas, dejó a centenares de familias enlutadas y transformó para siempre la vida de quienes sobrevivieron. Cuatro décadas después, la memoria de aquella catástrofe continúa viva, no solo en los recuerdos de sus víctimas, sino también en las huellas que todavía permanecen en algunas edificaciones de la capital.
La mañana del viernes 10 de octubre de 1986, a las 11:49, un fuerte terremoto estremeció la capital salvadoreña y sus alrededores. El movimiento sísmico, de magnitud aproximada de 5,7 a 5,8, tuvo una duración de varias decenas de segundos, suficientes para provocar graves daños en una ciudad que ya enfrentaba las dificultades económicas y sociales de la guerra civil.
Aunque no alcanzó la magnitud de otros grandes terremotos registrados en el mundo, su escasa profundidad y la cercanía del epicentro a San Salvador contribuyeron a que sus efectos fueran devastadores. Edificios colapsaron, viviendas quedaron reducidas a escombros, calles se llenaron de polvo y numerosas familias quedaron atrapadas bajo estructuras derrumbadas.
La tragedia puso al descubierto la vulnerabilidad de muchas construcciones, particularmente aquellas levantadas sin suficientes medidas de seguridad estructural. En cuestión de segundos, hogares, comercios y espacios de trabajo se convirtieron en escenarios de muerte, desesperación y solidaridad.
Las cifras históricas más citadas sitúan el número de fallecidos en alrededor de 1.000 personas, aunque los balances varían según la fuente y el momento en que fueron elaborados. También se reportaron miles de heridos y una enorme cantidad de viviendas y edificios dañados o destruidos.
Decenas de miles de personas quedaron sin hogar y tuvieron que buscar refugio con familiares, en instalaciones provisionales o en espacios habilitados para atender la emergencia. Algunos recuentos sitúan en alrededor de 200.000 el número de personas afectadas o desplazadas, aunque esa cifra debe interpretarse con cautela porque las fuentes no siempre utilizan los mismos criterios para contabilizar a quienes perdieron sus viviendas.
Entre las escenas más recordadas de aquella jornada estuvieron los esfuerzos de los equipos de rescate, los voluntarios y los ciudadanos que removieron escombros con herramientas rudimentarias para intentar salvar a quienes permanecían atrapados. La tragedia también provocó una profunda crisis humanitaria, pues numerosas familias perdieron simultáneamente sus viviendas, sus pertenencias y a sus seres queridos.
El terremoto de 1986 quedó marcado en la memoria nacional como una prueba dolorosa de la fragilidad de las ciudades ante los fenómenos naturales y de la necesidad de contar con mejores sistemas de prevención, construcción y respuesta ante emergencias.
Uno de los episodios más dramáticos ocurrió en el edificio Rubén Darío, en el centro de San Salvador, donde el colapso de la estructura atrapó a trabajadores y visitantes. Las labores de rescate se convirtieron en una carrera contra el tiempo y dejaron imágenes que permanecieron durante años en la memoria de los salvadoreños.
La destrucción no se limitó a un solo inmueble. El Centro Histórico y distintos sectores de la capital sufrieron daños importantes, mientras numerosas edificaciones tuvieron que ser demolidas o reconstruidas. El sismo también afectó gravemente la infraestructura sanitaria: alrededor del 80 % de la infraestructura hospitalaria del Ministerio de Salud y de los establecimientos privados resultó dañada, según los antecedentes históricos de la institución.
El desastre ocurrió en plena guerra civil salvadoreña, cuando el país ya atravesaba una profunda crisis social y económica. La reconstrucción tuvo que desarrollarse en medio de esas dificultades, con miles de personas necesitadas de techo, atención médica y recursos para recuperar sus vidas.
A cuatro décadas de la tragedia, el recuerdo del terremoto no se encuentra únicamente en fotografías antiguas o relatos de sobrevivientes. También está presente en sectores de San Salvador donde algunas viviendas conservan daños y continúan habitadas, una situación que plantea interrogantes sobre la seguridad de las construcciones antiguas y la capacidad de las familias para rehabilitar sus hogares.
Entre los lugares que merecen atención está la Residencial Modelo, donde, según lo señalado para esta nota, todavía existen casas con daños que siguen siendo habitadas.
La permanencia de personas en viviendas deterioradas es un recordatorio de que las consecuencias de un desastre no desaparecen necesariamente cuando terminan las labores de rescate. Para muchas familias, reconstruir una casa puede representar un esfuerzo económico imposible de asumir, especialmente cuando los daños se acumulan con el paso del tiempo.
No obstante, para establecer el estado estructural actual de las viviendas de Residencial Modelo sería necesaria una inspección técnica. La existencia de grietas o daños visibles no permite, por sí sola, determinar si una estructura es segura o presenta riesgo de colapso.
Cuarenta años después, este sector representa una oportunidad para reflexionar sobre la importancia de evaluar las edificaciones antiguas, identificar riesgos y promover programas de rehabilitación que protejan a quienes continúan viviendo en ellas.
El terremoto del 10 de octubre de 1986 dejó una lección fundamental: la prevención sísmica no puede limitarse a las normas de construcción de los edificios nuevos. También debe incluir la revisión de estructuras antiguas, el fortalecimiento de las viviendas vulnerables y la educación de la población para responder ante una emergencia.
El Salvador está expuesto a una intensa actividad sísmica debido a sus condiciones geológicas. Por ello, la planificación urbana, el cumplimiento de las normas de construcción y la evaluación periódica de las edificaciones son medidas esenciales para reducir futuras pérdidas humanas.
La tragedia de 1986 también demostró la importancia de la solidaridad. En medio de los escombros, ciudadanos, trabajadores de rescate y voluntarios se movilizaron para buscar sobrevivientes, atender heridos y ayudar a las familias que lo habían perdido todo.
Cuarenta años después, recordar el terremoto es también recordar a sus víctimas y a quienes tuvieron que empezar de nuevo. Es reconocer que detrás de las cifras hubo historias familiares, hogares destruidos y comunidades enteras obligadas a reconstruir su futuro.
La historia de aquel viernes de octubre sigue siendo una advertencia para las nuevas generaciones: los terremotos no se pueden evitar, pero sus consecuencias pueden reducirse mediante la prevención, la construcción responsable y la atención a las personas que todavía viven en edificaciones vulnerables.